domingo, noviembre 04, 2007

Culto al sol

El Culto al sol

Fraternalmente

C. L.A.E. Juan Manuel Becerra Casillas

El culto al Sol, es la devoción religiosa al Sol, considerado tanto una deidad como símbolo de la divinidad. La adoración al Sol era practicada en Estados Unidos por la confederación iroquesa y el pueblo tsimshian, así como por algunas culturas de las Grandes Llanuras, y alcanzó un alto grado de desarrollo en el México y el Perú precolombinos. En el México prehispánico, la mitología náhuatl consagró a Teotihuacán como la ciudad de los dioses cuando éstos se reunieron después de la desaparición de los primeros cuatro soles que habían alumbrado al mundo. El dios Nanahuatzin, débil y enfermo, se sacrificó arrojándose al fuego para convertirse en el quinto Sol, gracias al cual sigue existiendo la vida. Teotihuacán fue el precursor de la que siglos más tarde sería la Gran Tenochtitlán, el Imperio del Sol, centro religioso, cultural y político de Mesoamérica.

El conjunto de culturas mesoamericanas compartía una forma de pensamiento en la que el Sol es el fuego, el cielo diurno, el dador de vida. Así, en la cultura náhuatl se le llama Tonatiuh, en la zapoteca Copijza, en la maya Hunabku (ser supremo y todopoderoso) y Kinich Ahau y en la tarasca Curicaveri. Los aztecas o mexicas se consideraban el pueblo elegido por el Sol, predestinados para colaborar con él en su lucha contra las tinieblas y la amenaza del fin de la edad cósmica presente. Durante el Imperio azteca las guerras se emprendían con el objeto de hacer prisioneros; los cautivos eran después sacrificados en honor del Sol para fortalecerlo con la sangre de los corazones en su diario recorrido. Orgullo de los mexicas era sentirse colaboradores de los dioses y saber que su vida se consagraba a mantener el orden del mundo. Estar al lado del Sol representaba el bien. El calendario azteca, descubierto en 1790 y que en la actualidad preside la sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, representa a Tonatiuh en su disco central e incluye asimismo las representaciones de los cuatro soles que presidieron las edades cósmicas anteriores.

El Sol era considerado el símbolo de la vida al que es necesario asegurar la fuerza para luchar contra los enemigos de la noche y, que de esa forma, pueda alumbrar cada mañana, gracias al alimento divino que es la sangre humana. El ciclo solar recrea la existencia humana en un solo día; así, el Sol joven sale en la mañana, madura al mediodía y envejece al atardecer. En el ocaso lo devora la Tierra y se sumerge en el inframundo, en el dominio de los muertos. Para volver a nacer cada día debe nutrirse de lo más preciado del ser humano: su sangre.

Algunos historiadores afirman que el juego de pelota (como el de la ciudad maya de Chichén Itzá), un rito deportivo-alegórico, simboliza el combate entre las fuerzas antagónicas del cosmos: el bien contra el mal, el Sol contra la Luna, el Cielo contra la Tierra. Tradicionalmente se ha afirmado que los perdedores en el juego de pelota eran sacrificados para ofrecer su sangre a los dioses, pero una revisión moderna de la historia apunta a que pudieran ser los vencedores a quienes se les concedía el honor de ofrendar su sangre como alimento de las deidades solares y, de ese modo, morir como los guerreros en batalla, a los que se aseguraba la gloria eterna. Los muertos en combate eran los encargados de conducir al Sol que nace cada día, mientras que las mujeres muertas en el parto lo acompañaban por la tarde a su morada final. Según los aztecas, el papel que debía cumplir el individuo era estar del lado del Sol, del bien, para que éste siguiera prodigando la luz del día, así como los demás dioses proveían de agua o de semillas. Las personas no debían preocuparse por sus problemas sino porque los dioses siguieran vivos para poder resolverlos.

