martes, julio 24, 2007

Lee Esle

Los errores se esconden bajo tierra

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

Sara tenía 7 años cuando ocurrieron las explosiones del 22 de abril de 1992 en la ciudad de Guadalajara, aquellas explosiones que levantaron cientos de metros de concreto y que hicieron correr miles de kilómetros de lamentos de personas que probablemente lo único malo que habían hecho en la vida era precisamente vivir ahí... en el sector reforma. Sara fue una de las sobrevivientes, tuvo suerte, su familia no lo logro. Así que Sara a la edad de 7 años no tenía a nadie en el mundo, a los 7 años por primera vez ella sintió miedo, se sintió desprotegida, insegura, frágil, sola. Quedó a la disposición del gobierno, créanme... no pudo haber sido peor.
Recuerdo perfectamente ese día, los olores, las voces, las miradas. Días atrás antes del 22 de abril yo escuchaba a los vecinos quejarse de un olor, al inicio, a penas perceptible de combustible, pero que conforme pasaban las horas adquiría un impacto más profundo en las gargantas. En cuanto el olor empezó a notarse con mayor gravedad mi mamá llamo a la presidencia municipal, le colgaron a la primera llamada pero como ella solía ser muy insistente al final logró que un "especialista" fuera a checar la procedencia del olor. Terminaron por mandarnos a un joven que tenía lo de "especialista" lo que yo de rockstar. El chico en cuestión dedujo que nuestra instalación de gas tenía una fuga severa y que lo mejor era clausurar temporalmente el suministro del combustible. Mamá con su sentido tan agudo de deducción no quedó conforme y busco ayuda profesional, misma que se encontraba al otro lado de la ciudad, era un Ingeniero apasionado al que le gustaba mamá, así que no tardo en responder al llamado. Era evidente que existía un problema y el lo externó. Llamo de inmediato a las autoridades y ellas como siempre, tan cooperativas, hicieron caso omiso delegando la responsabilidad a otras instituciones. Mi mamá y aquel ingeniero empezaron a juntar a los vecinos, no para alarmarlos sino para buscar apoyo y ser escuchados. El 21 de abril por la tarde mi mamá habló con el representante de la colonia, juntos irían al día siguiente a tratar de hacer algo. Y como todos saben, ese día para mamá, así como para muchos otros, sería el final.

Mi abuelita vivían con nosotros, la recuerdo como una persona muy dulce, un poco callada, pero siempre sonriente, dispuesta a hacerte pasar un rato agradable... la última vez que la vi con vida fue cuando me sostenía la mano derecha mientras me cantaba una de sus canciones preferidas, abajo, en los escombros que habían caído sobre nosotras. Mi casa era de 2 pisos, yo compartía habitación con la más pequeña de mis hermanas, Lila, que en unos cuantos meses ingresaría al kinder. Ahora es inevitable dejar de preguntarme ¿Qué hubiera sido ella cuando fuese grande? A su corta edad mostraba cierta habilidad para responderle a mamá... me gusta imaginar que hubiera sido una excelente abogada. Se que sonará habitual pero mi hermano mayor y yo discutíamos por todo, peleábamos hasta por el control de la televisión, siempre andaba diciendo que era el mejor, el número uno, desde el nacimiento mostramos una ávida competencia y desde ese día hasta el 22 de abril por la mañana lo demostró. Éramos gemelos y el adquirió el título de "hermano mayor" por unos 6 minutos de diferencia, así que desde que nacimos tratamos de demostrarnos quien era mejor que quien en cualquier cosa. Así fue, mediante esas inocentes competencias como adquirí algunas cicatrices en las rodillas, mis primeros regaños y un alma de invencible aventurera. Mi hermano sin saberlo me ayudaba a prepararme para los golpes que mas tarde me daría la vida. Curiosamente en una ocasión perdí en unos de esos absurdos pero divertidos juegos que él inventaba y fui su esclava por todo un día, me pidió que tendiera su cama, lavara su plato, recogiera su ropa sucia... todo esto con una sola mano, la izquierda. Quizás Dios puso en su mente ese castigo inocente para mí, la chica quien perdió en aquellas explosiones, un poco más que su mano derecha.

