sábado, febrero 16, 2013

El envidioso pasivo

¿Quién es el envidioso pasivo? 
El envidioso pasivo es alguien que cree que no tienen envidia. Que no sabe quien es esa señora, pero que ha oído que vive entre sus vecinos, familiares y conocidos. El envidioso pasivo no dice cosas malas de las personas a las que envidia, por que “él no tiene envidia”, sino que es alguien que le gusta escuchar que otro hable mal de las personas de quienes él en secreto tiene celos. 
Así resulta que el envidioso pasivo no habla mal de los políticos que logran lo que él no puede, pero sí está muy atento a escuchar a los que se expresan mal de ellos, y apoya al mal hablador en cualquier cosa mala que diga de la persona a quien se critica, aunque él no sepa nada del asunto. Es alguien que saluda con bandera de tonto. Dice no saber, pero está siempre dispuesto a creer cualquier cosa mala que se diga y a apoyar de palabra o de intención al mal hablador. 
Si usted no sabe de política, pero quiere presumir de que es el mayor conocedor del mundo, la tiene fácil: sólo exprésese mal de los políticos, critique como malo todo lo que hacen, y verá como luego luego, se le forma un coro de envidiosos pasivos que le darán la razón, y darán argumentos de una forma y de otra, para aumentar y reforzar la mentira que usted acaba de decir. Y con esto no me quiero referir a que los políticos no se equivoquen, ni que todo lo hagan bien o que usted no deba analizar los actos de sus representantes, no, me refiero a la plática que por principio de cuentas tiene la intención de destruir, que no analiza para ver la parte buena y la parte mala del asunto, sino que va directamente a destruir, a vaciar veneno, sin preocuparse mucho de si se tiene o no razón. 
Usted siempre contará con el envidioso pasivo… siempre que se quiera quejar, siempre que quiera hablar mal de alguien… siempre que se ponga su traje de pesimista. Porque esto es importante destacar: el envidioso pasivo es un pesimista a más no poder, es alguien que le gustaría gritar su frustración a los cuatro vientos, pero como es pasivo, no la grita, se calla y espera que alguien alce la voz y diga cosas malas de los demás, y entonces sonríe satisfecho por que por fin alguien dijo lo que le hubiera gustado decir, y entonces, calladamente, desde el anonimato de la bola, o desde la protección del grupo, dice o grita que esa cosa que dijeron es cierta, que tienen mucha razón; y si no alza la voz, sí le dirá a su compañero de junto, que sí, que qué de mucho es cierto eso que dijo el que habló endenantes. 
El envidioso pasivo no razona, no analiza, porque no tiene cerebro; tiene hígado. Nunca esperes que haga algo lógico, porque no tiene lógica. No sabe que todo tiene una causa y un efecto. No sabe qué causó su situación actual ni se imagina las consecuencias de lo que dice o hace hoy. Él sólo es un hígado de muchos quilos de peso, pero un hígado pintado del color del pesimismo. Por ello mejor le apuesta a que todo va a salir mal, a que la situación no va a mejorar, a que la cosa está cada vez peor, a que yo no sé dónde iremos a parar; y le da un gran gusto encontrarse gente como él, que disfruten la autocompasión, que critiquen por sistema a quien tiene un puesto más alto, sea en la política, la religión, los espectáculos, los negocios, etc. Nada que irrite más a un mediocre, que el triunfo de otro más tenaz o persistente; por ello se dice que todo se puede perdonar, menos el triunfo de los demás. Y entonces, aquel que prefirió no insistir, aquel que se la quiso llevar con la suave, aquel que quiso dejar los asuntos pendientes para mañana; al ver que se queda cuando otros avanzan, al ver que no logra lo que otros si, no le queda más que la envidia callada, el disimulo, el secreto encono, el silencio… hasta que se encuentra a otro igual que él, pero con la lengua más larga, que a las primeras de cambio dice alguna tarugada contra alguien que si perseveró, para que entonces, como presa que se desborda, lance todo su caudal de veneno, todo lo que traía guardado, contra “aquellos” que están donde él quisiera estar, pero que no lo logra porque tendría que actuar como lo hacen ellos y no como él actúa siempre: tendría que pensar antes de actuar y no actuar de acuerdo a lo que en ese momento siente. 
Un envidioso pasivo lo hemos sido muchos de nosotros alguna vez, unos tal vez más que otros. Pero el punto no es si alguna vez tuvimos o no envidia(sentimiento muy humano, por lo demás); lo que nos debe de preocupar es cuando la envidia se convierte en compañera permanente de nuestra forma de ser, sobre todo porque la envidia siempre se disfraza de deseo de justicia y se escuda con razonamientos válidos como que tú mereces más de lo que tienes y con razonamientos dudosos como que, cómo es posible que fulano tenga esto y aquello que tú no has logrado, si tiene tales y tales defectos que por supuesto que tú no tienes. 
Como dijimos que la envidia se disfraza de deseo legítimo de justicia y de deber de decir la verdad para aparentar ser otra cosa diferente de lo que es, y porque a parte te dice secreto al oído, que tienes que decir esto o aquello, porque los demás no se animan a hacerlo porque les falta valor, y pues tú sí que tienes valor de sobra para hacerlo y para demostrarles a otros cómo se debe proceder en estos casos…; tenemos pues que buscar algunos trucos para descubrir a la envidia, desenmascararla y que no nos engañe más: he aquí algunas pistas: 
• Si ves que otro logra cosas que tú no has podido y te alegras por él y dices que que bueno que cuando menos él si lo logró: punto a favor de ti, eres tan buena persona como creías. 
• Si ves que alguien logra algo y no te alegras por él: punto en contra, eres un envidioso, aunque te cueste admitirlo. 
• Si ves que alguien que sobresale en cualquier cosa, hace algo que consideras mal hecho y crees que es tu deber ciudadano manifestarlo, y esperas el lugar y momento adecuado para hacerlo y buscas además a las personas adecuadas para comunicárselo: punto a favor, eres un buen ciudadano. 
• Pero si en el mismo caso, sientes un enorme deseo de ir a decirle a todo el mundo tu denuncia, y quieres ir a platicarlo en los cafés o cualquier reunión social, o te alegra que se descubra el caso en la prensa y lo comentas con gusto de decirlo y de que se ventile el caso: punto en contra, pudiera ser que seas un envidioso pasivo disfrazado de ciudadano responsable. 
Como veremos, la línea que separa a un ciudadano responsable de un envidioso pasivo, es muy delgada, tan fina que se necesita mucha sabiduría para distinguirla, pero sobre todo, se necesita querer verla. Decía Gibran Jalil Gibran “El que pueda poner un dedo en la línea que separa el bien del mal, ese habrá tocado las orlas del vestido de Dios”. Simplificando todo, podemos decir: siente usted gusto por los triunfos de los otros, va bien; no se alegra por el bien del otro, es envidia. 
¿Usted qué opina? 
Javier Contreras

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