sábado, septiembre 08, 2012

El Oratorio, una parte de su historia

Por Felipe Hermosillo Padilla

Quiero compartir con ustedes amables y estimados lectores,, una parte de mis recuerdos sobre los primeros años del Oratorio, vivencias que tuve a lado de dos grandes sacerdotes, alumnos, maestros y varios sanjuanenses.
Recuerdos que llevo con alegría y felicidad en mi corazón.
Gracias a Dios, que aun me tiene en este mundo, puedo contárselo.

EL PROPÓSITO DE SU CREACION
Para conocer con qué finalidad se comenzó esta escuela transcribiré una información muy importante y para muchos desconocida, que se tomó del libro Huellas del Abad Juan N.
Martín, escrito por José Concepción Martín y José de Jesús Martín.
En 1952, El Heraldo, periódico de circulación local atrajo la atención hacia un grave problema. Según la publicación, una “plaga de vagos mugrosos”, recibía a los turistas con gritos “destemplados” ofreciéndoles la venta de diferentes artículos o sus servicios de cargador y guía a los hoteles.
Ya desde entonces preocupaba la mala imagen dada a los turistas, pero mas todavía la consecuente amoralidad de jóvenes y niños que se acostumbraban a ganar dinero fácil en cantidades crecidas, tirándose desde muy temprana edad a los vicios. Ocho años después esta problemática seguía vigente. Los canónigos Joaquín L. Aguayo y Ángel Gómez idearon una solución para resolverla. El 16 de abril de 1960 escribieron al Cardenal Garibi lo siguiente: “(…) Exponemos ante su Eminencia una necesidad espiritual que hay en esta ciudad y un posible remedio.
Existe un grupo de niños dedicados a vender por las calles o boleritos, que no asisten a las escuelas ni al catecismo, con gran peligro para sus almas. Para remediar este mal, hemos formado el siguiente proyecto: establecer un Oratorio festivo, que no solamente se limite a ciertas normas en los días festivos. Sino que pudieran darse algunas horas diarias, 2 por ejemplo, para instrucción catequista y materias escolares, las mas indispensables.
Ya hemos escogido un local a propósito, cerca del río, donde se ha regalado para tal objeto, un lotecito de un poco más de 400 metros cuadrados, pero es insuficiente para construir salones y patio de juego. Tenemos ya listo un profesor quien pudiera encargarse del Oratorio en cuanto a las clases escolares y disciplina; nosotros dedicaremos a la obra el tiempo de que disponemos, en especial los domingos.
Pero necesitamos ampliar, como se dijo, y carecemos de recursos; para esta obra creemos que con mil metros cuadrados bastaría. En virtud, suplicamos a su Eminencia se digne, si bien lo tuviere y considerare conveniente la obra, disponer que la basílica (…) done la cantidad necesaria para la compra del terreno, que al precio de 12 pesos metro cuadrado de doce mil pesos (…)” La petición fue aprobada y se inició la escuela.

