domingo, octubre 09, 2011

La pasión de un cronista por la historia de su pueblo

Por Felipe Hermosillo (1ra. Parte )

Santa Ana, California.- Septiembre del 2011.- Llego a mis manos la presente narración, escrita por un gran amigo, el cual personalmente me entrego en días pasados, dicho escrito el cual fue pedido por este servidor.
Dicho autor es una gran persona, compañero del grupo cultural “Entre Amigo”, el cual tiene su sede en San Juan de los Lagos, Jalisco.

Dicho personaje se llama C.P. Salvador Castellanos Godínez, persona ampliamente conocida y apreciada, tanto por su rectitud, responsabilidad y honorable y respetuoso padre de familia.
Otra de las cualidades que el creador puso en el, es ser un apasionado al estudio, relacionado al conocimiento, tradiciones, costumbres y cultura de nuestro pueblo y su gente.

Veamos lo que su fina pluma nos escribe:
Después de que los franciscanos iniciaran la conquista espiritual de México y que muc
hos otros misioneros de distintas fraternidades participaran en la evangelización, hacia 1775 arribaron los Camilos, Orden de religiosos conocidos como los ministros de la buena muerte, puesto que se aplicaban a la asistencia corporal y espiritual de los enfermos agonizantes y de los ancianos desvalidos.

Al poco tiempo de permanecer en la Capital, comenzaron a desplazarse por el interior y algunos llegaron a la Hacienda de Cuerámaro, que en 1543 había sido concedida en Merced por don Antonio de Mendoza al capitán Juan de Villaseñor y Orozco.

Con el paso de los años, la propiedad fue cedida muchas veces en herencia, o por adquisición mercantil, a otros tantos propietarios, y cuando llegaron los frailes don Pedro de Clavería era el dueño en turno.

Pronto don Diego Marín de Moya, sacerdote responsable de los religiosos, celebró acuerdo con el propietario y tomó posesión de la finca y el terreno.
La congregación se dedicó al cultivo de la tierra y a la explotación de ganado, actividades que le proporcionaron recursos para el buen desempeño de su apostolado.

Con el fin de mejorar las condiciones de la hacienda, don Pedro había mandado constr
uir la presa que se conoce como Del Aguacate, de la que derivaba un manantial que servía para humedecer las tierras agrícolas de Cuerámaro.
El curso de la corriente originó a su vez la construcción de un molino de caña de azúcar y otro de trigo, activados con el paso del agua.

También se levantó una galera que era utilizada por los frailes para almacenar sus granos; en la actualidad, las ruinas de estos edificios nos hablan de aquel brillante pasado, basta por ejemplo mirar el frontis de la galera, impresionante como una catedral con nichos y contrafuertes, y las pesadas ruedas de piedra que hacían girar las bestias durante las cosechas.

Al amparo de estos vestigios y a muy poca distancia se encuentra El Platanal: una porción de terreno bendecida por la mano de Dios donde hay agua, brillante sol, vegetación exuberante, generosa sombra fresca de árboles frutales y vetustos sabinos, unos sembrados a propósito y los demás recidos de forma natural; una tierra se multiplica, pequeño paraje que bien pudiera considerarse como extensión del paraíso terrenal.

En medio de esa paz bucólica turbada solamente por el canto agradecido de las aves al terminar la tarde y comenzar el día, confundida entre plantas y arbustos, se encuentra una cabaña campestre con paredes de adobe y techo a dos aguas.

La finca tiene dos anexos pequeños que se comunican por angostos andadores en los que se exhiben objetos curiosos: antiguos, prehispánicos, de edad indefinida, cruces y cristos de materiales diversos, monolitos, imágenes religiosas,., verdadero museo al aire libre. Uno de los anexos corresponde al sencillo pero decoroso cuarto de baño de la casa, mientras que el otro, cuyo techo está formado por la lámina de varios botes alcoholeros o de cuatro hojas, con puerta endeble de tablitas atada por una cadena y asegurada con un pica porte, parece que señala una biblioteca y anticuario.

Cajas de empaque de verduras y frutas, tanto de cartón como de madera perfectamente alineadas y acomodadas, hacen las veces de estantería en donde descansa un tesoro literario con lo mas variado de la literatura regional, estatal y nacional, así como libros de diversos países y de distintos tiempos.

Ahí no hay vigilancia porque la misma cultura se encarga de cuidar el lugar, y aunque se ubica al borde del camino y no tiene barda, verja o reja que impida el paso a su interior, nada de lo ahí expuesto ha desaparecido hasta ahora.

La paz envidiable que circunda tal mina del saber, entre frutales y sembradíos, semeja haber surgido por la magia de los duendes, de los gnomos o de los geniecillos del bosque, pero no es así. En este maravilloso lugar y desde hace muchos años ha vivido un hombre, un viejo criollo de tez morena, de baja estatura, autodidacta, creyente fiel, empapado en la historia de lo que le rodea, atento y afable, a quien todo mundo conoce como don Gonza.

Siempre despejando dudas del pasado de su pueblo en la medida de su capacidad, por aquí y por allá don Gonzita va contando el cuento, la leyenda, Ja anécdota, la aventura, el dato cierto y veraz que ha rescatado de los libros que consulta y estudia, sin embargo, no es un cuentero; y no es un cuentero porque este hombre cuida del archivo oficial de su pueblo nutriéndose recíprocamente de todo lo que concierne a su entorno y a su historia.

A diario se le mira por la mañana acudir a su trabajo con una bolsa de regular tamaño, que pendiente de su hombro hace las veces de portafolios.
En ella guarda cuidadosamente su tesoro del saber:

el dato desconocido, el reciente, el libro viejo, la revista, el reportaje, la foto antigua, aquello que la misma gente le proporciona para que ordene, con el acervo que le confían, las páginas sueltas que cuentan la vida de su pueblo.
Por la tarde, en la tranquilidad de su paraíso, revisa cuidadosamente el material que ha recibido, lo ordena e integra en sus archivos y en su mente para luego proporcionar la información a quien la necesite.

C O N T I N U A R A…

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