lunes, enero 28, 2008

Alcoholismo

Un invitado incomodo

Por Laura Evelia Espinosa León

Tengo un problema. Un problema grave. Me negaba a aceptarlo, pero en los últimos meses he tocado fondo. Pensaba que yo tenía el control. Pero no. Ese maldito vicio me controla a mí, desde el principio fue así.

- Hola, mi nombre es Diego y soy alcohólico.

Cuando tenía 15 años ingresé a la preparatoria, en realidad era un chico tímido pero no exactamente antisocial, me gustaba tener amigos y salir a divertirnos. Inicialmente nuestra diversión consistía en ir al cine, a los videojuegos, jugar fútbol y cosas por el estilo, conforme avanzamos semestres nuestra manera de divertirnos se fue modificando también, sucedió tan gradualmente que apenas nos dimos cuenta de que dejamos de jugar como niños para pasar a juegos de “hombres”. De pronto dejamos el deporte de lado para iniciar el cortejo de chicas. Esta tarea se me dificultaba debido a mi carácter, no me animaba a dar el primer paso, y así en las reuniones y fiestas, yo era el único que terminaba, por mencionarlo de alguna manera, bailando solo. Al principio no me importaba, encontraba formas de improvisar, hablando con otro chico en situación similar a la mía, llamando a mis padres para que fuesen por mí, etc. Empezó a molestarme esto, cuando conocí a una chica que en realidad llamó mi atención, ella era en extremo sociable, todo el tiempo sonreía, y sabía que si seguía siendo tímido con las mujeres jamás llegaría ni siquiera a saludarle. Se lo comenté a un amigo y así, a quemarropa me dio un trago de alcohol, me aventó a la mitad de la pista en donde estaba mi chica y se despidió de mí gritando “hágase hombre”. Y ahí estaba yo, paralizado enfrente de ella, no supe que hacer, lo único que se me ocurrió fue tomar de un solo trago el contenido del vaso. El efecto fue cegador.
Mi garganta parecía estarse quemando, sentía como el líquido se deslizaba por mi garganta hasta llegar al estomago, la sensación me obligaba a cerrar los ojos disimuladamente, ella me observó detenidamente y después me refirió lo gracioso que me veía en aquel estado de semi embriaguez. Después de algunos minutos y un par de tragos más, mi desinhibición fue tal que pase de ser el “x” de la fiesta a ser el ambientador, el gracioso, me convertí en el centro de atención, bajo la influencia del alcohol descubrí que tenía nuevas habilidades, aquellos pasos de baile que ni en sueños hubiera podido hacer me resultaron sin más gracia a la hora de ejecutarlos, mi mente olvidadiza trajo, como por arte de magia, del baúl de los recuerdos, aquellos chistes que en pleno uso de mis facultades mentales hubieran pasado inadvertidos a la hora de contarlos, porque yo no nací exactamente para ser comediante, y así con aquel invitado encima de mí, que al principio le resultó incómodo a mi cuerpo y a mis sentidos, resulté ser todo un éxito, contagiándome de la risa que desprendían las personas a mi alrededor. Esa primera noche ligué. El objetivo estaba cumplido. No terminé solo. Llegué a mi casa completamente ebrio.
Según mis padres eran poco más de las 4 de la mañana. La verdad es que ni como refutarles a la hora del castigo, porque aún no logro recordar más nada. Con los días, a través de mis “nuevos amigos” me di cuenta de que prácticamente termine encima de aquella hermosa chica. Me preocupaba no verla, pensé que estaría fastidiada de mí. Para mi sorpresa no fue así. Entonces, ahora con novia y con mi fama de sociable sentí que tenía el mundo a mis pies. Inicie una ronda de fiestas nocturnas, al principio los efectos secundarios no se manifestaron, socialmente era aceptado, podía lidiar con mis padres, académicamente lograba mantenerme a flote y físicamente me sentía aún con fuerza y con ese ímpetu único que te proporciona la juventud. Pero ese ritmo de vida de pronto alterado y acelerado, sin límites, lleno de excesos, eran una bomba de tiempo, que se detonaron cuando se me empezaron a terminar los privilegios. Mientras mi vida social iba en ascenso los demás aspectos caían drásticamente. Peleas continúas con mis padres, problemas en la escuela, bajas calificaciones, inasistencias frecuentes, reprobar materias, desvelos acumulados, cuerpo cansado, conductas peligrosas.
De toda esa etapa de mi vida solo recuerdo las consecuencias porque el alcohol nublaba mi mente, haciéndome olvidar las cosas extraordinarias que aparentemente me brindaba. Pasó el tiempo, y una mala noche tuve que enfrentarme con aquella imagen del espejo, era un chico demasiado delgado, desaliñado, con aspecto de cansado, que por más que se perfumaba no lograba desprenderse de ese nefasto olor de alcohol añejado en su cuerpo. Me volví agresivo, todo me molestaba, y mi novia que al principio parecía adorar esa forma particular de actuar, terminó por dejarme, sus últimas palabras cayeron como rayo, partiéndome en dos – eres un alcohólico fracasado- dijo ella. ¿En verdad lo era? ¿En eso me había convertido? ¿Dónde estaba ese chico emprendedor que tenía ganas de estudiar medicina? Me opuse a aceptar la verdad pero a los dos minutos salí disparado hacía el primer antro para tomar y ahogarme en aquella sustancia que parecía no tener resentimientos hacia mí. Es lo último que recuerdo.
Al día siguiente desperté con la mirada curiosa de los transeúntes. Recuerdo en particular la mirada de una niña pequeña que sostenía la mano de su madre, trató de esconderse atrás de ella, y la mamá camino rápidamente al ver el motivo por el cuál su hija se mostraba asustada. Era yo, una piltrafa humana semidesnuda, con un perfume exótico que resulta de la mezcla del alcohol con orines. Pero para mí eso no significaba tocar fondo, tampoco me convencí de buscar ayuda cuando tuve un accidente que casi me cuesta la vida. Yo pensaba que cuando uno tocaba fondo se daba cuenta inmediatamente de que necesitaba ayuda, yo sentí esa necesidad hasta el día en el que me desperté en una camilla de hospital vomitando sangre, pegado a un tanque de oxígeno que me permitía seguir viviendo. Y solo. Sin mi familia, sin mis amigos. Solo con aquel invitado incomodo sobre mí, invadiendo mi cuerpo, tratando de matarme a como diera lugar. Este invitado no se iba porque yo aún le seguía abriendo las puertas. Yo lo había invitado y yo lo tenía que despedir. El problema era ese, ¿Cómo hacerle entender a mi invitado que ya no era deseado?.
Comentarios: laura.esle@hotmail.com

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