El 22 de abril al amanecer nuestro perro "el guante" estaba muerto, ese día lo declaramos en casa como luto familiar y que mal pasada de la vida, que al final termino siendo luto nacional. Al final, mi mascota no fue el único ser querido al que perdí. El olor matutino de tierra mojada de nuestro jardín había sido sustituido en el último par de días por el de gasolina, ese olor nos daba nauseas, y nos quitaba el apetito. Cerca de las 10 de la mañana cuando tratábamos de desayunar, escuche un estruendo que ni siquiera me permitió levantar la cabeza para ver que es lo que pasaba, sentí que el mundo caía encima de mí y en ese momento mi vida se desplomo. El ruido, el peso del concreto sobre mis huesos, el silencio crujiente de las construcciones me desconcertaron, no sabía que estaba pasando, trate de ponerme de pie, pero mis pies no respondían. Sentí que alguien respiraba con dificultad cerca de mí, era mi abuelita que buscaba desesperadamente saber que es lo que había pasado. Gritaba desesperadamente el nombre de mamá y después el de mis hermanos y el mío, yo le respondí llorando -Abuelita, aquí estoy- sintiendo el peor dolor que he de sentir en toda mi vida. No se veía nada, el polvo quemaba la mirada, el olor a gasolina rasgaba la voz, y ella como pudo logro extender su mano y tocar a penas los añicos de mi mano derecha, me dijo que me tranquilizará que pronto llegaría un doctor, que todo iba a estar bien... empezó a cantarme aquella canción favorita con la que mi abuelo la conquisto y después de unas cuantas estrofas su voz se apagó... dando paso a la incertidumbre que en esos momentos me acerco a Dios. Pasaron muchas horas, el hambre y el dolor físico me hicieron cerrar los ojos y abrirlos cuando el ruido de una ambulancia se hizo evidente. Me faltaba la voz y lo único que me quedaba era esperar, darle la bienvenida a la vida... o a la muerte. Había una línea muy delgada dividiendo ambas posibilidades.

Dicen los informes "oficiales" que las explosiones dejaron un saldo de poco más de 200 muertos, 500 heridos, 15, 000 personas sin hogar y un resentimiento incalculable hacia las personas que pudieron haber evitado esto. A la fecha no hay persona que pague condena por este desastre. Para que nombrar a las personas que pudieron haber evitado la tragedia, basta decir que yo nunca olvidaré esos nombres, me pregunto si después de las explosiones ellos pueden dormir bien, sin tener pesadillas, sin soñar a todas esas personas a las que imprudentemente les llego la muerte, también me pregunto si antes de dormir rezan por todas esas personas a las que pudieron salvarles la vida. Con este hecho aprendí que el poder te convierte en alguien inhumano. Lamentablemente nosotros los ciudadanos pagamos siempre los precios altos de votar por personas que rara vez ven por las necesidades de los demás seres humanos.
Así que la pequeña Sara vivió en albergues hasta los 18 años, desde el 92 hasta la fecha se ha sentido sola, con sentimientos abatibles que oscilan entre la tristeza y la soledad, ella siente que no tiene identidad pues sus recuerdos fueron enterrados en aquella casa del sector reforma.
Así que esta es Sara, la chica a la que el gobierno mutiló, la chica que ahora escribe con una sola mano, la chica que a pesar de tener 22 años aún tiene malos sueños y un mal sabor de boca al recordar lo sucedido. Yo soy Sara, la chica que el 22 de abril de 1992 al igual que muchas personas lo perdió todo, incluso el sentido de seguir viviendo. Los errores se esconden bajo tierra, ahí en el lugar al que nadie le interesa, ahí bajo tierra, esta la historia de la humanidad completa.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario