martes, febrero 21, 2012

¿Cómo debe ser la adoración a Dios?


Ardis Whitman dice que la Adoración a Dios debe ser un acto de asombro. Si no te asombras ante algo, ¿cómo expresarías admiraci ón por un hecho o por su autor?
Y, ¿cómo adorarías a Dios, si no lo admiras? Y, ¿cómo te asombras ante la belleza del mundo, si tienes un insoportable dolor de muelas o una preocupación porque tu vecino tiene un mejor auto que el tuyo? Alguien podría decirte: “mira qué bello atardecer” y tú, que estás preocupado por cómo pagar tu tarjeta bancaria, sólo dices en automático: “Ah sí, qué bonito” y sigues pensando en a quién le pedirás prestado. En este caso, en el que estás distraído por la vida, no puedes Adorar a Dios, ni siquiera puedes orar; acaso apenas puedas rezar.

Cuando decimos rezar, casi siempre nos referimos al hecho de repetir plegarias aprendidas de memoria o leídas en algún breviario (que con frecuencia son sonsonetes mecanizados dichos sólo para decirnos a nosotros mismos que cumplimos). Entonces, tú, que no puedes Adorar a Dios, ni Orar (platicar con Él): rezas. Rezar es aceptar tomarte de la mano de Dios para poder caminar por la vida, pero con los ojos cerrados, sin tomar responsabilidad, sin tomar decisiones; pero con el requisito mínimo indispensable para no ir sin Él.

Si rezas, obtendrás paz, y la paz lograda te permite ver el mundo cada vez más parecido a como lo ve Dios. Cuando tengas paz, podrás disfrutar un atardecer o la poesía de la luna sobre el horizonte. Podrás darte cuenta de que existen, y después podrás apreciar cuán bellas pueden ser.

El siguiente paso será preguntarte por el creador de esos prodigios y entonces quizá quieras conocerle y platicar con Él. Si lo haces, estarás orando. Platicándole tus cosas, preguntándole tus dudas; reclamándole, si quieres. Se entablaría una amistad. Cuando en lo sucesivo orases, platicarías con tu amigo, y puesto que es tu amigo, se iniciaría una relación personal, en la que cada vez le conocer as más y por ende, te conocerías mejor a ti mismo. Posterior a esto, descubrirás la belleza del mundo y de la vida, y entonces, y sólo entonces, podrás asombrarte por tal portento; y como consecuencia lógica, Adorar a Dios.

Idealmente, deseablemente, todos deberíamos orar en vez de rezar; pero ese es el deber ser, y no el ser. Como ya dijimos antes, a veces no podemos orar, sólo podemos rezar, pero que nos quede claro que lo que hacemos no es lo ideal, sino lo mínimo necesario para cumplir, para decir que sí lo hicimos. Dios dice: “Rezar es tú adelante y Dios caminando detrás de ti”. No es pues una relación de amigos como la oración, mucho menos una adoración de creatura a Creador.

Esto es algo que no te lleva muy lejos. Si te quedas con el rezo, nunca avanzarás en tu nivel espiritual: seguirás siendo siempre un niño en el espíritu; y eso es algo que, ni Dios quiere para ti, ni a ti te conviene, pues contradice toda la razón de ser de la creación, que es ser escuela de perfeccionamiento para ti y para mí.

Que rezar sea el último de nuestros recursos, o el primer paso en nuestro camino hacia Dios. Si lo queremos hacer, o si queremos orar pero no sabemos cómo lograrlo; entonces podemos rezar.

Para rezar podemos utilizar algún breviario o librito de oraciones, o podemos rezar el rosario, que es, según palabras textuales de Dios, “El Rosario, cuando se hace con el corazón, es un acto de agradecimiento a María”,a más de que se puede enriquecer con recuerdos, citas o meditaciones de algún pasaje de la vida de Jesús, que a nosotros nos parezca más significativo; porque el centro de nuestra oración ha de ser siempre Dios.

No tenemos que tener pendiente de orar mal al dirigirnos a María, pues si rezamos, El Rosario a Nuestra Mamá María, ella de inmediato redirige nuestra oración a Jesús, pues el mismo Dios dice que “Cuando te acercas a María, ella siempre te pone por delante a Jesús” Adorar a Dios puede ser entonces el tercer paso, después de la etapa del rezo y de la de la oración; pero en las almas grandes puede darse aun cuando nunca se hubiera rezado (pero se viva orando) o incluso aun cuando no se fuera practicante de una religión, porque como dice el mismo Whitman “Adorar es una actitud ante la vida, una respuesta
al universo que nos rodea”, no tanto un acontecimiento que tenga que suceder a una hora del día o en un lugar exprofeso… sino una forma de vida.

Por todo ello podemos concluir, que la experiencia del culto espontáneo a Dios, no sólo se da en el creyente, también se puede dar en el que no cree lo mismo que tú y yo, y que por ello, eventualmente lo calificaríamos de impío; (Aunque sólo Dios sabe quién es más su amigo, entre uno que frecuenta actos de culto y otro que rehúya hacerlo, pero busque con su vida la justicia y la verdad). No deberíamos de preocuparnos por averiguar quién adora a Dios y quién no, pero en cada obra de belleza imperecedera hecha por algún humano a lo largo de la historia, podremos notar, si lo buscamos, el Gran Espíritu de Dios actuando y convirtiendo un simple boceto en una obra de arte; y es que si el hombre por su cuenta hace un dibujo, puede ser éste un buen dibujo, pero jamás una obra maestra; pero si el artista tiene el Favor de Dios, el Señor dibujará a través de sus manos y el resultado será una obra de arte imperecedero que formará escuela y será referencia obligada para futuras generaciones.

Por ello, los grandes encuentran la Grandeza en las obras que en ocasiones para otros parecerán triviales, y se asombran ante ellas, y por ello, en su interior Adoran. Por Francisco Javier Contreras

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