miércoles, abril 11, 2012

La boda del águila y la pececita

Cuentan los decires de la gente de allá, que por una cuestión inexplicable del destino, un buen día se vieron atados en indisoluble y permanente lazo matrimonial una poderosa águila y una dulce pececita del estanque cercano. Y en esta relación conyugal sucedía que el águila todas las mañanas estiraba sus poderosas alas para remontarse a las alturas y apenas empezaba a aletear, su cariñosa esposa le recordaba que había que arreglar esto o aquello del estanque, y ¡había que hacerlo!, y ¡era urgente!; y el águila poderosa, rechinaba los dientes, palmoteaba las rocas con sus poderosas alas y se dedicaba con santa resignación los quehaceres de su vida cotidiana.

Y así sucedía por los siglos de los siglos amen: El águila queriendo volar por las alturas y encarajada por que su pareja le impedía alcanzar el infinito. Y la pececita molesta porque no entendía esa necedad de su marido de querer estar volando siempre. Era un matrimonio mal hecho; estaba formado por dos personas de dos mundos diferentes. El águila pensaba que si se hubiera casado con una pareja que también fuera águila, ambos serían muy felices, y todos los días ambos contemplarían desde las alturas su señorío y dominarían la tierra. La pececita pensaba que si su marido fuera menos estrafalario, y en vez de estar pensando en dominar el mundo, tuviera los pies sobre la tierra, entonces su casa estaría más en orden… ¡pero esos sueños de grandeza de su esposo!
¿Quién de los dos tenía razón? ¿Cuál debería hacerse al modo del otro?
El punto es que los dos tenían razón en estar inconformes, porque para ser felices, cada uno necesitaba una pareja diferente. Pero la solución no era que uno de los dos obligara al otro a ser como él, pues eso era imposible. El punto es que el matrimonio no es un pase instantáneo a la felicidad, sino que es un instrumento de perfeccionamiento de las personas y si a los dos les gusta lo mismo, no están inconformes, pero tampoco tienen ocasión de crecer. Se necesita que dos piedras igual de ásperas se tallen entre sí, para que al final ambas queden pulidas, brillantes, bellas…perfectas; y no se tallarían si no tuvieran que moverse en distintas direcciones.

Los roces entre las personas no son porque el otro ande mal, sino porque son necesarios, como instrumento de perfección; pues ello es el fin último de que andemos dando lata aquí en la tierra, ser mejores,… p e r f e c c i o n a r n o s.

Así que la próxima vez que sienta usted que su matrimonio es tan disparejo como la boda entre una águila y una pececita, en vez de pasarse el tiempo dándole vueltas a la forma de componer a su pareja, dese cuenta que usted está en una escuela de perfeccionamiento, pues eso es lo que es el mundo, y mejor trate de aprovechar el tiempo; porque si no aprendemos la lección a la primera, tendremos que repetir el curso y será cuento de nunca acabar… y le aseguro que si los demás pasan año y usted no, …se va a sentir muy mal.

Javier Contreras

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