miércoles, noviembre 28, 2007

Fuego

La adoración del fuego

La adoración del fuego, es la devoción religiosa del fuego como un elemento divino o sagrado. Al igual que la adoración del sol, de la que no siempre se puede distinguir, la veneración del fuego es una de las primeras manifestaciones de carácter religioso. La llama puede ser en sí misma objeto de adoración o puede ser considerada como la expresión material de una divinidad o espíritu del fuego.

En casi todas las mitologías se hace referencia a cómo llegó el fuego a la humanidad. Así, se dice que el titán griego Prometeo robó la preciosa llama del monte Olimpo, residencia de los dioses o que encendió una antorcha con los rayos inflamados que emitía el carro del dios del sol Febo. Una leyenda de las islas Cook, en el Pacífico Sur, cuenta el descenso del héroe Maui al mundo terrenal cuando aprendió el arte de hacer fuego frotando dos trozos de madera. Los primeros habitantes de las islas Carolinas creían que los mortales recibieron el fuego de los dioses a través del pájaro Mwi, que lo trajo a la tierra en su pico y lo escondió entre los árboles; la gente consiguió entonces el fuego frotando dos trozos de madera. Las tribus indígenas de América, al igual que las tribus de África occidental rendían homenaje a ancestrales espíritus del fuego; así, los aztecas de México daban las gracias en su culto al rey del fuego Xiuhtecuhtli, que se parecía a su dios del sol; los incas del Perú adoraban también a un dios del sol.

Varios pueblos semitas (moabitas, amonitas) aplacaban la ira de su dios del fuego Moloc o Malek (rey o consejero) con el sacrificio de su primer hijo, ordalías de fuego y automutilaciones y los egipcios y otros pueblos del Viejo Mundo hacían oblaciones rituales a sus respectivos dioses del fuego. La adoración del fuego ocupó una posición central en los ritos religiosos de los primeros pueblos indoeuropeos. Entre los prehindúes, el sacrificio al fuego era uno de los primeros actos de la devoción de la mañana y los himnos entonados en honor del dios del fuego Agni eran más numerosos que los que dedicaban a cualquier otra divinidad. Los cultos griegos a Hestia, diosa del hogar, y a Hefesto, dios del fuego (al igual que sus correspondientes latinos Vesta y Vulcano) eran características integrantes de la religión de la época clásica. La adoración del sol también fue práctica general entre los antiguos pueblos eslavos, y los celtas oraban a Bridget, diosa del fuego, el hogar y la fertilidad.

La adoración del fuego, sin embargo, tuvo su mayor desarrollo en la antigua Persia, donde desde los primeros tiempos el cuidado ceremonioso de la llama fue la característica principal del zoroastrismo. Se creía que el fuego era la manifestación terrenal del Divino, la luz divina. La palabra utilizada para designar al sacerdote en la religión zoroastrista es athravan, "que pertenece al fuego". La conquista de Persia por los musulmanes supuso la extinción de la llama sagrada en los templos persas, y cuando los parsis huyeron hacia la India, el fuego sagrado que se llevaron con ellos era tanto un signo de su nacionalidad como el emblema de su fe.

En estrecha relación con la adoración del fuego está la ceremonia religiosa de caminar sobre el fuego. Practicada por muchos pueblos en todas las épocas, todavía se lleva a cabo en Tahití, Trinidad, islas Mauricio y Fidji, la India y Japón. La ceremonia consiste en que un sacerdote y otros celebrantes andan descalzos sobre grandes piedras que han sido calentadas sobre un lecho de leños ardientes. Se han dado varias explicaciones, ninguna de ellas totalmente satisfactoria, del porqué los que andan sobre el fuego no sufren quemaduras ni dolor. Algunos estudiosos han afirmado que un éxtasis religioso en los celebrantes produce una insensibilidad temporal al dolor. Se dice que en la antigüedad, sobre todo en la India, el rito consistía en pasar entre las llamas en vez de andar sobre ellas. Hay quien cree que los participantes podían ser capaces de avanzar entre las llamas sin ser alcanzados por ellas.

Fraternalmente
C. L.A.E. Juan Manuel Becerra Casillas

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