domingo, febrero 09, 2014

Los magos

Marce Martín

Las seis y cuarto de la tarde y apenas voy saliendo de la oficina. Seis y cuarto de la tarde y en seis de enero, para acabarla de fregar. No es que me oponga a las tradiciones ni mucho menos pero Susana, mi esposa, quiere que llegue a la panadería por una rosca, y después de este día tan agotador es lo último que quiero hacer. ¡Ah y no solo eso! Me mandó un mensaje de texto hace diez minutos pidiéndome que llegara a comprarles un detallito a los niños para darles de parte de “Los reyes magos”. ¿Un detallito? Yo que sé de detallitos, para eso está ella. Yo me la paso trabajando todos los días, todo el día, ya hago suficiente como para pensar en “detallitos”. Aparte que Alex ya tiene once años y Lucy nueve, ya no están tan chiquitos como para creer en los reyes magos. 
Uno creería que la navidad sería suficiente para los niños, pero no. Apenas va saliendo uno de hacer el gasto del “Niño Dios” cuando ya hay que volver a gastar dinero otra vez. ¡No tienen llenadera! 
Por fin se despeja un poco el tráfico y puedo acelerar y dirigirme hacia la panadería. No pasan ni cinco minutos cuando el coche comienza a hacer un ruido extraño y me veo forzado a parar en una zona de la ciudad con muy mala reputación. Se ha acabado la gasolina. ¡No puede ser! ¿Cómo pude ser tan estúpido como para no percatarme de algo tan sencillo? “¡Maldita sea!” Grito dentro del coche para mí mismo. Y ahora que se supone que debo hacer? La próxima gasolinera se encuentra a diez minutos de aquí, y no pienso dejar mí honda civic último modelo en un vecindario de mala muerte como este. No me queda de otra, tendré que llamar a Susana para que me traiga gasolina. 
“¡Hola amor!” Me responde efusivamente pero yo no estoy para cursilerías. “¿Dónde estás?” “Pues en la casa amor, lavando ropa como te dije hace rato ” “Necesito que vengas” “¿A dónde? ¿Estás bien?” “Si, si estoy bien. Es el auto, me he quedado sin gasolina. Estoy entre la calle… 