El culto al Sol en la Gran Tenochtitlán condujo a organizar, a mediados del siglo XV, las "guerras floridas", una serie de enfrentamientos que llevaron a cabo los aztecas o mexicas y los texcocanos contra señoríos vecinos, sin que existiera enemistad previa ni afán de dominación, sino el propósito místico de tomar prisioneros para sacrificarles a los dioses que habían mandado sequías y hambrunas, tal vez como síntoma de su molestia por la falta de alimento espiritual.

En el Perú prehispánico, la muerte de los primeros tres soles por la indiferencia de los humanos dio origen al cuarto Sol, obra de Viracocha, calificado como "Anciano hombre de los cielos o señor maestro del universo". Este dios emergió del lago Titicaca para crear el Cielo, la Tierra, el Sol y la Luna y mandar salir a los hombres de las profundidades de la Tierra; luego desapareció en el mar. Después de Viracocha, Inti, el Sol, es el dios más importante ya que a él se deben todos los beneficios que hacen posible la agricultura; se le representaba con un rostro humano sobre un disco radiante. El inca, supremo soberano, recibía su poder directamente de Inti, siendo considerado hijo del dios Sol. La adoración del Sol comprendía un gran número de templos dedicados a él, dentro de los cuales destaca el Koricancha (Cuzco), un séquito de mujeres llamadas Acllas dedicadas a la elaboración de chicha y tejidos para los ritos en su honor, una serie de posesiones materiales y una fiesta que se prolongaba durante el solsticio de invierno, cuando se celebraba la Gran Fiesta del Sol, el Inti Raymi. Además, todos los días del año se sacrificaba una llama en honor del Sol, excepto el primer día de cada mes, cuando se llegaban a sacrificar hasta un centenar de llamas que luego eran consumidas por el fuego.

En la India, el Sol personificado como Surya era un dios hindú, considerado maléfico por los drávidas del sur y benévolo por los munda de las zonas centrales. Los babilonios eran adoradores del Sol, y en la antigua Persia la adoración del Sol formaba parte del elaborado culto a Mitra, divinidad de la luz y la cordura, entendida ésta como la verdad que gobierna al mundo, y que más tarde se extendió dicho culto por todo el Imperio romano. Los egipcios de la antigüedad adoraban a Ra, dios del Sol, representado con cuerpo humano y cabeza de halcón; solía considerarse a Ra creador y regidor del universo, cuyos principales símbolos eran el disco solar y el obelisco. La diosa del Sol, Amaterasu Omikami, llamada el Gran Espíritu que ilumina los cielos, es la deidad más elevada del panteón sintoísta y tutelar de la casa imperial japonesa.

En la antigua Grecia, las deidades del Sol eran Helios y Apolo. La adoración a Helios estaba muy extendida; templos dedicados a él fueron construidos en Corinto, Argos, Troezen (que ya no existe) y otras muchas ciudades, pero el asentamiento principal se encontraba en la isla de Rodas, en el Dodecaneso, donde cada año se sacrificaban al dios cuatro caballos blancos; el coloso de Rodas, una de las siete maravillas del mundo antiguo, era una representación de Helios. Cada día Helios conducía su carro de oro a través del cielo proporcionando luz a dioses y mortales; al anochecer se sumergía en el océano occidental, desde donde era conducido en una copa de oro de regreso a su palacio de Oriente. Un sacrificio similar se ofrecía en la cima del monte Hagios Elias, en los montes Tayeto de Laconia. Más tarde casi todas las funciones de Helios fueron atribuidas al dios Apolo, en su advocación de Febo.

La adoración del Sol continuó en Europa incluso después de la introducción del cristianismo, como se hace patente por supervivencia disimulada bajo ritos y celebraciones cristianas tradicionales, como la hoguera de Pascua y el leño de Navidad que se quema en los países anglosajones. La adoración del Sol, o al menos las religiones centradas en una deidad solar, es poco frecuente en general. La mayoría de las culturas que muestran cultos solares estaban altamente organizadas y gobernadas por un monarca, emperador o elite aglutinadora que se sumaba al ideal del reino solar para justificar y consolidar su posición.

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