miércoles, enero 02, 2008

Desde Chicago

Para todo mal, mezcal

Por José Alvarado

Las drogas alucinantes como las bebidas embriagantes han de ser tan antiguas como la misma humanidad misma, ya que así lo señalan las tradiciones y escrituras pretéritas. La Biblia da un buen ejemplo de ello.

En México antes de la llegada de los españoles la más conocida bebida embriagante era el pulque que se tomaba públicamente sólo en las fechas muy especiales y en actos religiosos, la embriaguez era castigada severamente, incluso con la muerte.

Conquistado México, una de las primeras medidas del gobierno de Cortés fue levantar la tradicional medida de beber pulque a sabiendas de sus perjudiciales efectos. Se comenzó a consumir en forma indiscriminada. Borrachos los indios fueron presa de los españoles que fácilmente les quitaron sus tierras y los hicieron hablar de más. En el año 1540 se introdujo el vino y el aguardiente que los nativos consumieron en exceso, a pesar de que era carísimo.

Treinta años más tarde llegó el aguardiente de caña, el ron, el mezcal, cerveza, tequila, etc. Y proliferaron las cantinas piquera, pulquerías, cervecerías que fueron propiedad exclusiva de los españoles, resulta curioso que en la enorme lista de pecados catalogados por los frailes para los indios no apareciera la embriaguez. Hasta la fecha enfermedad crónica generadora en el ser humano de las más bajas pasiones.

Cuando llegaron los primeros pobladores a San Juan, seguramente ya conocían las bebidas embriagantes y una que localmente elaboraban con jugo de tuna llamada coloche.
Desde siempre se ha sabido que el alcoholismo es una enfermedad progresiva y mortal, que es factor de muertes prematuras, además de estar asociada a más de muchas enfermedades.
La picardía popular invento frases como para disculparse de este vicio.

Si somos de dios sus muchachos
y él nos hizo borrachos
hágase su voluntad.

En la filosofía del padre Félix Limón tan importante como desconocida, no dejó fuera este problema y escribió:

Jamás ningún vicio adquieras
porque si acaso lo adquieres
quitártelo ya no puedes.
Más quien causa peores males
es el agua de mezcales
y por eso amigo Tacho
Mejor muerto que borracho.

El padre Félix Limón sacerdote, por muchos años ejerció su ministerio en el santuario catedral de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos.

“Los Polones” fue una familia numerosa y muy pintoresca en esta comunidad de San Juan de los Lagos. Uno de ellos tenía una cantina y allí mismo vendía pulque y se anunciaba en una forma muy especial con un gran letrero en la puerta que decía: “Alto caminante, tómate un pulque con el Polón y adelante”.

La misma picardía popular decía:

Lo que en el rico es alegria, en el pobre es borrachera. O,
Para todo mal, mezcal; para todo bien, también.

En la antigua cárcel municipal en uno de sus muros tenía escrito:

En esta cárcel maldita,
donde reina la tristeza
no se castiga el delito,
se castiga la pobreza.

Y es que a los borrachos que metían a la cárcel y no podían pagar la multa, los sacaban a barrer las calles del centro y la plaza principal, lavar la fuente y anteriormente los ocuparon en la construcción de la cortina de la presa del “Gachupín”, o el ejército se los llevaba como soldados de leva, tal como le sucedió a “el cacarizo Félix”, el zapatero más famoso de San Juan, según nos cuenta don Pedro de Alba en su libro Viaje al pasado.

Otros acudían al auxilio divino y ante un sacerdote jurando no tomar bebidas embriagantes, por cierto tiempo.

Unos cumplían la promesa, otros no. También se consumía marihuana llamada antiguamente hierba maría. La adicción a las drogas nace del deseo humano de evadir una monótona realidad, de un deseo que acaba cargándose con las cadenas de la esclavitud.

Las fiestas populares de la feria, como la de la Candelaria atrajo consigo los mismos y viejos vicios. Terminadas las ceremonias religiosas o a la par de ellas la población se convertía en la cantina más grande de la región con sus juegos de azar y salones de baile, peleas de gallos y otros, el dinero se juntaba por costales, pero como sucede ahora, se iba a todas partes, aquí se quedaban unos cuantos centavos y toneladas de basura y varios muertos que había que sepultar.

A principios del siglo XX hubo dos cantinas muy famosas; una se llamaba “Los Parranderos”, en la parte alta de la calle Zaragoza, por lo que la calle fue conocida por muchos años con ese sobrenombre. Y la otra cantina “Los Barrilitos”, que perduró por muchísimos años. De sus últimos dueños fueron Andrés Guillén, el tatarrancho y de Eulogio Ramírez.

En los portales del llamado parián nuevo, abarcaban las calles de plaza principal, Hidalgo e Independencia se encontraban las cantinas La Atómica, de don José Padilla, después del cácaro Isidro Padilla, donde se disfrutaban de deliciosas botanas; 7 leguas de Chema Romo, después de Lalo de Rueda; Saloon Modelo de don Miguel Pérez por la calle Independencia. La revolución de don Tomás Hermosillo por el lado de la plaza principal. La Nevería Holanda de Ismael Martín y Hermanos. A un costado del mercado “la covacha” de don José Gallardo, el pelón, después, de Agustín Gallardo, el capuchino. Años después El Oasis, de Enrique Aguilera.

En las tiendas de abarrotes se vendían bebidas, una de ellas era una casera llamada amargos, compuesta de hierbas medicinales y alcohol, lo mismo que aguardiente, cerveza y tequila.
Entre esas tiendas estaba las Nueve Puertas de don Salvador Macías, La Balanza de don José Padilla. La Barata de don Rafael Pérez de León.

Lo mismo los restaurantes “Casa Blanca” de Alfredo Martín; “Restaurante Riviera” de don Jesús Pérez. “El Restaurante Capri”, de don Pancho Reynoso, la tienda de don Chema Solórzano que era una de las personas que tenían permiso federal para vender bebidas alcohólicas.
Otras tiendas de abarrotes con bebidas fueron la de don Daniel Macías, “La Zacatecana”, de Antonio Guzmán; “El Chita”, que además fue músico y zapatero.

La de don Luis Moncada en Zaragoza y Pila nueva. El Pato Jesús Jaramillo en la calle ancha. El Charrasco en la calle Iturbide y Silverio de Anda; “La Occidental”, de don Aureliano de Anda, el Gato Negro, de don Benito Rodríguez; la del Peloto en la calle ancha, la de Pedro Jiménez el amarillo; Julio Valadez en la calle de Buen viaje; lo mismo la tienda El Cairo, de Felipe Gutiérrez; el foco verde; la del bambuleco en la Sangre de Cristo, la tienda de Martín Ruiz, Las 2 de la mañana por la calle Zaragoza de Enrique Delgado, después de su hijo Lucio. La Fortuna, de don Lupe Padilla por la Nicolás Bravo, la de sus hermanos Rafael, Antonio y Jesús.

Don José el enano con su pulquería, don Leoncio Varela vendía canelas con alcohol en el portal de la plaza principal, lo mismo que don Aristeo de Anda González en el portal Rita Pérez, lo mismo que Ramón Solórzano el revolucionario y en muchos lugares más. En unos lugares más que en otros fueron escenario de pleitos, escándalos y crímenes.

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