domingo, noviembre 09, 2008

Lee Esle

Todo queda entre familia

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

Cuando Ana nació, yo tenía 4 años. Según cuenta mi madre, cuando fuimos a conocerla al hospital, Ana estaba llorando incontrolablemente, mi tía Romina trataba de alimentarla de su pecho pero la niña se desesperaba fácilmente, una enfermera que estaba a su lado le aconsejaba que fuese paciente, que era un proceso lento y normal, entonces yo pregunté: “¿Le duele algo?” a lo que la enfermera amablemente respondió: “Tal vez si vienes y le das un beso se le pase”, miré a mi madre y ella asintió, me abrazó y me inclinó hacia la carita frágil y roja de Ana, le di un beso en la mejilla y como por arte de magia ella guardó silencio parcialmente emitiendo gemidos apenas perceptibles. Las tres mujeres que ocupaban la habitación, es decir, la enfermera, mi tía y mi madre se miraron un poco sorprendidas, yo volteé hacia los ojos semiabiertos de Ana y pase mi mano sobre su cabeza desacomodando su cabello imaginario justo como lo hacía mi madre conmigo para confortarme, Ana movió la boca como imitando una sonrisa, mi madre y mi tía suspiraron y la enfermera expresó que la niña no había sonreído que solo había sido un reflejo innato.

Al paso de los meses Ana creció, y lo curioso de todo es que su primera palabra me la dedicó, fue un “Eduardo” apenas entendible y a partir de ese momento nunca se calló, hablaba hiperactivamente. Mi madre y mi tía nos acostumbraron a saludarnos y despedirnos de beso, y en una ocasión, cuando Ana tenía 2 años corrió y me besó en la boca, fue tan inesperado que me gustó, su mamá le festejo, y a la niña le nació la manía de hacerlo siempre que se le ocurría.

Cuando llegué a la educación secundaria conocí una nueva palabra, una que me dolió y me aparto de Ana, esa palabra era: incesto. Sucedió en una ocasión mientras que mi mamá me llevaba a la escuela, pues en un arranque de honestidad le confesé la decisión de casarme con Ana y cuando se lo comenté ella me dijo que eso no era posible, puesto que no era correcto casarse entre miembros de la misma familia. Sin duda, cuando salí ese día de clases fui un chico diferente, me convertí en un inconforme con las normas sociales.

Pasaron los años y Ana tuvo su primer novio, cuando lo escuché de sus propios labios sentí que mi sangre había llegado a su punto de ebullición, y tuvimos nuestra primera discusión. El día que me presentó a ese chico y a los que le siguieron, le externé que ninguno era lo suficientemente perfecto para ella y a menudo ella terminaba diciendo: “¿Y tú eres perfecto para mí?”, con esa pregunta por lo general me hacía no decir más, pero internamente yo le gritaba que si, que no tenía que buscar más, que yo era el hombre que siempre le iba a amar.

En una ocasión fuimos a una fiesta, alguien conocido se casó, mi madre me presentó a una chica y la incitó a que bailara conmigo, la mirada que vi de Ana me indicó que mi amor por ella era correspondido. La chica con la que bailé me entretuvo hasta que mi tía Romina interrumpió la conversación, disculpándose con ella y solicitándome que llevara a Ana a su casa, quien estaba alcoholizada. Ana nunca tomaba y a todos les sorprendió ese comportamiento, al llegar por ella me aventó su abrigo, se dirigió como pudo a la salida y me gritó: “Para que lo sepas esa chica no es tan perfecta”, estaba realmente alterada, subió al auto dando un portazo y los treinta minutos de regreso a su casa los dedicó a detallar el porque, desde “su punto de vista” no me convenía andar con aquella “tipa”. Mi cabeza giraba, sentía enojo, amor, tristeza, todo al mismo tiempo, cuando llegamos a nuestro destino Ana empezó a gritarme, a decirme que reaccionara, que esa chica era una falsa, entonces sujeté fuertemente su mano, la miré a los ojos y le dije: “Entonces ¿Tú eres perfecta para mí?”, ella respiró profundamente y empezó a besarme, sin duda correspondí aquel beso que desde siempre había esperado, con tal magnitud, con tal pasión como se dio, ambos nos dejamos llevar, pero justo cuando la situación nos guiaba a lo inesperado, Ana me soltó, su mirada era triste y llorosa:
- Te amo pero eso no esta bien-.
- Al diablo con lo que esta bien o esta mal, al diablo con los demás- respondí.
Ella aseveró: - tú mismo sabes que lo nuestro no es correcto-, se abalanzó a mi cuello y lloró, también yo lloré maldiciendo la sangre que llevábamos dentro.

Después de ese día Ana evitaba hablarme, conoció a un chico e inmediatamente se comprometieron. Una noche antes de la boda, desesperado fui a verla para hacerle ver su error, ella me evitó hasta que me le planté enfrente con el corazón en la mano:
-Ana, por favor, tú sabes porque estas haciendo todo esto, sabes que él mismo no es perfecto-
-Algún día tenía que casarme, además tú mismo no eres perfecto-
Discutimos y nos gritamos por horas, hasta que ella concluyó diciendo:
- Si Eduardo, te amo pero no puedo tenerte, vete, porque no quiero hacer algo de lo que me pueda arrepentir, mi novio no se lo merece-.

Eso fue lo último que nos dijimos, salí destrozado odiándola a ella, odiándome a mí y odiando todo lo que éramos. Ese mismo día tomé mi maleta y partí argumentando a mis padres la oportunidad de un trabajo único. No muy convencidos y confundidos por la inasistencia de la boda de Ana me dejaron ir.
Desde entonces viajo por el mundo, en busca de una sociedad sin prejuicios, sin doble moral, sin hipocresías, una sociedad en donde nadie busque ser perfecto. He recorrido todo el mundo, pero en el fondo se que en la actualidad esa sociedad es una falacia mental, no existe, ya ni siquiera en el fondo de nuestros pensamientos.

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