EN EL COMIENZO
Corría el año de 1961 cuando al bajar del coro en donde había terminado de cantar la misa conventual, en la Basílica, ya me esperaba en el atrio el sacristán para decirme: “que lo esperan en la sacristía los señores canónigos Aguayo y Gómez”. De inmediato me encaminé a la sacristía en donde ya me esperaban dichos sacerdotes, a los cuales respetuosamente saludé. Enseguida me puse a escucharlos.
El que hablo primero fue el Sr. Gómez . Me dijo lo siguiente: “Mire Profe Felipe, el motivo de mandarlo llamar es lo siguiente: el día de ayer tuvimos sesión de cabildo y se acordó que su persona nos ayudara en la construcción y formación de un plantel educativo en donde se enseñaría catecismo y los primeros años de primaria. Dígame si tiene voluntad en ayudarnos”. Yo le respondí: “¿Y mi trabajo aquí en la basílica cómo quedaría?” me contestó: Acordamos en el cabildo que usted únicamente asistiría a la misa conventual y a maitines,en cuanto a lo demás de la escuela de los niños cantores, el cabildo verá posteriormente cómo solucionar el problema”.
En esos momentos había vacaciones, aquel año yo impartí el cuarto grado. El sr. Gómez continuó diciéndome: “ y con relación a los rosarios , pues no asistiría a ellos.¿Cómo ve? ¿Qué me responde?” Me quedé un poco pensativo, pues yo no me esperaba nada de esto. Finalmente le respondí que sí, “ si así lo ha ordenado el cabildo, pues obedezco y estoy a sus órdenes, ¿cuándo empezamos?” “mañana mismo, lo esperamos allá saliendo de la conventual” Al día siguiente me presenté en un lugar por la calle Leonardo Zermeño junto al río, al entrar encontré a los dos señores canónigos platicando en una huerta completamente llena de membrillos en plena madurez. Al verme, al momento me empezaron a platicar del proyecto que tenían ya bien estudiado. Un servidor con atención los escuchaba. Después me invitaron a conocer todo el terreno con que se contaba para inciar la construcción del plantel. En eso estábamos cuando el Sr. Gómez me hace la siguiente pregunta “Oiga Profe Felipe, dígame usted, ¿ qué sería bueno para atraer a todos los niños que nadan en la calle vagando?” Había chamaquitos llevando gente a los hotele, otros de boleritos, otros repartiendo estampitas de la Virgen, tanto en la calle como en el atrio y algunos lo hacían dentro del templo. El sacerdote continuó explicándome: “Algunos de ellos no están en ninguna escuela y últimamente también se han visto niños durmiendo en pleno suelo en los portales del Hotel Azteca”.
De estas palabras un servidor es testigo, ya que durante el mes de mayo los llegué a mirar cuando iba a cantar las mañanitas a las 4:45 de la madrugada.
Atentamente escuché lo que me decía el Sr. Gómez y medité un poco en la triste realidad en que tenían a esos niños sus padres, las autoridades y la comunidad en general contesté: Mire señor, yo le sugeriría quien para empezar a concentrar niños aquí al oratorio, lo primero que sería atractivo y seguro es la construcción de un pequeño campo deportivo con sus medidas oficiales para infantil”. De inmediato me dijo el señor Canónigo: “Pues digamos cuál sería el lugar indicado para construir el campo”. Le respondí: “Mire señor, ya recorrimos todo el terreno y en donde creo que es el lugar más indicado es precisamente en donde estamos parados platicando”. Ese lugar era la famosa huerta de membrillos propiedad del padre Aguayo, quien al oír mi decisión solamente dijo: “Van a terminar con mi Huerta de membrillos, pues ni modo”. Entonces el Sr. Gómez me ordenó: “Profe Felipe, déle una medidita al terreno que ocupará el campo”.
Me puse a medir y no fue suficiente la huerta. Entonces le dije al padre Angelito: “Señor, me faltó un poquito”. El Canónigo Aguayo contestó por él. “pues complete lo que le falte, que al fin ya terminó con toda mi huerta”. Así lo hice, tal y como me lo ordenó. Yo me quedé pensando: ¡Que hombre tan bueno es este señor, lo da todo por los niños!
Al día siguiente muy temprano empezaron a tumbar los árboles. Duraron un buen tiempo en arreglar el campo. Ya terminado,. Ordené que se pusieran de una vez las porterías.
Cuando todo estuvo arreglado le dije al Sr. Gómez.. “Ya está el campo, únicamente nos faltan los niños” . En poco tiempo fueron llegando cantidad de niños. Cabe hacer una importante aclaración. En centro catequístico ya existía en el oratorio, tenía año y medio funcionando en ese lugar.
Mientras tanto seguían los trabajos en la construcción del que con el tiempo sería un gran colegio. En ese entonces se estaba construyendo el amplio y hermoso salón de actos junto con cuatro salones en el interior y cuatro en el exterior, en su planta alta. Poco a poco se fue terminando este queridísimo Oratorio Festivo. Enseguida se comenzaron a formar algunos grupos de enseñanza primaria contando a la vez con un grupo de adultos atendido por la maestra Sofía Moreno, quien le enseñó a leer y escribir, supliéndola al año siguiente la profesora Carmen Martín. Se tenía turno matutino para niñas y el vespertino para varones. Había párvulos, primero, segundo y tercero.,
Todo el grupo de maestros comenzábamos con nuestra encomienda asignada en la escuela en completo y buen estado de ánimo. Día con día aumentaba el número de alumnos en el Oratorio. Ahora si se notaban más niños de ambos sexos. El Trabajo se multiplicaba conforme los días iban pasando. Fue entonces cuando los señores canónigos Aguayo y Gómez, inmerecidamente me nombraron director de este plantel educativo. Todo esto ocurría a finales del año de 1961.
Mirando que con el nuevo campo de fútbol aumentaba el ingreso al Oratorio Festivo. Comencé a organizar un campeonato. Acomodé a los alumnos en diferentes equipos considerando sus grados escolares. Creí más conveniente que en la competencia participaran tanto niños del Oratorio, como muchachitos de otras escuelas o d3e diferentes barrios de la ciudad. El torneo tendría su sede en el campo del Oratorio, por tal motivo estaría ocupado casi toda la semana en las prácticas de cada uno de los equipos contendientes y los fines de semana con los partidos. Los sábados y domingos se reunía un centenar de niños en el Oratorio para jugar en el campo u 4estudiar catequismo en los salones. También se les ofrecían películas apropiadas para su edad. Yo me encargaba de ir a Guadalajara a traer las cintas para su exhibición.
La entrada al cine los niños la pagaban con un boleto de la doctrina, ahí se les repartía un pequeño lonche a cada uno de ellos. Esto era cada ocho días. De manera que tanto el campo de futbol como los salones cada sábado y parte del domingo se veían muy concurridos por cientos de niños que en aquellos años se entretenían en cosas sanas para el cuerpo y el alma.
Todo esto gracias a esos dos grandes hombres que se preocuparon y lo dieron todo por la niñez desamparada y olvidada.
Los que los conocimos y convivimos con ellos somos fieles testigos de su gran amor hacia a los niños. El Pueblo de San Juan les viviremos siempre agradecidos y pediremos al Todopoderoso los tenga ya en su santo Cielo, que bien se lo merecen.
Poco tiempo después le hice saber al Sr. Gómez lo siguiente: “Señor, me platicó un seminarista de San Juan que cada año al terminar la Filosofía salen algunos seminaristas a diferentes poblaciones del Arzobispado de Guadalajara con el fin de auxiliar como profesores en algunas escuelas parroquiales”. Estoy enterado”, me respondió. Entonces le sugería: Señor, pues entonces usted solicite para el Oratorio. Necesitamos en este plantel la presencia de estos jóvenes bien preparados. ¿Cómo ve esto señor?” Me contestó: “ El día de mañana trataré de comunicarme con el Señor Rector D. José Salazar López y le platicaré de mi problema, a ver que solución me da”.
Pasó el tiempo y un día repentinamente apareció el Sr. Gómez en el Oratorio acompañado de un grupo de jóvenes, los cuales nos presentó, eran precisamente los seminaristas que llegaban a unirse al grupo de maestros que laborábamos en el Oratorio. Sus nombres son. Ignacio Virgen, Antonio Ibarra, Rafael León, el poeta Cándido Ojeda y otro muchacho de quien solo recuerdo que se llamaba Conrado.
Poco tiempo después se unió al grupo Juan Manuel Jiménez, un exalumno de un servidor. Con este excelente y preparado grupo de maestros, junto a las honorables, inteligentes y trabajadoras profesoras que ya prestaban sus servicios en la escuela se le dio más realce al Oratorio. Llamó la atención.
La comunidad de San Juan se enteró que esta escuela día a día mejoraba. Se les proporcionaba a los niños una preparación de mayor calidad y un mejor formación escolar.
Quiero hacer aquí también una importante aclaración, este grupo de voluntariosas y dedicadas maestras, trabajaban en aquellos años por apostolado, pues el sueldo era una pequeña gratificación mensual.

...Continuará

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