sábado, marzo 23, 2013

Poco y mal

Por Denise Dresser
 
Lunes 7 de enero de 2013
Decía Benjamín Franklin que sólo hay dos certezas con las que el hombre puede contar: la muerte y los impuestos. Pues en México es más probable fallecer que pagar impuestos; es más predecible evadir al fisco que cumplir las obligaciones que se tienen con él. Aquí impera un equilibrio fiscal ineficaz, precario e injusto. Aquí el Estado recauda poco y gasta mal. Aquí se gasta más de lo que se obtiene y el resto se cubre con la renta petrolera. Y además existen amplios espacios para la corrupción para quienes están conectados con el poder. Somos un país de lagunas y huecos y privilegios y evasiones. Somos un país rico con un Estado pobre. 

Como lo explica Carlos Elizondo en su nuevo libro, Con dinero y sin dinero, tenemos un Estado frágil con una baja capacidad recaudatoria. Tenemos un Estado ineficiente con una baja capacidad para hacer que se cumpla la ley. El Estado quiere cobrar y no puede. Necesita recaudar y no logra hacerlo. Pero al mismo tiempo gasta mucho y de mala manera. Desviando recursos y politizándolos. Beneficiando a ciertos grupos y premiándolos. Los burócratas y los líderes sindicales y los oligarcas empresariales y los dirigentes políticos se benefician de un equilibrio inequitativo pero autosustentable. Un equilibrio perverso pero autoperpetuable. Y lo que ha permitido la prolongación de este pacto precario ha sido el petróleo. Lo que ha financiado la brecha entre ingreso estatal y gasto público ha sido su venta. El petróleo subsidia, el petróleo compra tiempo, el petróleo hace posible el statu quo. 

Nuestro pacto fiscal -el “contrato” entre ciudadanos y gobierno que especifica quién paga y cómo se gasta lo cobrado- es un pacto de una sociedad desigual. Unos no pagan impuestos mientras que otros no alcanzan su potencial por los malos servicios públicos que el Estado pobre provee. Unos se apropian de la riqueza mientras otros no tienen acceso a ella. Unos doblan la ley mientras otros padecen su inexistencia. Unos se aprovechan de la renta petrolera para no aumentar los impuestos mientras otros han visto cómo una burocracia privilegiada se la ha comido. Unos se aprovechan de los agujeros en la ley tributaria, mientras otros son víctimas de su aplicación selectiva. 

Los impuestos financian la modernidad, y por ello México no logra alcanzarla. Los impuestos financian la prosperidad y por ello parece tan distante. En nuestro país los servicios públicos son pobres e insuficientes. Escuelas públicas con malas instalaciones y malos maestros. Policías mal pagados y mal entrenados. Infraestructura pública exigua y de baja calidad. Territorios dominados por la violencia que el Estado no logra controlar. Todos estos, problemas producidos por nuestro pésimo pacto fiscal. Por unos impuestos insuficientemente recaudados, por un gasto ineficientemente asignado, por unos recursos públicos lamentablemente distribuidos. Por un Estado que no tiene la legitimidad para exigir más cuando gasta tan mal. 

De allí que la respuesta no reside en tan sólo aumentar la recaudación, como muchos piensan. De allí que la solución no se encuentra tan sólo en extender el IVA a medicinas y alimentos, como muchos sugieren. Sin un buen gasto público no hay argumentos convincentes para incrementar los impuestos y no tiene sentido hacerlo. Sin una verdadera rendición de cuentas sobre cómo se usa cada peso adicional, no habrá manera de exigir a los mexicanos que paguen. Porque el dinero extra que traería consigo la reforma fiscal contemplada y cacareada se puede gastar mal. De allí la urgencia de romper el pacto prevaleciente, basado en pocos impuestos, mal gasto y abuso de la renta petrolera. 

Y ello requeriría racionalizar el gasto antes que insistir en el aumento a la recaudación. Requeriría airear, transparentar y fiscalizar lo que se gasta antes de cobrar lo que se quiere de más. Requeriría mirar más allá de asegurar la prudencia macroeconómica basada en ingresos bajos y recaudación pobre. Requeriría pensar en una solución audaz que rompa el equilibrio estancador en el cual se encuentra el país. Requeriría que el gobierno de Enrique Peña Nieto dijera cómo va a evitar el despilfarro y la corrupción que caracteriza al gasto público antes de anunciar que elevará los impuestos. 

Escribía Christopher Caldwell en el Financial Times que el gobierno es “algo que hace un presupuesto”. Pero el gobierno mexicano lo ha podido elaborar cada año de manera tramposa. Durante décadas el gobierno ha encubierto su debilidad recaudatoria vendiendo petróleo. Ha podido, gracias a ello, cobrar poco y gastar mal. Sigue prevaleciendo la práctica de devorar todos los recursos fiscales posibles, gracias a la opacidad del gobierno y a la desconfianza de los ciudadanos. Ahora que Peña Nieto hace tantas promesas, es importante comprender que muchas de ellas implican aumentar el gasto público. Cosa que no se podrá hacer si el Estado no recauda más. Cosa que jamás logrará si no convence a los mexicanos de suscribir lo que argumentaba el jurista Oliver Wendell Holmes: “A mí me gusta pagar impuestos. Con ellos compro civilización”.

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