sábado, octubre 03, 2009

Lee Esle

Los ciclos de la vida

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

Los seres humanos, como cualquier otro ser vivo, tenemos la vida conformada por ciclos, unos más breves que otros, unos más radicales que otros, como sea, somos seres cíclicos a final de cuentas. Lo tienen en común cualquier tipo de ciclos, es que por lo menos coinciden invariablemente en tres cosas: nacen, se desarrollan y por supuesto mueren.

Cuando era pequeña, o debo decir, cuando empecé a tomar conciencia de las cosas que sucedían a mi alrededor, falleció mi abuela materna, era la primera vez que moría alguien en mi vida y me confundían los sentimientos que tal evento desataban, mi madre, muy prudente, me explicó que “el ciclo de mi abuela había concluido”, -“ya estaba grande”- le respondí yo y aquella hija que quedaba “huérfana” solo movió la cabeza afirmativamente.

Tiempo después mi mamá perdió a quien fungiría como mi hermano menor al cabo de 5 meses de gestación, me sorprendió mucho darme cuenta de ello, sobre todo porque mi hermano no era mayor como mi abuela, y fue cuando mi mamá me sentó junto con ella en la cama de mi habitación y me explicó que el ciclo de las personas no siempre es largo, a veces puede ser corto y que puede interrumpirse por enfermedad o por cosas diversas, también me expresó que no nada más las personas tienen ciclos, sino también los animales, las situaciones, las familias, etcétera.

Desde ese día mi atención se centró en reconocer los tipos de ciclos que tenía mi vida y la duración de éstos, viéndolo de esta forma, los cambios posteriores como el divorcio de mis padres, las tres escuelas en las que cursé la educación secundaria, entre otros, no me resultaron del todo traumatizantes, pues aunque me dolieron cuando se dieron, entendí que el matrimonio de mis padres había terminado y que los períodos de estancia en las escuelas pueden llegar a ser muy breves, sobre todo cuando tu mamá trata de establecerse económicamente.

Es curioso resaltar, que en determinado momento, llegué a obsesionarme con todo eso de los ciclos y su clasificación, y así surgieron nombres que yo empleaba como “el ciclo del desayuno”, “el ciclo de los regaños de mamá”, “el ciclo de las incongruencias de papá”, “el ciclo en que me agradó ser alguien popular”, “el ciclo en que me empezó a gustar Sebastián”.

Ahora bien, éste último ciclo me causó un poco de conflicto, verán, conocí a Sebastián cuando estaba en preparatoria, él era dos semestres más grandes que yo, y un día en la cafetería de la escuela dio la pauta para que Doña “Coto” (pseudónimo abreviado de cierta situación que ocurre cuando alguna persona ha sobre pasado la edad “casamentera” sin llegar a concretar exactamente la cuestión del matrimonio) me atendiera antes que a él, en días posteriores a eso, me ofrecía lugar en su mesa a la hora de comer, en un par de ocasiones me ayudó a cargar algunos libros que yo llevaba a la biblioteca, en sí, mostraba actitudes amables cuando casualmente me lo encontraba más seguido en los pasillos, así que ¿cómo no fijarse en él?

Sebastián fue mi primer beso, mi “primera vez”, mi primer corazón roto. Todo iba bien en nuestra relación, pero se interpuso la distancia, el se mudó a 26 horas de camino en carretera, o visto de otra forma, a 3 horas con 45 minutos en avión, es decir, lejos, tanto que ese trayecto no era nada a comparación del buen puesto y los beneficios que eso conlleva que le ofrecieron al Ingeniero Fernández, papá de Sebastián. Lo peor de todo es que todo sucedió en una semana: el lunes la empresa anuncia al ingeniero la noticia, el martes él lo comunica a su esposa, el miércoles el matrimonio le avisa a los hijos, el jueves Sebastián me lo avisa a mí y el viernes, sin más, nos besamos llenos de lágrimas en el aeropuerto.

La mudanza trajo consigo inconsistencias de horarios, grandes tarifas telefónicas, días con melancolía, y un poco después su voz en el auricular y mis cartas dejaron de ser consistentes, en realidad nunca “terminamos”, solo dimos por hecho que la relación bajo esas condiciones no funcionaba más.

Yo creí que el ciclo con Sebastián había terminado, pero llegó el día en que de nuevo lo vi y nuestro ciclo latió de nuevo, no eran condiciones apropiadas para festejar, pues tras una larga enfermedad la más joven de sus dos hermanas, murió, el último deseo de Joanna fue que su cuerpo descansara en tierra roja y por eso Sebastián regreso a mí.

Cuando lo vi después de varios años, él estaba tan ajeno a lo que pasaba alrededor, incluso tan inconsciente de su propio llanto que al principio no quise acercarme, entonces permanecí por unos minutos distante, esperando el momento apropiado de abrazarle y gritarle “estoy aquí”… mientras el sacerdote despedía el cuerpo inerte de su hermana, mi cuerpo quería correr hacia él… inmersa en esa necesidad de abrazarle, me sorprendí al notar que todos se ponían de pie y caminaban hacia la salida de aquel lugar… entonces sin aguantar más, navegué entre aquel tumulto de gente, al principio vi que su mirada se movía buscando desesperadamente algo, después me sentí perdida, me quedé paralizada volteando de un sitio a otro, pues entre tantas personas, el rostro de Sebastián desapareció, mi confusión iba en aumento, cuando sin más, una mano se deslizó sobre la mía, sentí entonces esa calidez única, esa reconfortante sensación al oír que él le decía a mi oído… “¿Te siguen obsesionando los ciclos? ¿Iniciamos uno o continuamos con el que ya teníamos?”.

Desde entonces Sebastián y yo simplemente hemos dejado que nuestro ciclo siga su cause, porque nacimos, nos desarrollamos y algún día moriremos.

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