lunes, marzo 08, 2010

Eterna Navidad

Comentarios: laura.esle@hotmail.com



Era el tercer mes del año, se aproximaba la primavera, uno se podía dar cuenta de ello, no solo por la fecha en particular, sino porque las flores empezaban a arrojar botones, las aves volaban seduciendo el ambiente y la sombra de los árboles se veía de tal forma que se antojaba estar debajo de ellos leyendo un buen libro o simplemente escapando de las oleadas de calor que inundaban la ciudad.

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Recientemente me había mudado de casa, y aunque no era vivienda propia, el sencillo acto de poder pagarme la renta me daba una sensación única e inexplicable de independencia, no era una gran casa, por el contrario, era pequeña y bastante colorida pero hacía juego con la mayoría de las construcciones de ese complejo habitacional, por lo tanto, me fue fácil desde el principio identificar una casa un tanto vieja, descolorida y descuidada que estaba a solo algunos metros de distancia de la mía y que incluso, a pesar de ser marzo aún tenía en su fachada adornos viejos de navidad y que yo creía que estaba abandonada.

Todos los días como un ritual a mi nueva especie de libertad, salía a correr por las mañanas, los primeros días, lo confieso, evitaba pasar por la casa que parecía no estar habitada, pero al paso de un mes empecé a verle con indiferencia.

Curiosamente la calle por la que vivía estaba llena de empleados de oficina y no era común verles sino hasta pasada la tarde, cuando llegaban a su casa con el único afán de quitarse los zapatos, ver televisión y quizá compartir unos minutos con sus hijos pequeños, así que aún no hacía amistad con nadie pero al igual que todos empecé por ignorar esa casa vieja que estaba a mitad de la calle. Por lo tanto, me saqué un buen susto una mañana en la que al pasar trotando por ahí una vieja de cabello enmarañado abría la puerta sigilosamente y sacaba a pasear a un gato, la imagen fue tan surrealista, enigmática y de tal naturaleza que mis piernas se debilitaron y un grito se ahogó en mi garganta, dando paso a emociones infinitas. Entonces la vieja posó su mirada en mí y me sonrió mostrándome sus descuidados dientes, me repuse de inmediato pues su gesto resultó ser amable y mi reacción me hizo sentir tonta.

Cuando pasé al lado de aquella anciana escuché un suave “Buenos días” le respondí indiferentemente y me dispuse a seguir caminando, ella llamó mi atención al referir que su nombre era Carmen y que era mi vecina y lo que sucedió a continuación jamás lo imaginé, pues tuve la mejor plática de mi vida, ella me invitó a su casa a tomar chocolate con malvaviscos porque según sus palabras -odiaba el café por ser una bebida bastante superficial-

A partir de la primera taza de chocolate me enamoré de los sábados por la mañana, pues era cuando ella y yo compartíamos anécdotas del antes, del ahora y el después, de mis miedos y sus añoranzas, de mi infancia y de su vejez.

En una ocasión y con toda esa confianza mutua acumulada, le sugerí hacerle mejoras a su casa, ella trató de renunciar a la idea por los costos que supondría la remodelación pues su módica pensión apenas le daba para vivir al día, no obstante, la convencí de que yo le ayudaría y un tanto apenada aceptó. Al final, cuando por fin dimos el último brochazo de pintura, ella parecía dubitativa, incluso arrepentida, cuando le pregunté al respecto Carmen fingió agrado pero su mirada triste la delataba, se despidió más temprano de lo normal y no la volví a ver hasta muchos días después cuando la descubrí subiendo a lo alto de su casa, entre las manos traía una serie de luces navideñas, me acerqué a ella y no dijo nada, entonces en silencio empecé a ayudarle a adornar su casa aunque era una tarea fuera de lugar por la época del año en la que nos encontrábamos, más no dije nada. Ella me regañó en un par de ocasiones por no acomodar correctamente la corona navideña y terminó por cerrarme la puerta en la cara, parecía otra, es como si estuviese amargada, ajena a las charlas que compartimos y a las tazas de chocolate que degustamos.

Después de mucho tiempo de buscarle dejé de hacerlo, me convertí en alguien ajena a su indiferencia por el mundo y poco a poco dejé de sentir esa necesidad de incorporarle de nueva cuenta a mi vida cotidiana, hasta que un día muy temprano el sonido estrepitoso de una ambulancia inundo mis sueños y me hizo abrir los ojos y levantarme rápidamente, alguien impacientemente tocó mi puerta, salí a la calle y vi como el cuerpo de Carmen era cubierto por una sábana blanca, posterior a eso, todo fue más lento, el oficial que había irrumpido mi sueño tomó un sobre que el tiempo había convertido en color sepia y me pidió que le acompañara.

Carmen murió, tenía casi 80 años, tomó dosis fuertes de medicamentos, los del servicio forense dicen que fue un accidente y que quizás no midió la cantidad de medicina que ingirió.

Carmen se fue pero me dejó una carta en donde se disculpaba de su distanciamiento hacia mi y en donde relata su desesperación por ver a sus familiares, mismos que en buenos tiempos solo la visitaban en vísperas navideñas, y entonces entendí su abandono y la forma en la que hasta el último día de su vida se esmeró por atraer a sus hijos y a sus nietos, entendí porque la mayor parte del año su casa estaba adornada con motivos navideños, conocí el remitente de esos regalos viejos que se encontraban debajo del árbol de esferas hechas a mano y entendí su frustración cuando ella se dio cuenta de que una extraña como yo fue más sociable con ella que su propia sangre.

A manera de venganza hacia el interés de sus hijos y nietos, me heredó la casa a mí y pidió que sus cenizas fueran esparcidas en el frondoso árbol de navidad que cada año se coloca en la plaza principal de esta ciudad.

Desde que murió Carmen visito frecuentemente a mis padres y me hago acompañar de “Escarcha” el gato de aquella señora que me hizo valorar a quienes un día me dieron la vida y que ahora me dan un poco más que solo eso.

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