sábado, octubre 04, 2008

Para vestirse como ella

Para vestirse como ella

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

Roberto fue el hijo mayor de una familia de 9 integrantes. Si el propio Roberto hubiese querido contar su historia nos referiría las 3 etapas que marcaron su existencia de variadas maneras: la primera, que tuvo que ver con una infancia dura, tiempo en donde aprendió una vocación, puesto que ayudaba a su padre en su taller de carpintería, convirtiéndose así en un hombre que evaluaba incluso el más pequeño de los detalles, pero no de una manera fría sino constructiva; la segunda pauta tuvo que ver con la muerte de su padre y la llegada de Marina, puesto que mientras le decía adiós a su viejo le daba la bienvenida a la hija única del dueño del servicio fúnebre; y el tercer período que le volcó la existencia fue precisamente cuando la pérdida de Marina le invadió la vida.

Roberto nunca, hasta la muerte de su padre, tuvo tiempo para pensar en las mujeres, y no porque fuese “raro” sino porque toda su fuerza era volcada en un solo deseo: mantener a su familia, cediendo sus propias oportunidades de superación personal a sus hermanos. Desde los 7 años y hasta cerca de los 60 hizo lo mismo por las mañanas, se levantaba a las seis de la madrugada, iba al baño, lavaba sus dientes, lavaba su cara, acomodaba bajo una gorra su cabello, se quitaba la ropa de dormir y se ponía ropa de trabajo, incluso los domingos seguía esta rutina, pues según sus palabras “la disciplina rige la vida”. Nunca fue un hombre de muchas palabras pero cuando abría la boca todos callaban pues siempre decía palabras acertadas. Por eso cuando su padre murió, nadie, ni sus hermanos ni su madre, cuestionaron el pequeño derroche económico que Roberto se permitió invertir en la ceremonia de velación del hombre que le había enseñado todo cuando sabía de la vida.

Cuando Roberto llegó, con parte del patrimonio de su familia en la mano, a la oficina de Don Horacio, lo primero que le llamó la atención fue esa joven con ojos de vieja, tan sensata, tan llena de vida y experiencia, que casi olvida el motivo de su inesperada visita. Don Horacio tan experto en “leer” a las personas no hizo otra cosa que ofrecer de consuelo a su hija a aquel joven que desde entonces considero un buen partido para ingresar en su familia. Marina prometió quedarse con su padre hasta que a éste le faltara la vida, pero secretamente esperaba a aquel hombre que le mostrará la felicidad y la alegría. Así que se alegró cuando su padre se mostró entusiasmado con Roberto. Don Horacio era viudo y sabía lo que era sentir soledad y no quería eso para su hija, así que dispuso rápidamente las cosas para celebrar las nupcias de Marina, claro, después de los nueve días pertinentes de luto acordados para el padre de Roberto.

Y así de pronto, Roberto conoció el amor de Marina, tan espontáneo, tan inesperado pero tan intenso e íntimo que cada que la veía agradecía en silencio a Dios y al mundo por la existencia de ella.

Roberto amaba tanto a Marina que nunca quiso compartirla, por eso no se sabe a ciencia cierta, si esa fue la razón por la que nunca pudieron tener hijos, la idea a Marina un tiempo la desconsoló, pero el amor y las atenciones de Roberto lograron apaciguar su instinto natural por ser madre. Para ello, Roberto la llenaba de macetas con flores de todos los colores, con pájaros tan extraños que aprendieron a dar los buenos días a los visitantes y con clases de manualidades. Cuando a Marina alguien le cuestionaba el tema de los hijos, ella siempre decía “Por algo pasan las cosas comadre, si a penas puedo con las plantas y las aves”.

Marina todas las mañanas esperaba la hora del desayuno, pues su marido llegaba hambriento de amor y con el estomago vacío. Generalmente tenía la mesa desocupada pues le gustaba empezar a hacer el amor en ese lugar y terminarlo en la sala, muy pocas veces usaron para esos fines su cama, pues desde su punto de vista había otro lugares más interesantes que podían usarse. Nunca se enojaron ni se pelearon de verdad, aunque les gustaba fingir enfado para tener reconciliaciones inolvidables.

Así que Roberto fue verdaderamente feliz durante 45 años de su vida, hasta que un día, mientras llevaba a Marina a la sala para hacerle el amor, esta se desplomó en sus brazos de un fulminante ataque al corazón. En ese momento el mundo se ensombreció y no supo hacer otra cosa que quedarse así, desnudo, abrazando el cuerpo inerte de la que había sido su mujer. Ese día al anochecer hizo los arreglos pertinentes, se desprendió del cuerpo de su esposa colocándolo en un ataúd y ahí en la sala se quedó con el recuerdo de su esposa viva dándole el cuerpo inerte a los que quisieron velarla y recordarle de esa forma.

Roberto no sintió hambre, ni frío, ni calor, ni necesidad de ir al baño durante una semana, pero si sintió la necesidad de ver a su Marina, de sentirla, de amarla, de besarla, para amortiguar un poco el sentimiento fue directamente a los cajones de ropa de Marina, tomó lo primero que vio y lo olió y se sorprendió tanto al darse cuenta de que el olor de su esposa estaba ahí, que sin pensarlo se vistió con esa prenda. Al cabo de unos días Roberto vestía con la ropa de Marina, usaba sus lociones y su maquillaje, nunca dudó en salir así a la calle, al contrario, era como si ambos, como en los viejos tiempos, salieran juntos a la iglesia, por el mandado o a visitar a sus compadres. Tampoco hizo caso a las burlas de algunos jóvenes o a las miradas de los viejos sorprendidos, porque él realmente pudo sentir que su esposa estaba con él, finalmente siempre habían sido uno mismo, y esos días no fueron la excepción.

Después de un tiempo de salir vestido así a la calle empezó a escuchar la conversación de Marina, cuando había gente a su alrededor se limitaba a solo escucharla pues si le respondía él sabía que la gente lo juzgaría y no quería que esa situación se malinterpretará. “Marina” sabía que mientras estuviera alguien más con ellos Roberto no le contestaría, por eso esperaba llegar a casa, para que Roberto se desahogara. Roberto a veces se desvelaba hablando largas horas con aquel fantasma, algunas ocasiones escuchando y otras tantas contestando.

Muchos dicen que Roberto está mal de sus ideas, otros dicen que siempre fue un hombre raro y que nunca tuvo el valor de aceptarlo hasta que su mujer falleció, y otros tantos, los menos, los que de verdad han amado tan profundamente, quizás entienden un poco su condición… Porque para vestirse como ella hace falta amarla, sentirla, disfrutarla pero sobre todo… extrañarla.

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