viernes, septiembre 04, 2009

Lee Esle

Herencia de ojos tristes

Hasta hace un par de semanas deje de considerar la opción de hacerme cirugía, no eran los parpados caídos, ni las pequeñas arrugas que empezaban a formarse alrededor de mis ojos lo que me hacía sopesar la opción del bisturí, sino en sí, mis ojos tristes, esos que aunque me encuentre alegre no se motivan para cambiar, los mismos que ni el maquillaje puede hacer brillar.

Dejé de ahorrar para esa situación cuando empecé a recordar los días en los que yo era apenas más alta que medio metro y que coinciden con la muerte de Don Manuel, mi abuelo.

Cuando mi abuelo materno murió, yo tenía menos de tres años, él era tan viejo como un siglo y si hubiera sido sacerdote, mujer o niño no le hubiesen obligado a participar en la revolución, cuando ésta llegó. Ahora, después de tanto tiempo me resulta un poco extraño hablar de él, creo que se debe a que hace algunos días le soñé.

Con los ojos cerrados y de manera inconsciente vi a mi abuelo, como en todas esas tardes cuando sentado y absorto en aquella silla mecedora permanecía inmóvil, con su bastón de madera a un lado y su mirada tan distante y tan ausente, podía estar horas en la misma posición, con los ojos sobre un punto fijo, sobre el horizonte, sobre el infinito. Eran tan profundos sus pensamientos que sólo dos o tres lágrimas que de vez en cuando rodaban sobre su piel curtida le hacían volver a la realidad, comprobando así, que él, un hombre fuerte, no era una estatua de piedra morena.

Esas gotas de agua que ocasionalmente emanaban de los ojos de mi abuelo, me hacían imaginar tantas cosas, llegué a pensar que lloraba por temor a la muerte, después aprendí a estudiar su mirada y entendí que unos días su dolor tenía que ver con ese hijo del que a muy temprana edad se tuvo que desprender, otros días sus sollozos agonizaban con esos chicos tan idealistas y patriotas como él a los que aniquiló en plena encrucijada, no obstante también su mirada triste radicaba en la madre que perdió cuando era un adolescente, en la familia que le desconoció cuando él regresó de la guerra y sobre todo en esos meses que pasó ahogándose en alcohol para olvidar que incluso sin llegar a los veinticinco, su vida, para sus seres queridos, esos de los que si te importa lo que piensen, era ya considerada un fraude.

Sucedió que unos años antes de cumplir los 60, él encontró a mi abuela y fue entonces cuando pudo ser medianamente feliz, refiero lo de “medianamente” porque según las palabras de Don Manuel “la felicidad nunca es completa” y esa felicidad incompleta al principio se debió a una mala racha económica que le hizo salir de su pueblo natal para trabajar, dejando por un período más o menos largo a mi abuela embarazada y a su primogénita, cuando él regresó y la economía de la familia se estabilizó, dolorosamente encontró a mi abuela sumergida en llanto cargando la inercia de su recién nacido con su hija mayor a un lado con carita de confusión, quién con pocos años supo que tendría que despedir a su hermanito rezando.

Como bien se sabe a los 60 a nadie se le puede moldear el carácter, ni los rasgos de la cara, mucho menos la mirada, al menos no de manera natural, así que valorando las experiencias que mi abuelo adquirió a base de dolor durante muchos años, no pudieron contrarrestar en su mirada esas últimas décadas que vivió llenas de emoción por la llegada de nuevos miembros a la familia, satisfacciones profesionales, etcétera. Cómo el día en que su primer nieto nació, y a quién Don Manuel en calidad de médico trajo al mundo, dicen que mi tía de ver las lágrimas de emoción del nuevo abuelo cuando cortó el cordón umbilical, le perdono todos los días en que según ella, él le había regañado injustamente y desde ese día le guardo un profundo respeto, mucho más del que de por sí ya le tenía. Tanto marco ese acontecimiento, que no es extraño constatar que el mayor de mis primos lleva el mismo nombre de mi abuelo.

Los últimos años de su vida, mi abuelo estuvo muy quieto, parecía que si se movía profanaría el silencio, el movimiento del entorno, el orden natural de la vida. Por eso cuando murió sentado en aquella mecedora, mi abuela dudo y tuvo que hablarle a un tío y a dos vecinos para constatar que de verdad Don Manuel, el único hombre al que amo, había muerto.

Confieso que me causa un poco de dolor y que la actual situación forja aún más mis ojos tristes, el corroborar que mi abuela, con los años, ha perdido el movimiento, ya empieza a usar el bastón de madera que perteneció a mi abuelo, a preguntar por aquella silla mecedora en la que Don Manuel pasó sus últimos años y a dejarse perder en el tiempo observando a lo lejos un punto muerto.

El apellido se puede manipular, el dinero se terminé o no, nunca trascenderá tanto como lo que me ha dejado mi abuelo; sus invaluables ojos tristes.

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

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