martes, julio 28, 2009

Lee Esle

Diario de un secuestro

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Día uno: Es miércoles, el tercer día que el secuestrador sigue y observa los pasos de su víctima, él sabe que en unas horas más tarde, aquella chica, perderá, aunque sea de manera temporal su sonrisa y su libertad.

Día dos: Tras una larga noche de escuchar a su víctima suplicar, maldecir y llorar, el secuestrador la contempla, ahora tan vulnerable, sumergida en un sueño profundo, que apareció forzado por el cansancio, se ve tan apacible a pesar de la postura incomoda que provoca el estar atada a una silla, con los ojos vendados y los labios sangrando.

Día tres: Después de dos días de azotes, ella sabe que no debe de hablar, solo el silencio le hará ganar un poco de alimento. Ella empieza a preguntarse el ¿por qué? ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Día cuatro: ese día ella despertó con ganas de cantar, y empieza a hacerlo de forma imperceptible, solo mueve los labios, después de unos minutos, pensando que está sola levanta un poco la voz… y el secuestrador a unos pasos de ella, le escucha y se pone a llorar.

Día cinco: El secuestrador le proporciona a su víctima un teléfono en el que ella no puede marcar, ella estaba a punto de colgar cuando escucha a su mamá llorar del otro lado del auricular, ella lo entiende y trata de asegurarle que todo está bien, que esta batalla ella la ganará, que no se dará por vencida, que después de esa experiencia reirá.

Día seis: La chica se siente débil, no sabe en donde esta, se empieza a desesperar y grita a todo pulmón “si me vas a matar hazlo ya”, esta desorientada, hambrienta, llena de desesperanza.

Día siete: la víctima empieza a divagar… empieza con un “Hola ¿cómo estás?” y termina con un monólogo en el que ella quiere negociar su libertad, pero el secuestrador ni se inmuta él sólo la sigue observando y cuando por fin se cansa de oír su tono de súplica falsa, se levanta y con un golpe en la cara la hace callar.

Día ocho: ella reniega de Dios, de la vida, del destino, de cualquier ente superior, no obstante hacia el mediodía se arrepiente y pide perdón a todos lo que ofendió, incluso a Roberto, aquel chico que tanto le amaba y al que ella engañó.

Día nueve: En cuanto ella despierta, por inercia vuelve a cantar aquella canción que al secuestrador le hizo llorar, ahora la canta de manera audible, no obstante, él se acerca a ella, le jala fuertemente de los cabellos y le cubre la boca, lo menos que él espera es que ella le vuelva a torturar de esa manera. El secuestrador sabe que tiene que actuar, pues tarde o temprano eso tiene que terminar.

Día diez: ella difícilmente concilia el sueño, lo único que hace es llorar, pero lo hace a tal grado que incluso sus ojos le arden, los siente hinchados, a punto de reventar. Se siente inútil e impotente al estar así, privada de su libertad.

Día once: la víctima ya no sabe si afuera en la ciudad es de día o es de noche, el secuestrador le ha dejado una televisión con una videograbación, pero ahora le asusta lo que sus ojos pueden ver, cuando en la pantalla aparece una imagen de hace algunos meses en aquella fiesta a la que asistió con su novio, después se ve ella ejercitándose en un parque, después se abre una toma y se ella saliendo de su casa el día que ocurrió lo del secuestro.

Día doce: El secuestrador se acerca a ella, le toca lentamente la cara, el cabello y el cuello, entonces ella despierta, se asusta, le grita, le escupe, sigue sin ver la cara de su torturador, pero se queda helada cuando se da cuenta de que la manera en que esas manos la acarician le resulta tan familiar.

Día trece: Él sabe que ella ya sospecha su identidad, él se arrepiente de haberle hecho daño una noche anterior pero ahora ya no puede dar marcha atrás, después de todo se dice el secuestrador para sí: “Ella provocó esta situación”.

Día final: Es de madrugada la despierta el flash de una polaroid, hay una luz muy tenue en esa habitación, el secuestrador levanta bruscamente a Julieta y la sienta a la fuerza en un sillón, él quiere que ella sea su único espectador, le ata los pies y las manos, le quita la venda de los ojos y mientras que su vista se adapta al ambiente poco acogedor, ella se percata de la silueta de un hombre que está de espaldas frente a ella, el secuestrador mueve ágilmente las manos, carga el artefacto, y ella empieza a suplicar y a retorcerse desde el lugar en el que se encuentra y piensa “este es el final”. El secuestrador lentamente le da la cara a Julieta y empieza a cantar la canción que le canto a su primer y único amor, el cual le traicionó; la víctima tiembla, ya le ha visto la cara, sabe quién es, descubre que lo conoce, Julieta le suplica a Roberto que le perdone que fallarle nunca fue su intensión, Roberto canta fuertemente que parece estar gritando el disparo sucedió tan rápido que Julieta ni siquiera se percató de que la sangre que ahora está en su cuerpo es de Roberto quien le ha dado una lección.

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