lunes, enero 13, 2014

Las otras palabras mágicas

Todos conocemos de la existencia de unas palabras mágicas, que sirven para abrir todas las puertas y dejar abiertas posibilidades de diálogo y entendimiento entre las personas, y me refiero a algunas como: “Por favor”, “Gracias”, etc. Estas son palabras buenas que contribuyen a la cortesía, al acercamiento, a la comunicación: construyen el lado humano de hombres y mujeres, contribuyen a hacernos cada vez más personas y dejar cada vez más lejos al salvaje que alguna vez fuimos. También existen otras palabras “mágicas”, que lo son porque tienen un gran peso en la conciencia de las personas y no son buenas, porque pueden desencadenar reacciones violentas o encauzar marejadas de opinión pública contra tal o cual persona o institución. Son palabras que nunca deberían de decirse, pero que se han utilizado con frecuencia en la historia de todos los pueblos y quizá de muchas personas. 
En la edad media europea, se vivía un ambiente de miedo e ignorancia: Había un gran desasosiego por la posibilidad de catástrofes naturales, las epidemias, las pestes, el hambre, la guerra. Ese miedo reinante que todo lo impregnaba, necesitaba dar salida hacia algún lado y generalmente se encausaba dirigiendo la ansiedad colectiva contra alguna persona socialmente mal vista, a la que en mala hora alguien acusaba de brujería. Bastaba que se dirigiera el índice acusador contra ella diciendo: es bruja; porque mientras que averiguamos que si es o que no puede ser: ya la atrapamos, ya la enjuiciamos y la quemamos en la hoguera. En este caso, la palabra clave era brujería. El punto era que alguien fuera acusada de brujería, porque toda la turba se iba en su contra y sin darle oportunidad de defenderse, se descargaba toda la furia social e institucional en ella. Era, como dicen algunos estudiosos del fenómeno, el “chivo expiatorio” de las culpas de la sociedad. 
Este gran poder que tenía la palabra “bruja”, hace que la podamos catalogar como mágica, porque en ese tiempo y lugar, tenía un gran poder intrínseco, capaz de encauzar toda la furia de una determinada sociedad en contra de un individuo, sin que previamente hubiera sido demostrada su culpabilidad. Estas palabras tienen peso en tiempos, lugares y circunstancias determinadas, y son utilizadas en ocasiones por personas sin escrúpulos para encausar la ira de la sociedad que necesita a quien culpar de sus problemas y poder decir que el responsable de mis problemas no soy yo, sino el otro. Porque desde siempre y hasta la fecha, existen personas con un grado tal de inmadurez que organizan su vida sobre la lógica de siempre buscar culpables para sus propios problemas: si casados, a su parejas, si hijos, a sus padres; si ciudadanos, al gobierno; si creyentes, a las iglesias; si nacionalistas, a los extranjeros; si jinetes, a su cabalgadura. 
Algunos países actualmente, hacen de los “indocumentados” el blanco de la ira social. Otros ejemplos de palabras claves fueron: “comunista” en los Estados Unidos durante el periodo posterior a la II Guerra Mundial, en el fenómeno social conocido como “Macartismo”. Esa misma palabra fue clave en México, entre los años “60s”, en que se podía acusar de comunista a cualquiera que pensara o actuara diferente al común dominante, aun cuando sólo quisiera ser vegetariano. Otra palabra clave fue “judío”, en la Alemania Nazi; pues era suficiente que se la adjudicaran a alguien para ser deportado a un campo de concentración, sin dar tiempo a averiguar hasta dónde el asunto era serio o producto de algún problema personal entre vecinos. Otras palabras claves han sido “contrarrevolucionario” en algunos países que vivieron sus respectivas revueltas; “burgués” o “fascista”, en los países de régimen comunista, etc. 
Hay otras palabras que son compuestas, son más bien frases, pero que tienen el mismo efecto de palabras mágicas, pues tienen el mismo efecto de ser utilizadas como dardo para aporrear a alguien a quien queremos perjudicar. Por ejemplo, la palabra cultura, que con ser buena de por sí, se puede convertir en mala si la utilizamos para acusar a un gobernante de que “no apoya la cultura”, o “no apoya el deporte”, “no quiere a la educación” o lo que es peor, “no quiere a la religión”. Frases todas que tienen el mismo efecto del rumor, que una vez dichas, ya no se pueden desdecir; y son alimento favorito de los descontentos, de los inmaduros, de los que no quieren reflexionar o buscar la verdad; sino que prefieren que se acuse a alguien, de algo que a la mayoría le molesta, para quedarse en paz. Palabras de estas hay muchas, las hubo en toda la historia y las habrá en el futuro, mientras los humanos no maduremos y demos el brinco hacia la lógica de buscar dentro de cada uno de nosotros, el origen de nuestros problemas. 
Lo que sigue de todo esto que hemos comentado, es preguntarnos: ¿Habrá en este momento ese tipo de palabras? ¿De haberlas, las estaremos utilizando actualmente en nuestro ambiente? ¿Habremos caído nosotros, al elaborar juicios sobre esto o sobre lo otro, en la trampa de esas palabras clave, que nos llevaron a elaborar juicios rápidos y comodinos sobre cualquier elemento de nuestra sociedad? Si las oímos y somos del ambiente, podemos abonarles algo de nuestra cosecha para hacer el asunto más grande y crecer el problema; pero si queremos ser sensatos, podemos al identificarlas, no abonarles más y dejarlas morir; al fin que no tienen vida propia, son como el fuego, que con no echarle más leña, sólito se apaga. Digo yo, o ¿usted qué opina? 

Javier Contreras

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