martes, abril 10, 2012

El callejón del beso


Leyenda del Callejón del Beso En México existen muchas leyendas a lo largo del país. En la ciudad de Guanajuato, existe una peculiar leyenda referente al callejón del beso.
Este callejón tiene la peculiaridad de que sus paredes están separadas por una distancia menor a 1.5 m y tiene dos balcones (uno de cada lado) que quedan a la misma altura. Cuando uno visita el callejón del beso, encontrará a personas generalmente residentes de la ciudad de Guanajuato que te cuentan la leyenda del callejón del beso.

La leyenda cuenta que Doña Ana era hija única de un hombre intransigente y violento. Doña Ana era cortejada por un galán, Don Carlos, en un templo cercano al hogar de la doncella. Al ser descubierto por su padre la sometió al encierro, la amenazó con enviarla a un convento y, lo peor de todo, la amenazó con casarla en España con un viejo y rico noble, con lo demás, acrecentaría el padre su mermada hacienda. La bella doncella y su dama de compañía, Doña Brígida, lloraron e implorando juntas pero todo fue en vano. Así, antes de someterse al sacrifi cio, resolvieron que Doña Brígida una sirvienta de Don Carlos fuera con la infausta noticia. Una ventana de la casa de Doña Ana daba hacia un angosto callejón, éste era tan estrecho que era posible, al asomarse a la ventana, tocar con la mano la pared de enfrente. Don Carlos pensó que si lograba a la casa frontera, podría hablar con su amada y, entre los dos, encontrarían una solución a su problema. Preguntó quién era el dueño de aquella casa y la adquirió a precio de oro. La más sorprendida fue Doña Ana cuando, al asomarse a su balcón, se encontró a tan corta distancia con el hombre de sus sueños. Unos cuantos instantes duró aquel inenarrable coloquio amoroso, pues, cuando más abstraídos se hallaban los dos amantes, del fondo de la pieza se escucharon frases violentas. Era el padre de Doña Ana increpando a Brígida, quien se jugaba la misma vida tratando de impedir que su amo entrara a la alcoba de su señora. El padre arrojó a la protectora de Doña Ana, como era natural, y de un solo golpe clavó una daga en el pecho de su hija. Don Carlos se enmudeció de espanto y la mano de Doña Ana seguía entre las suyas, pero cada vez más fría. Ante lo inevitable, Don Carlos dejó un tierno beso sobre aquella mano tersa y pálida, ya sin vida. Por esto a este lugar, se le llama el Callejón del Beso.

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