domingo, abril 06, 2014

Los sueños son como potros salvajes

Los sueños son como potros salvajes. De lejos lucen bellos como en una estampa idílica. Se les ve corretear entre el paisaje de los anhelos y luego dice uno; ¡ah! ¡Qué bonito sería, sí eso que sueño se hiciera realidad! Sí. Pero los sueños son así: como potros salvajes en la llanura; para conseguirlos se necesita perseguirlos, alcanzarlos y usar toda suerte de artimañas para atraparlos. 
Pero ojo, una vez lazados, los sueños no siempre son como el dulce caballito que soñamos que nos llevaría a trotar entre las nubes; no señor, al fin que son como caballos salvajes, te pueden llevar remolcando por donde ellos quieren ir, y arrastrarte y asfixiarte y ser más problema que solución. 
Pero la parte más triste del asunto, es que uno anheló tanto vivir aquella situación idílica, enfocó tanto sus energías para lograr su sueño, que no entiende razones cuando los que nos rodean nos alertan, diciéndonos, que aquella situación soñada, nos está creando más conflictos que satisfacción, que aunque aparenta ser, no es la solución que tanto creímos que sería . 
Cuanta gente soñó con un negocio que satisficiera las necesidades económicas de la familia, y soñó con él, lo persiguió y lo alcanzó; lo lazó y pensó: ya lo tengo en la mano, de aquí en delante todo va a ser más fácil; pero no, no fue más fácil: desintegró a la familia, creó conflictos, dejó ausencias, resentimientos, dolor, mucho dolor. 
Pero la parte más canija del asunto, es que el que lazó al potro, por el gusto inmenso de que tiene su corcel del otro lado de la soga, no ve lo que todos a su alrededor ven y le dicen: que no es él el que lleva al potro, que es el potro el que lo lleva a él en remolque, y que mientras da tumbos para acá y para allá, va tirando cosas a diestra y siniestra, apachurrando las flores de los sueños de sus seres queridos, pisoteando los juguetes que acariciaban sus bebés, destruyendo vidas, etc. 
Y es que los sueños, como los potros salvajes, tienen vida propia; y cuando tú crees haberlos atrapados, te das cuenta con asombro, que ellos son los que te llevan a ti a donde ellos quieren y no a dónde tú quisieras ir. 
¿Por qué? ¿Es que no debemos soñar? ¡Sí!, ¡Sí!, ¡Sí! Pero no sueñes el sueño de otro, sueña tu propio sueño. Hay multitud de personas que ven desde lejos a un artista y piensan que esa es la situación soñada y luchan por llegar y pagan un precio muy alto por lograrlo, y a fin de cuentas, sólo consiguen frustración y dolor. 
Y es que, de lejos, las cosas parecen algo completamente diferente a lo que son. Uno puede ver a un torero ser ovacionado por el público, tener fama y dinero y pensar: ¡ah! Esa es la situación soñada, y puede que aparentemente lo sea para alguien, pero no necesariamente lo será para ti: antes de perseguir ¡ese sueño!, asegúrate que sea para ti, que si lo consiguieras, serías capaz de dominarlo y no que él te domine a ti. 
Imaginemos a alguien jineteando a un toro en la fiesta del pueblo. Todos lo ovacionan, le aplauden, le festejan: la banda toca una diana en su honor; y tú que no vales un cacahuate, te imaginas en el papel del jinete famoso, ganando dinero, sonrisas y aprobación. Ese sueño puede ser válido para algunas personas, pero ¿lo será para ti? Si tienes las cualidades necesarias, adelante. Si te puedes medir con los mejores y hablarte de “tu” con ellos, adelante. 
Si dejas tu imaginación volar sin bases y no ves tu propia realidad, pudiera ser que te afanes por una oportunidad de ser jinete, le pongas dinero al asunto, y luego que estés arriba del animalote, cuando sientas pavor y te quieras bajar de él, ten la seguridad que la bestia no entenderá razones cuando le digas que siempre no, que lo pensaste mejor, y que ya no quieres ser jinete. Lejos de alcanzar fama y fortuna, te convertirías en la risa y la burla de los demás, y serías uno más de los que pretendiendo alcanzar su sueño, fueron pisoteados por él. 
Es difícil saber si un sueño que nosotros soñamos es algo adecuado a nosotros o no; porque la mayoría de las veces, uno piensa que sí; uno cree que conoce todos sus bemoles y que puede con el tercio; pero la mayoría de las veces no conoce todos los recovecos del asunto hasta que está metido hasta las cachas… y entonces ya es demasiado tarde. 
Quizá lo más sensato, sería ser primero aprendiz de otro que ya domine el campo, para así conocer todos los detalles del asunto, sin tener compromiso personal, y luego, cuando uno esté seguro, dar el siguiente paso e instalarse por su propia cuenta. Quizá debiera uno aprender a escuchar las palabras que los demás no pueden o no se atreven a decir, y luego, si lo pudo uno hacer, y sólo si lo pudo uno hacer, entonces proceder en consecuencia. 
Pero aún más sensato sería, preguntarle al Arquitecto de la vida. 
Si todo fuera producto de la casualidad, entonces no habría a quien preguntarle; si yo creo que alguien hizo el universo y a mí, entonces lo más prudente sería preguntarle a Él, cómo jijos encajo yo en este mundo, y qué es para lo que yo estoy hecho. Y entonces sí, soñar, soñar: pero no a tontas y a locas, sino con bases. 
¡Pregúntale! … Él responde. 
¡Ni que no fuera tu Padre! 
Los sueños se construyen paso a paso, como en una escalera; no se llega al peldaño tres sin haber pasado antes por el uno y el dos. Querer llegar de pronto a donde llegó el que ya tiene tiempo navegando, es quimérico y fuera de toda razón. Hay que hacer la jornada, caminar, gastar los zapatos… y como consecuencia de ello, y si caminamos po􀀀r el rumbo correcto, esperar ver la meta al alcance de la mano, lograr el sueño anhelado. De otra forma: nomás es hacerse pato. 

O, ¿tú qué opinas? 
Francisco Javier Contreras

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