lunes, junio 07, 2010

Testimonios de supervivencia

Comentarios: laura.esle@hotmail.com



Cualquiera podría decir que estar bajo el cobijo de un padre supone seguridad y confianza, sin embargo, bajo las circunstancias que mi progenitor nos mantuvo era preferible haber sido huérfanos a tener que soportar las consecuencias de su alcoholismo, pues mi padre hundido en su enfermedad, lejos de dar amor, manutención o por lo menos buenos tratos solo repartía golpes de todo tipo, por eso me es difícil de entender, aún después de tantos años y de tantos estudios, esa sumisión obsesiva de mi madre hacia mi padre, es claro que no era amor, porque bajo cualquier circunstancia, los maltratos físicos y psicológicos acaban con ese vínculo estrecho que hace que suspires profundamente por la otra persona.

Soy la hija mayor de un matrimonio tortuoso, es decir, de un padre alcohólico y machista y de una madre en extremo sumisa. Desde que tenía 6 años he trabajado, es obvio que no es porque yo así lo quisiera sino porque la condición económica de mi familia lo requería de esta forma. Empecé “haciendo mandados” a las vecinas, después vendiendo cualquier cosa que mi mamá cocinaba durante los ratos que le quedaban libres después de limpiar algunas casas. Mi padre era obrero con un mal sueldo y una pésima costumbre de gastar hasta el último peso en prostitutas y tequila y como nunca tuvo intenciones firmes de progresar quedo desempleado a temprana edad y desde que esto sucedió vivíamos irritados y odiándolo, pues nos arrebataba el poco dinero que nos quedaba para comer y por si esto fuese poco, en más de alguna ocasión trato de impedir que continuáramos con nuestros estudios, como por ejemplo cuando yo estaba en secundaria se presentó borracho en pleno recreo y me abofeteo enfrente de mis compañeros, se mofó de todo lo que le cruzó por la mente hasta que los directivos tuvieron a bien sacarlo a empujones, pero cuando esto sucedió la vergüenza que me causó fue de tal magnitud que abandoné ese ciclo escolar, no obstante, con el tiempo me di cuenta de que si quería lograr grandes cosas tenía que soportar las estupideces de aquel ser repugnante que Dios quiso que fuera mi padre.

Como es de esperarse en este tipo de situaciones, mi padre abusaba sexualmente de mi madre cuando le veía en gana y como producto de ese abuso estamos mis ocho hermanos y yo, lo que me resulta más triste de todo esto es recordar la mirada de miedo de mis hermanos pequeños cuando escuchaban llegar a mi padre y ver como corrían a esconderse bajo las camas con tal de no ser objeto de la violencia de éste. Yo fui quizás la única tonta que en vez de alejarse en esas ocasiones trataba de defender a mi madre, así que por lo general los moretones y los rasguños eran parte de mi look cotidiano.
Cuando mi padre murió siendo víctima del alcoholismo como era de esperarse, no sentí ni un ápice de dolor, simplemente agradecí que la vida me quitara esa carga que pesaba toneladas sobre mis hombros y que impedía nuestro progreso como individuos y como familia. Mi madre fue la única que inexplicablemente lloró, algo que de forma evidente desconcertó a mis hermanos pues era lógico, desde nuestro punto de vista, que aquel hombre no merecía que derramáramos lágrimas por él o quien sabe quizás sus lágrimas en vez de dolor fueron de felicidad, solo que en el trance de los hechos no las supimos interpretar.

Entonces sin la presencia física de nuestro padre en nuestras vidas fue como si naciéramos de nuevo, mi madre incluso retomó los estudios y fue como si aquella mujer asustada nunca hubiera existido.

Cuando nacemos no elegimos las condiciones económicas ni sociales de la familia a la que perteneceremos, así como tampoco tenemos la opción de elegir a nuestros padres y hermanos, aunque tengo la leve sospecha de que si pudiéramos, por más de una razón, elegiríamos lo mismo que ya de por si tenemos predestinado, porque nos daríamos cuenta de que precisamente vivir bajo determinadas condiciones nos convierte en lo que hoy somos y por lo menos en mi caso el hecho de ser hija de un padre alcohólico y de una madre que experimentó decenas de humillaciones y golpes, me han convertido en lo que hoy soy: una mujer con carácter inquebrantable que sabe que es lo que quiere y no quiere ser.

En contra de todas las expectativas mis hermanos y yo progresamos, quizás sea como alguna vez dijo mi madre, que lo que hoy somos en gran medida se lo debemos a aquel hombre y quien sabe… tal vez tenga razón.

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