domingo, octubre 13, 2013

La rodilla del Diablo

(Leyenda de Guanajuato)

En la calle de Refugio, que después se llamó Tepetate y actualmente es conocida como Aztecas, antiguamente había una piedra que encajaba perfectamente con una rodilla, la cual delimitaba la esquina con la actual calle de Obregón. 
Durante la época de la colonia, la calle del Refugio, era un callejón oscuro que delimitaba una propiedad del convento de los padres Carmelitas, donde no había construcción alguna, sino unas largas y tétricas tapias que empezaban desde la calle de Atarjeas hasta Obregón, terminando en lo que hoy es calle de Benito Juárez, antes Compañía Vieja, nació una de las leyendas más populares de Celaya.
Cuenta la leyenda que un capataz de las obras de reconstrucción que llevaban a cabo los sacerdotes de la Celaya de entonces, acostumbraba elegir entre los trabajadores a los mejores y más saludables hombres, y para ahorrarse trabajos de elección, mandó colocar aquella famosa piedra que tenía la altura de una persona físicamente bien constituía, y a una cierta distancia había dos hoyos en donde también debían embonar los dedos índice y pulgar; quien pasará aquella prueba se podía considerar contratado por el capataz. La gente contaba que este consejo se lo había dado un capitán que un día se había aparecido en la obra, ataviado con una enorme capa dragona y cubriéndose el rostro con una parte de esta, que era de color negro. El capataz sin pensarlo dos veces aceptó aquel consejo, lo que le daba más tiempo de estar acostado tomando pulque y aguardiente. Dicen que impulsado por la necesidad, cierto día llegó un jovencito, casi un niño, pero muy bien desarrollado, que dio las medidas perfectas en la piedra y de inmediato comenzó a trabajar; pero al no dar el rendimiento de la gente adulta, el capataz saturado de alcohol descargó su ira sobre aquel muchacho, destrozando de la nariz y dejándole su brazo izquierdo muy lastimado. Cuando sus compañeros de trabajo vieron que ya estaba acá sigues falleciendo, inmediatamente detuvieron el brazo del verdugo, y en ese momento vieron un rostro desfi gurado que tenía espuma en la boca, por lo que uno de los trabajadores le aventó un escapulario, que al tocar el cuerpo del malvado vieron que en otra cosa que el capitán de la capa dragona, que al recibir el roce de este, inmediatamente se echó a correr perdiéndose por el lado norte de la ciudad. 
Todos se dedicaron a cuidar al pobre muchacho, y fue hasta entonces que vieron al capataz dormido, perdido de tanto embriagarse, ni siquiera se dio cuenta de que el demonio lo había suplantado. El sacerdote encargado de la obra apenas se enteró de lo ocurrido, dio de baja al irresponsable capataz, bendijo la piedra haciendo caso omiso de las advertencias que le hacían, por lo que nunca ordenó que se mandara quitar. 
Aquella piedra estuvo por muchos años, pero fue hasta el año de 1960 cuando se empezó a fraccionar por lo que es el rumbo de Aztecas, por lo que la piedra fue quitada de su lugar y así se perdió la tradición de muchos niños, que para medir su valor acudían a medir su rodilla en la piedra y a meter los dedos en las pequeñas cavidades. La gente adulta evitaba en lo posible pasar por aquel lugar, pues no podían evitar sentir cierto escalofrío al recordar, según dicen las consejas, que la piedra que ahí existía la había puesto el mismísimo Diablo.

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