” No puedo ni siquiera terminar lo que estaba diciendo cuando mi teléfono se apaga inesperadamente, me he quedado sin batería. Trato de prenderlo de nuevo, solo para terminar de decirle a Susana donde estoy, pero es inútil, el artefacto se ha quedado muerto. Podría haber jurado que lo cargue antes de salir de la oficina. ¡Vaya día! ¿Que acaso no le puede salir a uno nada bien? Recuesto mi cabeza sobre el volante mientras pienso que hacer, y alguien interrumpe mis pensamientos tocando en la ventanilla de mi auto. Automáticamente presiono el botón para que los seguros se bajen en todas las puertas, y después veo el rostro de un hombre joven al otro lado del vidrio. Está mugroso, con ropa desgastada y manchada, con un trapo en una mano y una botella con agua en la otra. Un limpia vidrios, lo último que quiero en estos momentos. Bajo un poco el vidrio del auto, lo menos posible, solo para decirle que no quiero que me limpie nada y que se retire. “¿Le puedo ayudar en algo? Me pregunta él con una gran sonrisa, sin darme tiempo a mí de hablar primero. “Podría preguntarle lo mismo” Le digo yo irritado. Él fue quien vino a tocar a mi ventanilla. 
“Si, lo siento. Lo que pasa que lo vi desde el otro lado de la calle y se ve algo apurado. No vengo a ofrecer limpiar los vidrios de su auto, vengo a ofrecerle cualquier otro tipo de ayuda” 
“No. No necesito nada” Estoy a punto de subir la ventanilla de nuevo cuando recuerdo que de hecho si necesito algo. “Bueno… quizás si puedas ayudarme. Me he quedado sin gasolina y necesito conseguir un poco pero no quiero dejar mi auto solo.” “¿Quiere que se lo cuide mientras usted la consigue?” “No, no, no. Yo me quedo aquí, mejor tu ve y consíguela. Te pagare, claro” “Por supuesto señor, regreso en unos minutos” Me dice el hombre, y no me da oportunidad siquiera de sacar la cartera para darle dinero. Simplemente se esfuma. 
Vaya, que raro. Poca gente se ofrece a ayudar a los demás, y mucho menos sin tener el dinero en mano. Ahora nada mas falta que si vaya a regresar, yo pienso que sí. Esta gente de la calle nada mas está viendo cómo conseguir dinero, seguro regresa queriéndome cobrar la gasolina al doble de su valor real. 
Creo que me bajaré del auto un momento, siento que me estoy entumeciendo del estrés. Al echar un vistazo a mí alrededor me percato de que por esta misma banqueta viene un hombre cargando tres cajas de rosca de reyes. ¡Un vendedor! Justo lo que necesito, así no tendré que desviarme más. “Buenas tardes. ¿A qué precio trae las roscas?” Le pregunto mientras me acerco a él. “¿Disculpe?” “Si, las roscas.” Continúo apuntando hacia el pan “¿En cuánto las anda vendiendo?” “¡Ah! No, lo siento. No las vendo, acabo de comprarlas. Una para mis suegros, una para mis papás y otra para mi esposa y mis hijos” 
“¿Las compró en algún lugar aquí cerca?” “Si, la panadería Vallarta que está a tres cuadras de aquí. Pero no se moleste en ir, ya no tienen. Estas las aparte desde hace una semana, creo que no le será fácil encontrar una a esta hora.” 
“Genial” Suspiro amargadamente. El hombre me mira unos segundos y después mira una de las roscas que tiene entre las manos. 
“Tome” 
“No, como cree. Es suya” 
“¿Tiene niños?” 
“Dos. Uno de once y otra de nueve.” 
“Entonces llévesela, por sus niños. Los míos ya están grandes, igual y podemos compartir una rosca con mis papás” Me dice el hombre mientras toma una de las cajas y la acerca a mí. “Muchísimas gracias. Me acaba de ahorrar una vuelta. ¿Cuánto le debo? 
“No es nada” Me responde con una gran sonrisa. 
“¿Como que nada? No, dígame por favor ¿cuánto le debo?” 
“De verdad, así déjelo. ¿Para qué son las festividades sino para compartir? Espero que usted y su familia lo disfrute. ¡Feliz día de reyes!” Y así, sin darme tiempo de seguir insistiéndole, el hombre sigue su camino. 
“¡Gracias!” Grito tras él, quedándome verdaderamente perplejo ante esa muestra de generosidad. Ya no hay gente que haga actos desinteresados, la verdad ni yo lo hubiera hecho. 
Ahora solo me falta esperar que llegue ese otro hombre con la gasolina y llegar a comprarles algo a los niños, pero ¿qué les compro? Soy malísimo para eso. Susana es la que se encarga de los regalos. Dentro de lo malo, parece que estoy de suerte el día de hoy. Por la acera de enfrente hay un hombre con un pequeño puesto de tiliches. Estaba tan agobiado previamente que no lo había visto. “¡Buenas tardes! Arrímese joven, haber que le gusta.” Me dice el hombre de avanzada edad. 
Yo observo los artículos que vende el hombre pero no se que comprar. No se los gustos de mis propios hijos, eso es inquietante. Son solo niños, lo sé, pero si no los empiezo a conocer ahora jamás tendré una buena relación con ellos. Tendré la misma relación de la cual me queje toda la vida, la relación fría y distante que tuve con mi padre. Mi padre ya murió, no hay como arreglar nada con él, pero mis hijos no merecen el trato que les doy. La indiferencia, mi mal humor, mi enfoque absurdo en el trabajo mientras dejo de lado a todos los que me rodean. Es increíble las revelaciones que puede tener uno frente a un puesto de triques. Y más increíble aun, que yo este admitiendo mis errores. “¿Quiere que le muestre algo güero? “ Me dice el vendedor, devolviéndome al presente. 
Paso la mirada nuevamente por el puesto y me detengo en unos bolos. ¿A quién no le gustan los dulces? “Estos dos, por favor” 
“Muy bien güero. Serían cien pesos” Saco mi cartera rápidamente y me percato que no tengo nada más que veinte pesos en efectivo, y tarjetas de crédito y debito. Debo ir al cajero, pero ya mejor ni me quejo. 
“Disculpe, ¿no sabe donde hay un cajero por aquí cerca?” 
“¿Para qué quiere cajero?” “Para sacar dinero y poder llevarme los bolos” 
“¿Cuanto traes?” 
“Veinte pesos” 
“Pues guárdalos, porque puede que los necesites para una emergencia. 
Así estamos bien, llévate los dulces” 
“Pero…” 
“Hoy por ti, mañana por mí. Hay te van güero” Me dice colocándome los enormes bolos en la mano. “Muchísimas gracias, prometo pagárselos” 
“No te apures, no tienes que pagarme nada. De todos modos yo no soy de aquí, vengo una vez al año solamente. Creo que hay te buscan güero” finaliza mientras apunta a mi auto. El limpia vidrios ha llegado. “¡Gracias! ¡Muchísimas gracias!”Le digo al vendedor, y regreso de nuevo hacia mi au to. 
El hombre joven trae un garrafón de diez litros lleno de gasolina, y me ayuda a colocársela al auto. Me siento verdaderamente agradecido de que haya vuelto. 
“Sé que es mucho pedir, pero ¿podrías esperar aquí mientras voy al cajero? No tengo nada más que veinte pesos en efectivo. O puedes acompañarme si desconfías, no te culpo.” Le digo al hombre, apenado por mi abuso de confianza. “Para nada, no desconfío. Y no tiene que ir al cajero, más bien lo que tiene que hacer es ir a casa con su familia.” 
“¿Qué?” 
“No tiene que pagarme nada, fue un gusto poder ayudar” 
“No, claro que no…” 
“Se lo digo de corazón. Ahora vaya con su familia y disfruten de su rosca, sus dulces y de su tradición. Pero sobre todo disfruten el uno del otro Antonio, que es lo más importante en esta vida, valorar y pasar tiempo de calidad con nuestros seres queridos.” 
Igual que los otros dos hombres, no me dio tiempo de decir nada. Simplemente se marchó. 
Miro hacia el puesto de triques antes de subir a mi auto y ya no está. No me di cuenta en qué momento el hombre empacó sus cosas y se fue. No quedó huella de aquellos hombres que me ayudaron, más que el infinito agradecimiento en mi corazón. 
Esa noche llegue a casa, abrasé a mi esposa y a mis hijos. Partimos la rosca de reyes, platicamos y jugamos por horas. Recuperé el tiempo perdido y le di gracias a Dios por ese momento y por haberme hecho ver mis errores. Aun ahora, veinte años después, recuerdo aquel día de reyes con una sonrisa. Recuerdo ese día como un punto de partida, el punto donde comencé a disfrutar mi vida y a enmendar los errores que había en mí. 
Recuerdo la generosidad de aquellos tres hombres que jamás volví a ver. El ejemplo que me dieron aquellos desconocidos y que he tratado de imitar desde entonces. 
Pero lo que no me logro explicar, es como el más joven de los hombres, el limpia vidrios, con toda la seguridad y confianza del mundo, me llamo por mi nombre “Antonio” cuando jamás se lo di…

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