sábado, julio 13, 2013

El caballo de piedra

Este es uno de los cuentos más arraigados que se escucha en Petén, principalmente lo cuentan los pescadores y lancheros oriundos de San Miguel, Santa Elena y Flores; historia cierta o no, fascina a propios y visitantes. Dicen que cuando el español Hernán Cortés, en los tiempos de la conquista de México y Guatemala, dirigía su expedición hacia Honduras, pasó por las márgenes del lago Petén Itzá, como iba muy cansado y agotado dejó recomendado su caballo a los itzaes del Señorío del Rey Caneck.
Pero Cortés ya no regresó a México por esa ruta, y el caballo se quedó con los itzaes, el cual murió un tiempo después de tristeza, porque no lo sacaban a pasear y le daban de comer flores y plumas preciosas. 
Los indígenas, por la pena de lo que pasaría con Cortés, construyeron uno de piedra, “igualito y del mismo color”. Este quedó entre los itzaes, quienes lo adoraron como a un dios. En cierta oportunidad intentaron trasladarlo de la punta del Nij Tum, cerca de San Andrés, hacia la isla de Flores, pero la balsa donde lo llevaban naufragó y el caballo cayó al agua, quedando parado en el fondo del lago. Los lancheros dicen que el corcel está todavía ahí, frente a Tayasal, es decir, en la Isla de Flores, y puede ser visto en las mañanas claras. 
Quienes se aventuran a pescar cuando todos descansan cuentan que han escuchado los relinchos por la noche del día de San Juan, y que se oyen sus pasos en el fondo del lago. Los habitantes de la aldea El Remate dicen que debido a las flores que le dieron al caballo, a la isla se le dio el nombre de Flores. 
Otros relatos dan cuenta que los itzaes pelearon contra los españoles por defender su territorio y sus riquezas, obligándolos a huir. Entonces, la princesa indígena Sacnité, quien se había enamorado de Cortés, lo siguió por toda la selva montada en el caballo que él le había regalado. Sin embargo, el conquistador la tomó como prisionera para utilizarla como rehén y salvarse de su derrota. Estando en prisión, Sacnité haciendo gala de su belleza logra convencer al guardia, quien se llamaba Juan Carbunclo, y después de asesinarlo escapa hacia Tayasal, donde los indígenas la matan con todo y el caballo, creyendo que eran los españoles. 
Los itzaes al darse cuenta de su error, envolvieron al caballo con una especie de cemento para que el espíritu maligno de Cortés no se saliera y continuara matando a sus hermanos. Mientras el cuerpo de Sacnité, como era una princesa real, la embalsamaron y enterraron en el templo principal de su pueblo. 
Cuando ya habían terminado con el entierro, tomaron al caballo, para trasladarlo por agua, hacia un lugar especial destinado para los malos espíritus, cerca de San Andrés, pero para su mala suerte un fuerte ventarrón los hace naufragar, quedando para siempre en la profundidad. 
Fuente: Otto Alvarado Pinelo, escritor petenero.

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