sábado, marzo 05, 2011

Ante un gobierno fallido


Por Luis Gutiérrez Esparza
Presidente del Círculo Latinoamericano de Estudios Internacionales (CLAEI) / Latín
American Circle for International Studies(LACIS), México

Al Presidente Felipe Calderón se le echa en cara -con toda justicia- que los mensajes propagandísticos de su gobierno fallido carecen de fondo, son superficiales, demagógicos y muestran nuevamente a un mandatario que vive en el mundo de la fantasía, ofrece lo que no va a cumplir y parece no darse cuenta de que la ciudadanía no olvidará y mucho menos, perdonará.

Adicionalmente, Calderón ha pervertido no solamente la política mexicana, que tiene una gran capacidad de recuperación, sino también al PAN. La nueva moral panista, una doble moral, raya en la hipocresía y en la estupidez, porque es imposible ocultarla. No se puede encubrir el muladar con una servilleta de papel, ni las prácticas autoritarias, intolerantes, protofascistas, con la idea de que todo ha cambiado en México.

Y sin embargo, por esos cauces fluye el gris discurso de José Francisco Blake Mora, presunto secretario de Gobernación, cuando convoca a todas las fuerzas políticas para apoyar la “guerra” contra el crimen organizado. El gabinete calderonista es fiel a su espejo diario.
La ofensiva propagandística de Calderón es, en todo caso, una campaña virtual; pero, como toda mentira, como afirmaba el gran comunicador del nazifascismo, el doctor Paul Joseph Goebbels, si se repite machaconamente comienza a parecer verdad. Lo peor es que esa campaña se paga con dinero público.
La desconfianza de los ciudadanos se mantiene. La necedad presidencial de insistir en una publicidad enajenante, sólo enrarece más el ambiente. Seguramente le dará como fruto algunos votos adicionales al PAN, pero a la larga es una batalla perdida. Es una táctica costosa, y una estrategia sin futuro.
Nada de sustancia, de lo que conforma la capacidad del estadista, parece haber aprendido Calderón en cuatro años de gobierno. Como dijo acerca de Vicente Fox el maestro Rafael Segovia, el Presidente no entiende; acaso tampoco sepa escuchar. Todo resulta lamentable.

A su alrededor, una corte sin luces dirime sus ambiciones futuristas, da rienda suelta a sus fobias y a su intolerancia fundamentalista, lo cual debe ser requisito para estar en el primer círculo calderonista, incansables sus integrantes en los elogios, prometiéndole un lugar en la historia, misma que desconocen. Lo peor puede estar por venir, en aras de un proyecto político descabellado. No tiene sentido ni validez el argumento de la transición: la transformación de un régimen autoritario –que ya no lo era-- en uno democrático –que no lo es del todo- - finaliza cuando los actores políticos acuerdan las nuevas reglas del juego y eso, en México, no ha sucedido.

Urge un nuevo acuerdo, porque la divergencia permanente aumenta el riesgo de una verdadera regresión autoritaria, que, a despecho de los vociferantes y los oportunistas, no consiste en el regreso del PRI a Los Pinos. El sistema democrático moderno e incluyente sigue siendo frágil y el desacuerdo lo pone en peligro, más aun cuando una buena situación económica no está garantizada.

De la evaluación de las posiciones y el entrecruzamiento de sus coincidencias y divergencias, surge inequívocamente la opción de un consenso en lo fundamental que derive en una nueva Constitución; que establezca las nuevas reglas para un juego político transparente; que defina los derechos de propiedad y la responsabilidad económica y social del Estado; que replante la forma de gobierno, la representación política y siente nuevas bases para el federalismo. Sin embargo, esto no es políticamente viable en el corto plazo.

Por una parte, no es sencillo acordar los temas que generen los incentivos adecuados para los actores que definirían el rumbo de la discusión. La obsesión electoral sigue imponiéndose sobre la visión de mediano y largo plazo. Mientras eso sea así, y, paradójicamente, no se cierren los ojos ante la realidad más inmediata, la perspectiva será de corto plazo y la percepción de los actores, la de un juego de suma cero en el que uno sólo gana lo que pierde el otro: únicamente tras el velo
de la ignorancia del presente se podrá construir un futuro mejor.

Mientras tanto, quizá la mejor opción sea un pacto político, ante la imposibilidad de un acuerdo de mayor alcance. Es necesario, sólo hay que preguntar: ¿para qué? Es indispensable revalorizar la idea de los pactos y acuerdos como principio de la política, pero también es indispensable tener claridad acerca de sus materias y alcances.
La pluralidad requiere pactos, pero no cualquier pacto asegura la democracia. Un pacto implica que las partes involucradas asuman obligaciones y se reconozcan derechos, al tiempo que renuncian recíprocamente a las expectativas fundadas en el enfrentamiento.


El punto nodal es que ambas partes ganen en lo esencial y sólo pierdan en lo sacrificable; para ello, tienen que renunciar a algunas de sus posiciones y absorber algunos intereses que le son ajenos. Consecuentemente, la definición de los temas es fundamental. la Plantear que lo primero es un acuerdo sobre la forma de lograr acuerdos, puede sonar muy limitado, pero es lo más sensato.

Un contrato marco, se le llama en derecho corporativo: un contrato que establezca las bases de futuros contratos. Un acuerdo de esta naturaleza no soluciona los desacuerdos de fondo entre las partes, pero sí establece una dinámica de interlocución positiva, fomenta la confianza recíproca y establece reglas que se aprovecharán posteriormente. En suma, el acuerdo no cancelará las diferencias políticas, pero ayudará a administrarlas. Una vez dado este primer paso, los demás vendrán por su propia dinámica.

La agenda mínima de gobernabilidad debe aumentar el umbral para crear partidos políticos, reforma al proceso de presupuesto y al veto del Ejecutivo, la aprobación congresional del gabinete y del jefe de gabinete, una nueva distribución de facultades entre la Federación, los estados y los municipios, etcétera.

La agenda es larga y complicada, pero más difícil de alcanzar será si previamente no existe un acuerdo en lo fundamental, un acuerdo sobre la mejor manera de alcanzar acuerdos. Eso es todo, pero es mucho; así de simple como suena.

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