miércoles, junio 04, 2008

Dr. Sigala

Médico y también paciente

Dr. Enrique Sigala Credito

* Resumen del capítulo del mismo nombre publicado en Temas selectos de Medicina Interna 2008, Editorial Alfil, México. Reproducido con permiso.

“Los médicos también nos enfermamos. Pareciera que los microbios –por justo espíritu de venganza- mordieran con más fuerza y rabia en nuestras carnes, como para desquitarse de la guerra que les hacemos cuando quieren darse el lujo de invadir
el organismo de otro ser.”
Bartolomé Bocio

“Son las dos de la mañana en una unidad de terapia intensiva. Me encuentro intubado y sólo puedo escuchar el lejano murmullo de las conversaciones de los médicos y las enfermeras, así como el monótono sonido del monitor. De pronto suena una alarma (ruego a Dios que no sea la de mi monitor) y de pronto un tropel de médicos, residentes y enfermeras se abalanzan sobre la cama del enfermo que se encuentra a mi lado. Lo desvisten, ajustan las soluciones, preparan el carro rojo y el desfibrilador, colocan nuevas cánulas y tubos de drenaje y, de pronto, la primera descarga a 100 joules, la segunda a 200 joules, una tercera, mientras se dan las maniobras de compresión cardiaca, se aplican nuevos fármacos, más compresión y más descargas y, de pronto, se hace el silencio………todo ha terminado. Sólo me pregunto cuándo me tocará a mí”.

El autor, durante una de sus estancias en una Unidad de Terapia Intensiva.

El propósito del presente artículo es crear un poco de conciencia en los profesionales de la salud con relación a la posibilidad de, aun cuando el médico se siente inmune e invulnerable a la presencia de dolencias físicas, lo más común es que el que expide la receta, también acabe siendo “recetado” (el que a hierro…..).

Es un fenómeno frecuente el observar que el médico, cuidador de la salud de los demás es, generalmente, desatento con la propia vida y con su bienestar físico y profesional. Frecuentemente recomienda, grandes cuidados a sus enfermos y él decide hacer todo lo contrario, ya sea por desprecio a la vida o por convencimiento de que los fenómenos biológicos son tan complicados que las reacciones más paradójicas pueden observarse, aun en contra del sentido común.

No escasea la literatura científica que se refiere al médico deteriorado, al médico enfermo.1 Bien documentada está la elevada frecuencia de depresión, alcoholismo, drogadicción, dificultades maritales, agotamiento profesional y suicidio en los miembros de nuestro gremio. Recordemos el estudio clásico de C. Thomas, quien siguió por muchos años las carreras de 1337 estudiantes de medicina del Hospital Johns Hopkins, y describió “el lado oscuro de la medicina”: la elevada frecuencia de hipertensión arterial, trombosis coronaria, depresión, suicidio, discordia marital, drogadicción y cáncer.2 Los estudiantes de medicina suelen abusar de drogas, más de la mitad requieren psicoterapia y sólo los accidentes superan al suicidio como principal causa de muerte.3,4

Como todo mortal, sufre a menudo de los embates de la enfermedad y esta situación de “médico enfermo” es casi siempre desesperada, difícil y, muchas veces, trágica. Tres circunstancias contribuyen a exagerarla:

Que el padecimiento sea de difícil diagnóstico, sobre todo de causa no bien conocida;

Que las molestias (crónicas y en muchas ocasiones debilitantes) hayan sido atribuidas al estrés, cansancio o por la edad o que dichos síntomas y signos, todos ellos premonitorios y determinantes, hayan sido soslayados o enmascarados por consultas “de pasillo” con otros colegas o por la misma autoprescripción;

Que sea muy dolorosa.

El médico es casi siempre pesimista y alarmista y pronto se figura ver en su mal, cáncer, diabetes, enfermedades crónicas discapacitantes o algo semejante, que por grave o difícil de curar lo lleve pronto a la nada. Contribuye bastante a la desesperación su falta de credulidad en la terapéutica y la poca disciplina que puede mostrar para llevar al cabo tratamientos que impliquen apego y subordinación a otro colega, sin tomar en cuenta su poca credibilidad a las prescripciones recomendadas por otro médico y al frecuente abandono de las mismas en cuanto se siente mejor (con cuanta frecuencia criticamos esto último cuando lo hacen nuestros pacientes), observándose los hechos más curiosos, ya sea el empleo de medicamentos en forma intensiva, fuerte (a veces incluso a dosis tóxicas), cuando cree haber dado con alguna causa combatible, o a la inversa, la fobia a las medicinas, el miedo a los efectos secundarios y a sentirse intoxicado por ellas.

En realidad, el médico enfermo no suele ser desobediente sino más bien escéptico, un incrédulo y, cuando al fin decide llevar al cabo la orden del médico que lo atiende, da la impresión de un soldado que va a la guerra a sabiendas de que será derrotado.
Continuará...

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