miércoles, julio 04, 2007

Chispita

El cielo de los huesos...

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

Chispita: Me dirijo a ti por ser la primera que llegó a mi vida, por ser la mayor, por ser algo así como una hija, y aunque mi mamá dice que la comparativa que yo hice desde el principio contigo, una perrita french poodle, respecto a los niños no era muy apropiada, puesto que se trataba de dos seres vivientes completamente diferentes, pero yo tenía casi 12 años cuando te vi, mi sentido común a penas quería entrar en uso y desde ese día te preferí a ti sobre algunos seres humanos que se comportan peor que animales.
Yo estaba próxima a cumplir 12 años, recuerdo que faltaba algo así como un mes, para esas fechas la conclusión de mi educación primaria sería festejada con un acto académico y una comida que sin falta se realizaba cada año para los "graduados", en esas últimas semanas de clase en realidad lo único de lo que se hablaba era de organizar la ceremonia de despedida, ya no teníamos más responsabilidades académicas que aprendernos los pasos de un ridículo baile que te hacen presentar enfrente de los padres de familia como muestra de agradecimiento por el apoyo recibido durante esos 6 años o quizás como venganza de los profesores hacía los alumnos más rebeldes y quisquillosos, pero cielos, por unos, pagábamos todos, ese baile era tan esperado por los padres que a cada generación le hacían repetirlo tantas veces como fuera necesario para que los padres pudieran capturar todos esos recuerdos inolvidables hasta que tuvieran las fotografías suficientes que me imagino, más tarde, mostrarían en las reuniones familiares y sociales, para asombro de algunos y vergüenza del otro. Pero como dicen, esa es otra historia. Como te decía, por esos días en realidad no había nada que hacer, yo me la pasaba apaciguando mi ocio trepada en aquel árbol de higos más antiguo que las canas de mis abuelos, en aquellas frondosas ramas daba paso a la imaginación al grado de pasar horas eternas disfrutando de la caída del sol, hasta que mi papá llegó con una caja pequeña con hoyos por doquier para que tú pudieras respirar, recuerdo que cuando el llegó ese día del trabajo, me dijo: hija, compré galletas ¿quieres una? Yo fui a la sala y vi que la caja de galletas que estaba en la mesa de centro de pronto se movía, me resistí a dar algún paso hacia atrás y por el contrario me arriesgué a abrirla, de pronto saltaste hacia mí, esa primera impresión me dejó ver que aunque pequeña eras inquieta, y me encanto esa hiperactividad con la que recorriste cada rincón de la casa, en realidad no se si el regalo era en particular para mí o para la familia en general, pero desde ese instante me declare tu "institutriz oficial". Creo que muchas personas no entenderán jamás el hecho de que una mascota llegué a ser considerada como parte importante de la vida de alguien más, de una persona, de una familia, se juzga de banal, tonto e incongruente a quien rodea de cariño a un ser viviente como los de tú especie. Así que chispita ahora lo sabes, tú de muchas formas me acompañaste a lo largo de una de las etapas más contradictorias del ser humano: la adolescencia.
¿Qué porque te llamamos "chispita"? Bueno como bien se sabe, en ocasiones es difícil que varias personas se pongan de acuerdo, por lo tanto cada integrante de mi familia deseaba un nombre diferente para ti, entre los que destacaban "alita", "wendy", "almendrita", entre otros, (veáse la creatividad de la familia para poner nombres, ¡juro que hemos cambiado! Y esperemos que las próximas generaciones superen las expectativas) estuviste algunos días sin nombre, mientras tanto me desviví por presumirte hasta en el último rincón de la colonia en donde vivíamos, algunos compañeros de la escuela fueron a verte, por aquellos días lo "in" era decir la palabra "chispa" como lo es ahora la palabra "cool". Mis compañeros no se cansaban de decir: "tu perrita es chispa" lo curioso de todo era que tras decirse esa palabra tu movías frenéticamente tu cuerpecito de un mes de nacida. Entonces a mis poco creativos 12 años te nombré así, porque tu reacción fue como una señal para mí.
