sábado, octubre 31, 2009

LeeEsle

Saber hablar, saber callar

Por Lee Esle
Comentarios: laura.esle@hotmail.com


Marcelina nació hace muchos años, vino al mundo en medio de armas de fuego, guerra y destrucción, y así con minutos de haber nacido, supo cuando callar pero también cuando alzar la voz.

En aquel entonces cuando ella nació, México se abatía en la revolución, el grupo contrario al que pertenecía su padre, llegó de noche, tomó por sorpresa el pueblo, golpeando a mujeres y niños por igual, matando a infantes, violando a niñas, adolescentes y ancianas, saboteando negocios, robando caballos… eran las tres de la mañana y Doña Rosa escondida con sus otros dos hijos en el tejaban de su casa, empezó a sentir calambres en el estomago, al principio pensó que eran de preocupación por saber que su esposo estaba allá afuera, luchando en contra del grupo enemigo, no obstante, al paso de algunos minutos ya no trato de engañarse, y pesé a que no era el mejor momento, se internó aún más en la oscuridad de aquel lugar y silenciosamente dio paso a la vida de su sietemesina.

Como es de esperarse de un recién nacido, aquella niña a la que se le llamó Marcelina, comenzó a llorar, entre la conmoción del momento, Doña Rosa, su madre, se percató de que alguien no muy amistoso había irrumpido en su casa, la niña seguía llorando, a pesar del ruido que había afuera de su casa, sabía que si Marcelina no dejaba de llorar, en cuestión de minutos les iban a encontrar y sabrá Dios que harían de ella y de sus hijos. Así que Doña Rosa le habló a su hija, quien pegada a su seno sollozaba fuertemente, solo una vez le pidió silencio y la pequeña abrió los ojos, se le quedó mirando y después los cerró en un sueño profundo. Los “malos”, que habían violado la seguridad de ese hogar, destrozaron cuanta cosa se encontraban a su paso, empezaron a prenderle fuego a la casa y riendo estúpidamente huyeron.
Doña Rosa aún debilitada por el desgaste físico que implica un parto, trato de rescatar a sus hijos, el humo inundo sus pulmones y pronto dejaría de respirar, el final de sus días se aproximaba, ella lo sabía, así que en un último intento pasó a sus hijos mayores a través del fuego, logró rescatarlos, sin embargo cuando iba a cruzar con Marcelina, parte del techo se vino abajo, golpeándole el cuerpo, cayó pero antes de cerrar los ojos para siempre le pidió a su pequeña que llorara tan fuerte hasta que alguien pudiera escucharla, la niña de horas de nacida, como si hubiese entendido la orden, la acató fielmente.

Un grupo de hombres que incluía a su padre, llegó hasta la casa en llamas, instintivamente Don Jaime buscó entre los escombros a su familia, encontrándose a su esposa muerta, a sus dos hijos asustados y a una pequeña con horas de nacida llorando tan fuerte que de no haber sido por eso no la habrían hallado. Don Jaime tomó entre sus brazos a su hija menor y a pesar del dolor de su viudez y del pánico en los ojos de sus hijos, miró a Marcelina, le besó la frente y sonriendo le dijo: “Ya te puedes callar pequeña”, ella le regresó la sonrisa y volvió a dormir.
Con el transcurso de los años y a pesar de haber nacido bajo dichas condiciones, Marcelina fue una niña de carácter dulce, pero eso no significa que fuese sumisa, por el contrario, supo defenderse a sí misma y a los demás.

Fue esa mezcla de adrenalina la que le hizo ser una niña perspicaz, para su época eso no era exactamente bien visto, pues entonces las mujeres agachaban la mirada y guardaban silencio ante las injusticias y en general ante todo.

Al principio, los maestros de la escuela mandaban hablar a Don Jaime para reprender el comportamiento “inadecuado” de Marcelina, a quien, durante largo tiempo castigaron por no ser igual a los demás, así tan moldeable, tan mecánica, tan robot, tan zombie. Pero después de algún tiempo dejaron de hacerlo, pues vieron que Don Jaime lejos de regañar a su hija le felicitaba y le alentaba a decir con respeto lo que su mente pensaba.

Creo que es obvio el orgullo que Don Jaime sentía por su única hija, que incluso fue la inspiración de sus hermanos. Nada le hacía más feliz que ver a Marcelina llegar, quien a pesar de ser delgada y baja de estatura, impregnaba de brillo el lugar.
Con el paso de los años, Marcelina obtuvo la aceptación de la gente, muchas mujeres de su pueblo se inspiraron en ella para alzar la voz cuando el marido las golpeaba, o el gobierno les trataba injustamente.

Marcelina, sin más se convirtió en una heroína local, no porque fuese una actriz renombrada, una figura política o una santidad, simplemente por ser así: libre de pensamiento, por callar prudentemente y por alzar la voz cuando fuese necesario.

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