miércoles, abril 25, 2007

Desde el taller

Al maestro

Maestro, del latín "magister", se llama así efectivamente a aquel que es "magis" ( o sea más) que los demás, más sabio, más justo, más grande moral, intelectual y espiritualmente; un hombre superior en todo sentido y por extensión el que ha superado ese estado puramente humano de la evolución y se ha convertido en más que hombre. La ignorancia, el fanatismo y la ambición que mantienen al hombre en un estado de inferioridad y esclavitud moral han de ser individualmente vencidos y superados, después de haberlos reconocido como malos compañeros en el recinto interior de nuestro ser.

Vivimos en tiempos catastróficos, en tiempos que nos ponen a prueba, en nuestros ideales y esperanzas. Es importante, por lo tanto, que nunca perdamos de vista las finalidades constructivas que debemos poseer, la obra en que cada uno aprendemos y tratamos de llevar a cabo, en la visión de la continuidad del progreso que aprovecha todas las crisis como oportunidades de regeneración y toda destrucción como una oportunidad de reconstrucción, de acuerdo con los planes que nos sugieren los ideales y las pasadas experiencias.

El deber individual de todo hombre, no debe ser dudoso, elevar sus miradas hacia arriba, hacia aquellas regiones ideales en donde se encuentran los planes del creador del universo para el mundo y para los hombres, especialmente en la época actual; y con esa visión amplia, clara y serena, hecha de comprensión y discernimiento, tratar de desempeñar, según mejor lo sepa y pueda, cada cual su parte y su tarea. Reconociendo nuestra responsabilidad es como adquirimos conciencia de nuestro deber y privilegio, y de la oportunidad que cada momento y cada época nos presentan.

Cada ser es responsable del tesoro simbólico que le ha sido entregado, como talento alegórico para ser reconocido y usado. Y si no sabe usar este talento le será quitado y dado a otros. Pero no hay muerte ni latencia temporal que no sirva y sea el medio para un nuevo nacimiento, no se puede destruir lo que es en sí inmortal, sino únicamente ofrecerle la oportunidad de renacer en una nueva forma, más profunda, luminosa y verdadera. El espíritu hirámico, el espíritu de la iniciación en la verdad y en la virtud, no puede nunca morir, cualesquiera que sean los golpes que su forma exterior pueda recibir, por el fanatismo, la ignorancia y la ambición.

Es indispensable que cada hombre aprenda y sepa que cada día es esencialmente una escuela de vida y de verdad, en la cual tienen cabida y deben templarse y encontrar su más profunda e íntima armonía todas las convicciones sinceras y de todas las tendencias. La unificación entre los individuos, a la cual especialmente han de dirigirse los esfuerzos de todos y cada uno de nosotros, no puede ser sino el resultado natural e inevitable de una mejor comprensión de lo que es realidad la vida, así como de su unidad indivisible; el resultado del esfuerzo de todos los que con buena voluntad se proponen y hacen según mejor pueden, obra humanitaria.

Fraternalmente

C. LA.E. Juan Manuel Becerra Casillas

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