Pasaron meses después de tu llegada y lograste ganarte el afecto de todos, incluso de mamá, que al inicio se mostró renuente a quererte. Porque tú eras diferente, te soy honesta, tuvimos decenas de perritos antes que tú pero por razones de sobra, su estancia en la casa era muy corta. Cuando empezaron tus travesuras mamá siempre dispuesta a regañarte, terminaba cediendo debido a que tu instinto de sobre vivencia te hacía tirarte al suelo boca arriba para que te rascáramos la panza. Era un acto de tu parte tan lindo, que solo en ocasiones muy específicas terminaste regañada y sí, lo acepto, debido a que nos "condicionaste" con tus actos tiernos te mal educamos, pero que más da, te adaptaste a nosotros y nosotros a ti.
Cuando tuviste la edad suficiente, te presentamos al "blackie" y como resultado obtuvimos 6 lindos perritos, que más tarde vendimos, no fue negocio, simplemente queríamos cerciorarnos de que tus pequeños quedarán en buenas manos y un costo, aunque sea mínimo, al menos para nosotros garantizaba que se la pensarían si querían maltratar a algún cachorrito. Después paso algún tiempo, viste la puerta abierta y saliste a la calle, te perdiste 4 meses y después regresaste... fue casi un milagro que traía consigo 5 milagritos más. Y aquí fue cuando conocimos a la pinky (como podrán apreciar la creatividad de la familia ya no se veía tan afectada, ¡bueno!). La pinky, desde antes de que abriera sus ojitos nos había ganado el corazón, era una gandalla, con sus patitas aún débiles movía a un lado a sus hermanitos para poder así, tener acceso a más leche. Era cómico verla, corría como desesperada y cuando estaba cerca de ti se te aventaba hasta que lograba tumbarte robándote así un poco más de alimento adicional. Entonces concluimos en que si podíamos conservar a uno de tus cachorritos, sería precisamente a ella. Y así fue. Pasaron algunos años, tu y yo seguimos creciendo, se que podría evocar en este instante más de mil recuerdos de ti, pero prefiero guardarlos solo para mi.
Desgraciadamente en pocos años rebasaste mi edad actual, envejeciste muy pronto, enfermaste de manera muy dolorosa, hasta en esos últimos días, tratabas de agradarnos tirándote al suelo boca arriba como lo hacías desde pequeña, pero bien sabes que incluso esos movimientos te dolían. En una ocasión llegué a casa y pude percibir plenamente tu sufrimiento, verte así me lleno los ojos de lágrimas, y en un acto de amor, decidimos que para ti ya era hora de dormir. Ese día nadie de la familia quiso ver, solo yo estuve presente, el veterinario dijo que era preferible que estuviera algún "familiar" para comprobar que él no te haría sufrir mientras te ibas, así que ahí estaba yo, viendo como se apagaba gradualmente tu agonía de las últimas semanas, quise demostrar templanza, porque ¿Quién es tan incongruente como para llorarle a un animal, cierto? Eso es lo que dice la gente, pero sabes, cuando estabas a punto de cerrar para siempre tus ojos, volteaste a verme y te despediste de mí y solo Dios sabe que lo que se desprendieron de tus ojos fueron un par de lágrimas. Te enterramos en el patio de la casa, y aunque para muchos suene cursi o ridículo los siguientes días fueron tristes, incluso la pinky dejo de comer, ya no jugaba, ya no hacía travesuras, permanecía inmóvil mirando hacia el patio y lo más curioso de todo es que días después murió encima de la que era tu tumba improvisada. No se si creer o no en la casualidad.
La casita que compartías con la pinky sigue ahí, nadie ha querido moverla, nos gusta imaginar que no te vemos porque estas dentro de ella junto con la pinky, ambas dormidas como solían hacerlo.
Homero Simpson, aquella caricatura surrealista, en una ocasión sabiamente dijo que todos teníamos un cielo, incluso los perros, su cielo era: El cielo de los huesos. Chispa, Pinky, disfrútenlos y recuerden que les gustan más los de tuétano.

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