lunes, junio 01, 2009

La muerte y yo

La muerte y yo

Lee Esle
Comentarios: laura.esle@hotmail.com


Lucía tuvo la noción de que existía la muerte cuando tenía 12 años… Una vecina llamada Jazmín que era 2 años menor que ella, la encontró un sábado de junio cuando cruzó una avenida y un auto la impactó. Cuando Lucía recibió la noticia de su fallecimiento irónicamente se mostró dudosa, pues a penas iban a ser unas pocas horas desde la última vez que le había visto, y es que ella creía que cuando uno moría se avisaba o se sabía mucho antes de que esto sucediera. Así que cuando la curiosidad de verle el rostro a la muerte le hizo inclinarse frente al ataúd de Jazmín, Lucía se topó fríamente con la sorpresa de que lo único que nos separa de la muerte es una línea apenas perceptible… un respiro, un latido.

Otras de las ingenuidades de Lucía en relación a la muerte, le llevó a pensar que cada uno de nosotros podía elegir la manera en la que deseaba morir, este pensamiento surgió a raíz de que en una ocasión ella escuchó en las noticias que un adolescente había elegido la “salida fácil”: suicidarse, el presentador del noticiero hacía énfasis en que el chico en cuestión había “elegido” una combinación mortífera de psicotrópicos para terminar con su vida.

Con la muerte de Jazmín y con plena certeza de que uno elegía el cómo se quería morir, Lucía empezó a obsesionarse con todo lo que tenía que ver con la muerte… sus temas de conversación giraban entorno a ello e iniciaban con la pregunta ¿Cómo quieres morir? ¿A qué edad te gustaría morir? Eran preguntas simples incluso inocentes pero con peculiar similitud en las respuestas: la mayoría concluían en que quería que la muerte les encontrará durmiendo y se los llevará sin mayor dolor ni sobresalto a una edad prudente en la que incluso se les permitiera haber conocido hasta al último de sus nietos. Lucía escuchó tantas veces la misma respuesta que incluso llegó a pensar que las personas le tienen miedo a la muerte, pues no quieren verle, ni sentirle, ni esperarle, de ahí que desean que les llegue sin mayores aspavientos. Pero ella, considerándose un poquito más valiente, comenzó a imaginar decenas de muertes increíbles que iban desde encuentros bélicos hasta la adquisición de algún fenómeno epidemiológico.

No obstante, nada de lo que Lucía imaginó le preparó para su verdadera muerte, su imaginación, en aquellos años de infancia, jamás se acordó de asociar el dolor propio y el de sus familiares, el desgaste físico, económico y emocional que conlleva en algunas ocasiones el descenso de las personas… ella quería que cuando le encontrará la muerte -y aún a sabiendas de que ésta le iba a ganar- le daría un poco de guerra, la haría batallar, le daría la cara, le miraría fijamente a los ojos sin parpadear… y todo esto no tanto para alardear, sino para que sus seres queridos lograran recordarle hasta el final como una persona que nunca se dejó vencer y que incluso a la hora de morir lo hizo con dignidad. Pero Lucía con lágrimas de impotencia y estando ya en su lecho de muerte me dijo: “¿Con qué fuerza le voy a dar guerra a la muerte, si toda mi energía se disolvió con mi última sesión de quimioterapia? ¿Con qué cara voy a enfrentarme a la muerte si mi piel esta demacrada y mi cabello ni siquiera ha crecido? ¿Con que ojos voy a mirarle fijamente si el cáncer me ha dejado ciega?

Obviamente cuando yo escuché estas palabras de mi mejor amiga, que estaba muriendo tan joven, sin tan siquiera llegar a los 40 años, no tuve más valor que para abrazarla y llorar con ella, pues el peor sentimiento me abordó dejándome muda… los días que le siguieron a esta charla Lucía estuvo apacible incluso sonriente a pesar del dolor, parecía estar esperando la muerte con algo que ni ella misma se imagino: esperanza. Pero no fue egoísta en sus deseos solo esperaba que su muerte nos aliviará del dolor que nos provocaba el verle sufriendo.

Ahora han pasado 3 semanas desde que Lucía se fue y lo único que viene a mi mente cuando la recuerdo es esa serenidad que logró transmitirnos durante toda su vida, incluso en su muerte, y que lo que ella no sabe y que yo no supe decírselo en momentos de desánimo por su enfermedad, fue que jamás había conocido a alguien que luchará tan dignamente por su vida, y que burlara a la muerte en más de un par de veces, y que ella siempre fue bella incluso sin cabello y con piel reseca por la quimioterapia, pues su belleza provenía de su interior y de esa mirada que aunque al final fue ausente seguía iluminándonos.

Para mí y para los que la queremos, Lucía sigue siendo esa mujer fuerte, llena de momentos buenos, y con momentos de flaqueza, claro, pero que siempre supo reponerse con integridad y con una sonrisa adicional.

Lo que Lucía tampoco supo en su momento es que Eleonor, su hija de 4 años, anda diciendo a grito abierto que su mamá es su héroe… si todos como padres, como hijos, como seres humanos, pudiéramos dejar esa impresión en las personas que nos rodean entonces no importaría demasiado la edad en la que uno muere pues nuestra misión en la vida, de cualquier forma, estaría cumplida.

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