lunes, agosto 18, 2008

Mandarinas

El árbol de mandarinas

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

A los 9 años y trepada en lo alto de un árbol de mandarinas Karina supo qué era lo que físicamente diferenciaba a los niños de las niñas.

Karina disfrutaba mucho de la primavera, le gustaba ver como los pequeños brotes de las plantas se debatían contra el viento y los pequeños depredadores, para que al cabo de algunas semanas solo algunos salieran triunfantes de la pelea diaria que exigía la sobre vivencia, mostrando airosas sus ramas extendidas cargadas de flores y de frutos de esa temporada en particular.

Su casa era una construcción antigua de día y ligeramente fantasmal de noche, y como si la casa sola de por sí no fuera un factor determinante para que la gente de su alrededor considerara a esa familia que la habitaba extraña, cabe mencionar que Karina era sumamente introvertida, huraña social gracias a la ausencia de hermanos y hermanas con las que ella pudiera pelear, reír o llorar, y por lo tanto, eso la convertía en víctima única de un hombre empeñado en los negocios y en hacer de su hija y su esposa hipocondríaca un tesoro al que el solamente podía acceder. Como resultado de la fobia social de su padre, Karina recibía clases particulares y no asistía a la escuela como cualquier otra niña de su edad. Y eso que estaba en un nuevo siglo.

La madre de Karina cuando no estaba tejiendo algún mantel o alguna servilleta, se la pasaba tejiéndose enfermedades, que desde el punto de vista de su hija de 9 años, la única enfermedad que su mamá tenía era la de no tener algo más productivo que hacer.

Karina sentía una energía interna que cada día crecía y crecía, y al no saber que hacer con todo eso, se ponía a correr en el patio de su casa, dando vueltas y vueltas alrededor de los árboles, brincando macetas o persiguiendo a algún gato intruso hasta que esté desaparecía volando sobre alguna pared, pero para Karina eso no era suficiente. Por su propio bien, evitaba por las tardes estar cerca de la habitación que estaba al frente de su casa, porque no podía evitar sentir un nudo en todo el cuerpo cuando escuchaba las risas de otros niños y a las cuales no tenía acceso, estando a escasos pasos de los juegos, su madre siempre ponía algún pretexto para dejarla salir a jugar a la calle: “Que si el mal tiempo”, “Que si me pasa algo mientras no estés”, “Que si te pasa algo afuera”, “Que si te tratan mal los demás niños”, “Que si esto” o “Que si lo otro” pero siempre había algo que la detenía en aquella casa embrujada por sus padres y no le permitían correr para comportarse como lo que simplemente era… una niña de 9 años.

Por eso, cuando aquel año llegó al mes de mayo y su árbol preferido de mandarinas dio frutos no corrió como todos los años para treparlo y comer mandarinas más frescas a más no poder hasta que los dientes le rechinaran con aquel sabor ácido y dulce al mismo tiempo, le dio miedo subir y confirmar lo que hasta sus oídos llegaba torturándole el espíritu: el sonido de niños que reían sin parar. La tristeza de saber que ella no podía compartir esa alegría se vio coartada por sus ganas de –aunque sea- presenciar la magia de esas risas como un testigo mudo desde la seguridad de las altas ramas de su mandarino. Intrépidamente subió casi 4 metros de altura, en tan poco tiempo que si su mamá alguna vez tuviera la molestia de salir al patio y atestiguara en las actividades de su hija, se enfermaría eternamente de cualquier cosa con tal de retenerla a su lado.

Así que cuando Karina estuvo en lo más alto de aquel árbol, vio como un grupo numeroso conformado por niños y niñas de su edad corrían como locos para no ser alcanzados por los misiles de agua que les aventaban sus papás, se le iluminaron los ojos y se le lleno el alma de deseo, de juego, de ganas de no ser ella la que estaba ahí escondida tras las ramas como un delincuente y ser aquella chica de rizos negros que estaba siendo sorprendida por un globo de agua que la empapaba y la hacía gritar de alegría. Karina estaba tan inmersa en los detalles de aquella guerra de agua que no se dio cuenta en que momento un chico se escondió tan lejos de los demás pero tan cerca de ella, que cuando lo vio lanzó un pequeño grito que espantó al chico y que lo hizo caer unas cuantas ramas del árbol que aquel trepaba.

Cuando Sergio advirtió la presencia de la niña a través de sus gritos, se asustó y resbaló un poco hacía abajo del árbol de guayabo que era propiedad de sus tíos, a los que frecuentaba con regularidad. El impulso hizo que el short se atorara en una rama y quien sabe dios como, pero fue a quedar medio desnudo enfrente de ella. No se dio cuenta del incidente hasta que vio como los ojos de ella se agrandaban, su rostro se sonrojaba y hasta que él sintió un fresco aire donde se supone que la ropa le cubría. Esperando estar equivocado bajo lentamente la mirada hacía su propio cuerpo y al confirmar sus sospechas torpemente jaló su short de las ramas rasgándolo un poco consiguiendo al fin cubrir su vergüenza. Como consecuencia de tal hazaña la niña sonrió y le dijo: –Ahora se cuál es la diferencia entre nosotros- y Sergio medio molesto y medio avergonzado le respondió - ¿Ah si? Pues yo no y espero que tú algún día me digas cuál es-.
Y en efecto, 10 años después ella gustosamente le mostró lo que nos hace diferentes físicamente a los hombres y a las mujeres. Para entonces la mamá de Karina había muerto de cáncer que para su propia desgracia en esa ocasión no fue una confabulación de su imaginación, y su padre encontró a otra mujer dispuesta a sumirse en desgracias y dolencias físicas por tal de estar con él. Así que después de ambos sucesos, Karina se sintió con la libertad de tomar sus propias decisiones, adaptó aquella gran casa que durante su infancia la aprisionó y la convirtió en habitaciones funcionales que rentó a estudiantes, se fue a estudiar la universidad junto con Sergio y empezaron a vivir juntos.
Su vida cambio indudablemente, a veces le da por extrañar un poco aquella casa en la que conoció a ese chico que aún le provoca esa sensación de mariposas revoloteando en su estomago, y cuando esto pasa, ambos, Karina y Sergio conducen kilómetros solo para contemplar aquél árbol de mandarinas que tiene más edad que la de ellos dos juntos y que si hablará sin duda le daría por contar aquella vez en que él también, en su condición de árbol frutal entendió la diferencia entre hombres y mujeres.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario