miércoles, diciembre 12, 2012

El origen de los libros

Había una vez un hombre que vestía harapos sucios, desgarrados… por las mañanas se sentaba en la misma banca, siempre del mismo parque, jamás interactuaba con nadie, en muchas ocasiones se quedaba estático, le abandonaba todo el movimiento, tal como sucede con el espectro autista. 
Por las tardes se le veía entretenido recogiendo papeles, bastaba un leve vistazo para darse cuenta de que la realidad se le había perdido, se le había escapado de las manos desde hace mucho tiempo, o al menos, eso aparentaba para la sociedad prejuiciosa y testaruda en la que se sumergía día con día. 
Por las noches, la oscuridad y el misticismo de la luna le cobijaban, protegiéndolo, al grado de hacerle invisible. Justo en esos instantes en el que las estrellas brillaban en lo más alto del universo, ponía frente de sí la recolecta del día, que por lo general consistía en periódicos, notas de venta y de consumo, pedazos de cartas destrozadas, en fin, él no era exigente cuando buscaba papeles, el único requisito respondía a la imperiosa necesidad de encontrar letras y números plasmadas en ellos. 

Una vez que ordenaba por tamaño todos los papeles, el ritual era el mismo, los alisaba con las manos en alguna superficie plana, los doblaba hasta 7 veces y los deglutía, una vez depositados los papeles en s u boca, respiraba profundamente en un par de ocasiones, la primera para borrar mágicamente su contenido y la segunda para expulsar con fuerza todo aquello de su estómago. Al referirme a esta acción, no debemos remitirnos a la imagen vulgar del vomito, sino al acto extraordinario de la creación, y me refiero específicamente al instante en que Dios exhaló un poco de aire en Adán y éste, de pronto abrió los ojos y vivió, ya que, cuando los papeles salían de la boca de aquel hombre eran hojas de colores, limpias, sin ápice de letras, que al tocar el suelo parecían desintegrarse en miles de semillas, que de manera natural se hundían en la tierra, mismas que al paso de los años se convertían en árboles. 
Cabe mencionar que el hombre al que me refiero, tenía cerca de mil años, pero su apariencia física no lo denotaba, su andar era derecho, su cutis tan reseco como el de una página, pero lo más cautivante de él, era su olor, olía a libro viejo. 
Su muerte fue y sigue siendo un misterio, un acto sobrenatural que ni las ciencias modernas han podido descifrar, basta con decir que su esencia se elevó al nivel del edificio más alto de aquella época y explotó, regalándole al mundo la trascendencia del espectáculo más sorprendente de colores brillantes que podrá existir jamás: la aurora boreal. 
La materia de aquel hombre, es decir, su cuerpo, aquel recipiente de su grandeza, fue encontrado al día siguiente rodeado de las flores más bellas, mismas que se extinguieron para siempre cuando los médicos se lo llevaron para practicarle la necropsia. 
Incluso después de su muerte el hombre estaba lleno de sorpresas, basto con abrir con un bisturí su torso para que salieran de él miles de letras que se iban ordenando en forma de libros, bastaron 6 días para vaciar su contenido y al séptimo aquel hombre descansó eternamente al saber que su contribución a este mundo, se cumplía.
Ese hombre en retórica famélico, albergaba dentro de sí, todos los conocimientos de las ciencias exactas y las ingenierías, de las ciencias sociales y la biología, y de todo aquello relacionado con el arte, la cultura, la medicina y la astronomía, incluso hoy en día hay libros que aquel hombre engendró, que siguen ocultos de la luz pública, porque se dicen, son tan adelantados a su época que podríamos satanizarlos en vez de otorgar el valor justo que se merecen. 
Al final los libros no tuvieron cabida en el hospital, eran demasiados que bloqueaban los pasillos, de tal forma que se construyeron almacenes por todo el mundo, ahora mejor conocidos como bibliotecas. 
Y aquellos árboles que sembró el hombre, por las noches se convierten en escritores, que tienen por legado engrandecer la misión de su creador. 

Comentarios: laura.esle@hotmail.com

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