viernes, junio 08, 2007

En San Juan

Cuando niño

Por José Alvarado Montes

La ciudad como cosa viva, al crecer se ha llevado tantas cosas que sólo los recuerdos pueden rescatar. En ese tiempo el atractivo principal era su gente, sin prisas ni sobresaltos, la última revuelta armada era ya algo lejano, siempre celebrando algo, todos conocidos, parientes y compadres, aún gran parte de la mercancía se comercializaba a lomo de bestias de animales. Recuerdo que todos los días entraban por diferentes puntos de la ciudad, cargados con mercancía como leña, carbón, rastrojo, cal de piedra, arena ladrillos, aguamiel, leche y viajeros. Existían numerosos mesones que hospedaban pasajeros y ahí también se guardaban los animales.
Nací y viví mi niñez en la calle Concordia # 38 en San Juan de los Lagos, a unos cuantos metros de la orilla del río y unos cuantos más arriba del jardín del hospital, para mí lugares privilegiados para el juego el aprendizaje. El jardín tenía una fuente en la parte central y dos más chicas en cada lado. En uno de sus árboles había un letrero con la fecha de su remodelación y el presidente que la había hecho.
El jardinero era don Liborio Ornelas; era lugar preferido por las parejas de novios, también tenía sus leyendas de difuntos y aparecidos, de escucharse lamentos y quejidos y de aparecerse el diablo en forma de perro negro con enormes ojos rojos o vestido de catrín o de verse procesiones de ánimas en pena y oírse el escalofriante grito de La Llorona, lo cierto es que ahí fue el primer cementerio de la población.
En 1948 contaba con 5 años de edad y una de mis obligaciones era asistir a la escuela oficial, ubicada en la presidencia municipal, en teoría para niños de clase humilde, quizás se le catalogaba mal porque ahí se acuartelaba una partida de soldados, con sus mujeres que me llamaban la atención por lo recargado de pinturas en sus caras. Después supe que los sacaban de los distintos burdeles, pero había alumnos que eran hijos de curros (como se les decía a la gente pudiente.
Las clases eran de 9 de la mañana a las 12 del día, salíamos y regresábamos de 3 a 5 de la tarde. Teníamos instrucción militar obligatoria y fue la primera escuela que contó con banda de guerra. Ahí cursé mis únicos 6 años de preparación escolar, quedando tan grabado lo ahí aprendido que aún recuerdo el nombre de mis maestros y hasta el timbre de su voz.
Los sábados y domingos no había clases y ocupaba el día de diferentes maneras, en la tarde era obligación asistir a la doctrina (preparación religiosa), lo mismo que los domingos en el templo parroquial y a misa de niños a las 8 de la mañana; a las 11 de la mañana asistíamos al cine a la función del matiné del cine América. Los juegos eran cosa importante y los había según la época del año, se jugaba con trompos, yoyos, baleros, a las canicas, a las patolas, caminábamos sobre zancos de madera, corríamos rodando ruedas de hule con ganchos de alambre o con la mano, confeccionábamos carretas con ruedas de madera, nadábamos en el río y competíamos cruzándolo cuando iba lleno, en sus arenas jugábamos luchas o peleas a mano limpia, trepábamos a los álamos, otros árboles, mezquites y moras, cortábamos y comíamos tunas, mezquites, jícamas y estrellitas. En las huertas vendían lechugas, zanahorias rábanos, alfalfa, flores, duraznos, chabacanos, repollos, cebollas, cilantro. La huerta de don Juan Ibarra era la que tenía mayor variedad de árboles frutales y hortalizas.
Los vendedores recorrían las calles ofreciendo sus mercancías, como José Limón, quien cargaba en la cabeza una batea con frutas y las ofrecía a grito abierto... Piña para la niña... Melón para el corazón... el niño quiere mango. Guillermo Lara vendía duros de puerco y con potente voz anunciaba su mercancía y sobresaltaba a quien la oía desprevenido. A Guadalupe “el guangoche” en idéntica forma ofrecía su chicharrón de vaca. Carmelito Herrera, alias "el peludo” que con voz muy cantarina pregonaba, miel, miel, miel de maguey ¿quién más quiere miel de maguey?
Los elotes, cañas, jícamas, naranjas, nieve y muchas cosas más se ofrecían por todos lados.
La basura la recogían en un gran carretón de madera tirado por una mula de gran alzada y que también la usaban para llevar la carne que se vendía en los "despachos", como se les decía a las carnicerías.
Con mis ojos de niño contemplaba emocionado la colosal construcción del puente, la Basílica, la enorme afluencia de peregrinos a las fiestas titulares; unos portaban pencas de nopal en la espalda desnuda y otras en el pecho, otros lo hacían coronados con ramos de espinas o con cara y manos untados de lodo blanco, llamado tierrita de la virgen. La fiesta de agosto con su desfile de carros alegóricos, sus tradicionales monos, quema de toritos, las serenatas en la plaza principal, con la quema de castillos o de juegos pirotécnicos. O las fiestas del mes de mayo, con mucha música, alegría, el rosario de la tarde en catedral con el ofrecimiento de flores con los niños vestidos de angelitos y las niñas vestidas de blanco que se les llamaba almaengracias y que también le ofrecían a la virgen perfumes.
Mis padres o personas mayores nos contaban relatos de seres mitológicos, objetos encantados, princesas, animales parlantes, países imaginarios; como a la tierra de Irás y no volverás, hierbas y árboles extraordinarios, hechizos y encantamientos, enemigos siniestros, magos agazapados tras ambiciones y deseos inconfesables y al final después de vencer mil peripecias, el triunfo del héroe que ayudaban a despertar más la imaginación infantil.
Conocí y observé a tipos picarescos, locos y borrachines, lo mismo a gente decente y respetada; a valentones y pendencieros, asesinos, marihuanos, jotos, prostitutas, músicos y cantantes.
Para 1955 terminé mi educación primaria y comenzaba una nueva etapa de mi vida.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario