domingo, abril 27, 2008

Y de pronto...

Y de pronto…

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

Cuando yo era adolescente tuve algunas fricciones con mis padres debido a los permisos para salir y las llegadas tarde. Yo, a manera de reproche les decía lo que todos o la mayoría cuando somos adolescentes “No me comprenden”. Mi mamá la misma cantidad de veces me respondió lo mismo: “No, tú no nos comprendes a nosotros, ya te darás cuenta de todo cuando seas mamá”, era una especie de duelo verbal en la que rebatíamos nuestros puntos de vista, “Lo que pasa es que ustedes son sobre protectores”, “Tú estás muy joven para experimentar esto o aquello”, etc.
Y llegó el día en que “me hice grande”, construí mi propio camino, encontré pareja y me embaracé… Desde el momento que el ginecólogo me dio la gran noticia, no he dejado de experimentar esa sensación agridulce que me producía el tener un corazoncito extra latiendo dentro de mí. Creo que fue el momento preciso en el que empecé a comprender un poco más a mis padres. Cuando se hizo más notorio mi embarazo era inevitable dejar de sentirme plena pero preocupada, son tantos los peligros allá afuera que si dependiera de mí conservaría a mi bebe dentro de mí, asegurándome de protegerla siempre. Pero no es posible, además el ser humano necesita salir y conocer el mundo y a las personas que le habitan. Necesita sentir esa competencia de supervivencia para hacerse fuerte.

La primera vez que sentí a mi hija Sara dentro de mí fue algo simplemente inexplicable. ¿Cómo le explicaría a esta pequeña cuanto la quería y lo que sería capaz de hacer solo por protegerla? Carlos y yo estábamos en el mismo dilema, todas las tardes, desde el día que supimos que tendríamos un bebé, nos acostábamos en el pasto del patio de nuestra casa bajo la hermosa y reconfortante sombra de un gran árbol de roble, nos preguntábamos al principio el sexo del bebé, incógnita que resolvimos al inicio del segundo trimestre de embarazo. “Es niña” anunció el doctor. Siempre recordaré como se iluminaron los ojos de mi esposo al escuchar esas palabras. Porque fue hasta entonces que la protagonista de nuestros sueños empezaba a tomar forma. Después de esto, los planes se encaminaron, asimilábamos que en vez de llevar a un pequeño a clases de fútbol llevaríamos a una niñita a tomar clases de ballet, y cosas así por el estilo. Posteriormente, el tema que nos ocupo fue la elección del nombre, obviamente el nombre dice mucho de uno mismo, no queríamos un nombre cualquiera, por lo tanto buscamos en algunos libros, por Internet, en revistas, fue una tarea un poco tardada pues a veces mi esposo y yo no lográbamos ponernos de acuerdo en el mismo nombre, hasta que el de “Sara” que en hebreo significa “princesa” nos llenó por completo a los dos.
Cuando mi marido llegaba a casa me saludaba efusivamente y posteriormente se ponía a la altura de mi creciente panza, la besaba y decía: “¿Y como esta el día de hoy mi princesa? Ese saludo por simple que parezca hacía que la pequeña Sara se moviera dentro de mí.

También es cierto que el embarazo te hace irradiar esa luz especial en la mirada, te hace sentir más bella, más única. A pesar del peso que yo ganaba cada día, me sentía una mujer plena, capaz de seguir enamorando a mi marido y con el auto estima más alta que nunca.

Honestamente yo no conocí abiertamente los “achaques”, si acaso solo en un par de ocasiones experimente mareos, vomito y sobre todo antojos. Yo jamás, ni por error llegué a comer arroz con leche y pasas sin embargo hacia el quinto mes de embarazo lo probé en múltiples ocasiones.

A pesar de que en el canal del pronóstico del clima aseguraban la cercanía de un frente frío, me extrañó que a inicios de enero hiciera tan buen tiempo… era sábado por cierto, mi esposo y yo estábamos en la cocina preparando una ensalada fresca, tenía un par de jitomates en la mano cuando un dolor profundo en el vientre y un líquido que caía entre mis piernas me hizo tirarlos. Carlos y yo nos miramos a los ojos y no hizo falta aclarar que es lo que estaba pasando. Pasada la primera advertencia de que la hora del trabajo de parto había iniciado, mi esposo tomando mi cara entre sus manos me aseguró que todo saldría bien, me besó como nunca antes y me llevó hasta la puerta del auto. Mientras el subía la maleta con lo que se requería para el hospital y se cercioraba de tener los documentos correctos, yo dentro del auto enfrentaba otro dolor tan agudo como el primero. El camino al hospital estaba despejado, eso facilitó las cosas para llegar rápidamente. Los dolores de parto eran cada vez más prolongados y más próximos entre sí. Una vez que estuvimos en el hospital me llevaron en silla de ruedas hasta el quirófano. A pesar de que sueñe extraño las primeras dos horas que estuve en ese sitio no fueron tan malas como las 4 restantes. Era una situación complicada pues Sara empezó a tener sufrimiento fetal, mi dilatación no bastaba para que mi hija naciera por vía natural por lo tanto los médicos optaron rápidamente por la cesárea. Así pues iniciaron el procedimiento, mi cuerpo temblaba visiblemente estaba nerviosa porque el tiempo corría y la vida de mi hija estaba en peligro, mi esposo preocupado trataba de darme ánimo, escuché a un médico decir que la bebe necesitaba reanimación, no soportaba más la espera, sentí que me ahogaba, no podía siquiera llorar, mientras a mi me limpiaban con el dolor y la incomodidad que implica eso, me sentía inútil, no me importaba lo que me hacían a mí, yo solo quería escuchar a Sara… Y de pronto ahí, en medio de la preocupación, en medio de la desesperación escuché un tímido sonido que se fue haciendo fuerte en instantes, era Sara que se quedaba con nosotros, era Sara que lloraba estridentemente por su vida. Y ese es el sonido más hermoso que he escuchado en toda mi vida. Y después de todo, Carlos tomó a nuestra hija entre sus brazos y la puso en los míos. Fue una sensación perfecta. En ese momento entendí por fin todas las preocupaciones de mis padres.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario