martes, marzo 03, 2009

Lee Esle

El código Morse de Matilde

Comentarios: laura.esle@hotmail.com



Desde que Matilde se encontraba en el seno de su madre aprendió a hablar, no me pregunten como lo se, pues son de esas cosas que aunque extrañas e increíbles, terminan por resultar ciertas, al menos para aquellos que así lo quieran creer.

Matilde con su lenguaje fetal respondía puntualmente a todas las charlas que le dirigía su madre, al principio lo hacía con un movimiento rápido hacia la derecha para asentir y uno hacía la izquierda para expresar que algo no le agradaba, pero conforme fue creciendo en el interior de su madre fue desarrollando su lenguaje corporal con tales avances que las últimas semanas de su gestación era capaz de dar patadas largas o cortas según fuese el caso, según fuese la pregunta, según fuese lo que quisiera ella expresar.

Cuando Matilde nació pareció olvidar un poco ese lenguaje que le había emocionado tanto a su madre, que le había causado estremecimientos de alegría por saberse portadora de una vida. Habiendo dejado de practicar el lenguaje corporal no se podría esperar otra cosa y al cabo de 8 meses de nacida Matilde empezó a hablar, al principio eran silabas que solo contextualizándolas cobraban sentido, pero no pasaron más de 2 meses cuando la pequeña era capaz de articular palabras de dos, o en su defecto de más sílabas, dependiendo el grado de complejidad del vocablo.

De hecho, resultaba curioso ver a una personita de 10 meses prácticamente comunicándose en su máximo esplendor con su madre, ah pero eso si, solo con ella, porque cuando los demás atraídos por su curiosidad le empezaban a interrogar, Matilde guardaba silencio tímidamente y comenzaba a tartamudear. Así que los más curiosos solo la observaban cuando conversaba con su mamá y se limitaban a apreciar esa conexión incomparable entre madre e hija. Cuando nadie interrumpía a Matilde ella enfocaba toda su atención en ese ser que le había dado la vida.

Pasaron los años y Matilde raramente hablaba con alguien que no fuera su madre, pareciese que nadie era para ella tan interesante o tan constante en la conversación. Había días que Matilde ya siendo una niña no iba a la escuela, y esto no es porque estuviera enferma o no quisiera conscientemente ir, si no porque cuando estaban a punto de llegar o incluso estando ya en la puerta del colegio parecía que nadie les podía cortar la plática.

Como resultado de esa excelente y extrañísima comunicación, que poco, realmente muy poco se da hoy en día entre las familias, Matilde fue una niña notablemente más madura que las niñas de su edad, nadie podía engañarla, ni decirle algo que ella no supiera ya, y por tanto, con los años a ella se le consideraba un alma vieja atrapada en el indiferente cuerpo de una infante, de palabras elocuentes y mirada escrutadora, era como si quisiese saberlo todo, como si con observar un poco de tiempo las cosas obtuviera respuestas inimaginables.

Matilde no tenía padre, bueno es lógico que algún varón la hubiese engendrado, pero nadie conocía el origen de ese desconocido, quizás ni la propia Madre de Matilde. Por lo tanto, “Madre” como cariñosamente le decía esta chica a su progenitora era la única persona que ella tenía.

Así que ya imaginarán que cuando la mamá de Matilde se accidentó y quedó en estado vegetativo Matilde no tuvo más remedio que ser paciente a la hora de obtener respuestas a las preguntas que le planteaba a su madre. Curiosamente Matilde desarrolló a la par con su madre un sistema de comunicación tan similar y tan básico e instintivo al que ella utilizaba cuando estaba en estado de gestación. Así que cuando su madre asentía su mano derecha apretaba o si negaba algo la mano izquierda hacía tal movimiento pero tan tenuemente que Matilde aprendió a desarrollar bastante sensibilidad en sus manos.

Era emocionalmente impactante ver a una niña sostener todo el día las manos de su madre en el hospital que, los médicos lo único que podían hacer era no interrumpir esa conversación. Pero un día un sobresalto asustó a Matilde… su madre le apretaba sus manos fuertemente, no como aferrándose a la vida, si no como despidiéndose largamente de ella, esa acción duro parte de la noche y después de algunas marcas permanentes alrededor de las muñecas de Matilde, su madre suspiró profundamente.

Matilde no habló nunca más. Pero tampoco la historia es tan triste, pues inventó una forma idónea de enseñarle a las personas carentes del sentido del escucha y del habla, estrategias mediante las cuales pudieran comunicarse con los demás.

Matilde vivió y murió en silencio, como un pequeño tributo al recuerdo insustituible de su madre.

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