martes, julio 01, 2008

Camino a casa

Camino a casa

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

Claudia iba en un estado casi sobrenatural de ensimismamiento repasando mentalmente una imagen tras otra la vida de ella junto a su abuela hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas, el rostro de su abuela en su imaginación era casi tan real que incluso pensó que podía tocarlo y sentir otra vez, aunque fuera la última, ese cabello canoso y sedoso entre sus dedos, volvió en sí cuando una ráfaga de viento la regreso a la realidad, a ese día frío, y se sintió frustrada al mirar de reojo el asiento del copiloto y darse cuenta de que su abuela estaba ahí, en un cofre tallado de madera, pesando quizás cien veces menos de lo que había pesado en vida, ahora su abuela era solo cenizas… Claudia fijó la vista al frente y se concentró en manejar por la carretera que la conduciría a un lugar que remotamente ella recordaba… su antiguo hogar.

Claudia y Doña María eran muy unidas, incluso antes de que el destino las hubiese orillado a vivir juntas y cuidar una de la otra. Hacía poco más de 15 años de que Doña María había recibido la peor noticia de su vida, su hija Irene, su yerno y sus dos nietos habían sufrido un fatal accidente. Doña María no supo como llegó tan rápido al hospital porque cuando menos lo pensó estaba ahí enfrente de la camilla de su nieta Claudia, que tenía el rostro irreconocible y el cuerpo tan magullado que sus esperanzas de verla viva se desvanecían con el sonido del respirador artificial que estaba a su lado. Claudia que contaba con 10 años en aquel entonces luchaba por su vida mientras que sus padres y su hermano mayor no habían tenido la misma oportunidad.

Ese domingo era un día soleado, perfecto para ir de visita con la abuela que ellos tanto adoraban, así que después del desayuno arreglaron sus cosas y se pusieron en marcha, Claudia en verdad era feliz jugando con su hermano y cantando con mamá y papá, ese día en verdad había sido fantástico, su abuela les había horneado esas deliciosas galletas que eran su especialidad, habían jugado todo el día y un amable chico les enseño a montar a caballo. Al atardecer se habían despedido de su abuela prometiéndole que la siguiente semana iban a volver. Cuando tomaron de nueva cuenta la carretera para volver a casa, el silencio reinó en el automóvil, y de pronto un ruido ensordecedor les tomo por sorpresa sin darles tiempo siquiera de hacer algo para evitar el impacto entre aquel trailer negro que parecía comerse a su camioneta familiar. El conductor del trailer se había quedado dormido.

Después del accidente Claudia estuvo inconsciente un par de días, tiempo durante el cual sus padres y su hermano habían sido sepultados. Cuando ella despertó de aquel sueño confuso que no había hecho otra cosa que cansarle más el cuerpo adolorido, vio esos ojos negros de su abuela quién le regalaba una mirada que ella jamás podría olvidar y con la que en ocasiones soñaba, confundida trató de recordar que es lo que había pasado y entonces aterrada recordó esas imágenes del accidente hasta antes de que ella perdiera el sentido. Ese día que estando en el hospital volvió en sí prefirió estar muerta a enfrentar la realidad. En cuestión de minutos había perdido a su familia, la esperanza, la alegría y la fe. Sin embargo, con el paso de los días su abuela que ahora constituía su única familia le dio la fuerza para seguir adelante.

Claudia seguía manejando con las cenizas de su abuela al lado cuando vislumbró a lo lejos una construcción que le hizo bajar la velocidad, postergando por minutos el encuentro entre ella y el hogar que había compartido con su familia, ella no había vuelto desde el día del accidente. No pensó que después de tanto tiempo esa casa le traería recuerdos tan alegres y tan dolorosos al mismo tiempo, estaba ahí por su abuela quien le había pedido que sus cenizas fueran esparcidas bajo la sombra de aquel roble que estaba en el jardín trasero, puesto que constituía su lugar favorito en el mundo y ahí quería descansar. Cuando por fin el auto de Claudia estuvo a unos metros de aquel lugar le extraño tanto ver que aquella casa seguía siendo la misma, en todos estos años nunca había sido víctima del vandalismo, ni de la inestabilidad de la naturaleza, es más incluso la pintura de la fachada estaba intacta, podría decirse que incluso estaba… ¿recién pintada?

Tomando las cenizas de su abuela bajo del vehículo titubeando un poco, caminó hasta la puerta principal y notó que las flores crecían decentemente en las macetas que según ella recordaba seguían siendo las mismas, le extrañó el buen estado de aquel lugar que no reparó en alzar la mano sobre el buzón de correo que estaba incrustado sobre la pared y a una altura suficiente como para que no cualquier persona tuviera acceso a él y entonces tocó algo frío, la llave que después de muchos años seguía en su lugar. Cuando por fin se decidió a abrir la puerta le pareció escuchar su propia risa como cuando jugaba con su hermano, también un olor familiar le llegó hasta sus sentidos, eran esos guisos tan deliciosos que preparaba su mamá. Recorrió toda la casa en silencio incluso la que era su habitación, todo estaba en buen estado, limpio y cuidadosamente arreglado, sin duda su abuela se las había averiguado para mantener ese lugar así.

Y entonces cuando caía la tarde hizo lo que su abuela le pidió justo antes de morir, se fue hacía el jardín trasero y vio algo que le llenaron sus ojos de lágrimas; eran 4 lápidas pequeñas insertadas en el pasto, una correspondía a su abuelo y las otras a su padre, a su madre y a su hermano. La fuerza de sus piernas cedió y se arrodilló llorando frente a los nombres de sus familiares, abrió el cofre que llevaba entre las manos, tomó las cenizas de su abuela y el aire hizo lo propio llevándose a se querida María en silencio. Después de un rato de llorar y gritar, se puso de pie y a pesar de todos los recuerdos que esa casa albergaba sabía que ella ahí pertenecía.

Ahora han pasado muchos años y Claudia vive sola en aquella construcción que parece mágicamente intacta, ella sube las escaleras corriendo y hablándole a su hermano muerto, jugando con él y comiendo imaginariamente los guisos de mamá, Claudia tiene casi 40 años pero se sigue comportando como una chica de 10. Después de que se despidió de las cenizas de su abuela fue incapaz de abandonar la casa y desde ese día cada mañana se despierta pensando que es ese día soleado en que su luz se apagó en aquel accidente que un conductor dormido provocó.

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