domingo, mayo 11, 2014

Cartha de Harry S. Truman a Pacelli (Papa Pío XII)

Washington, D.C. Estimado Señor Pacelli, Como bautista y como jefe ejecutivo de la más grande y
poderosa nación del mundo, en la cual todos me llaman simplemente Señor Truman, no puedo dirigirme a usted como Su Santidad, título que sólo pertenece a Dios. Nosotros, en los Estados Unidos de América, consideramos a todos los hombres iguales delante de Dios y nos dirigimos a ellos por sus verdaderos nombres. Por eso mismo es que me dirijo a usted simplemente como señor Pacelli. El pueblo que me eligió su Jefe Ejecutivo es una nación democrática, amiga de la paz; por lo tanto mi deber es conseguir la cooperación de aquellos que realmente hayan dado pruebas de desear la paz y de trabajar para conseguirla, no de los que gritan paz y fomentan la guerra. No creo que usted ni su iglesia estén entre los que verdaderamente desean la paz y trabajan por ella. 
En primer lugar, nuestros antepasados fundadores de esta gran nación, conocedores por la historia de la naturaleza de vuestra iglesia amante de la política y de la guerra, sentaron como principio de nuestro gobierno no permitir vuestra intromisión en nuestros asuntos de gobierno. Aprendieron bien esa lección en la historia de Europa y, por eso, estamos convencidos de que nuestra democracia durará mientras no aceptemos vuestra intromisión, como lo hicieron los gobiernos de Europa a quienes enredasteis con vuestras doctrinas e intrigas políticas. Thomas Jefferson, uno de los más sabios de nuestro país, dijo esto mismo cuando declaró: “La historia no nos muestra ningún ejemplo de pueblo alguno manejado por el clero que haya tenido un gobierno civil y libre”. Por eso es usted la última persona en el mundo que pueda enseñarme la forma de dirigir a mi pueblo por el camino de la paz. 
Para refrescar su memoria le recordaré algunos hechos de su predecesor en el Vaticano el Papa Pío XI, el iniciador de toda agresión fascista en los tratados de Letrán, celebrados con Mussolini en 1929. Este fue el principio de la traición a la civilización cristiana. Fue este el comienzo de los horrores que sufrieron Europa y el mundo, cuyas consecuencias estamos sufriendo todavía. Un notable escritor e historiador de mi país, Lewis Munford (que no es comunista, ni odia a los católicos), escribió lo siguiente en su libro “ Faith For Living”, que publicó en 1940: “La traición al mundo cristiano se efectuó claramente en 1929 con el concordato celebrado con Mussolini y el Papa”. Dice algo más: “Desafortunadamente los propósitos del fascismo están en gran conflicto con los de una república libre, como es la de los Estados Unidos de América. En este tratado la Iglesia Católica... fue su aliada, una potente aliada, de las fuerzas de la destrucción”. 
En esa época muy pocos de los que vivimos en los Estados Unidos conocíamos la verdadera naturaleza del fascismo, como usted y el Papa Pío XI lo conocían, pues fueron los que fomentaron la guerra y aliaron su iglesia a él (el fascismo). Usted mismo fue especialmente preparado, como joven sacerdote y como diplomático de la Iglesia, para el propósito específico de ayudar a Alemania a prepararse para la Guerra Mundial. Usted y el Káiser urdieron en Suiza las intrigas contra los aliados durante la primera guerra mundial. Usted estuvo doce años en Alemania en donde tomó parte en la ascensión de Hitler al poder, habiendo celebrado acuerdos con él y con el execrado Von Papen, un Segundo Papa, que ayudó a Hitler a tomar el poder y puso su firma con la del Cardenal Eugenio Pacelli y la de Hitler en el Concordato con el Vaticano, firmado en 1933. Nadie creerá jamás que usted ignorase el complot que Hitler y sus nazis estaban preparando contra nosotros. El propio biógrafo católico dice que usted, durante esos años era “el hombre informado del Reich”. 
Después de la firma del Concordato por usted y por Von Papen y de hacer aspersiones con agua bendita a Hitler dándole la “impresión” de que resucitaba, Von Papen, que logró escapar de Nüremberg, se jactaba en la siguiente forma: “el tercer Reich es el primer poder que no solamente reconoce sino que pone en práctica los altos principios del papado”. Vuestros cardenales y obispos bendijeron en Roma las armas de Guerra de los soldados enviados contra indefensos etíopes. Vuestro cardenal Schuester, de Milán, proclamó el robo de Etiopía como una cruzada santa “para llevar en triunfo a Etiopía la Cruz de Cristo”. Mientras tanto sigue usted llamando a su iglesia “la iglesia de Dios” y pretende que yo, como jefe de un estado civil, le admita a usted como superior a mí y al pueblo de los Estados Unidos de América. Ud. habla con palabras melosas sobre justicia y al mismo tiempo hace sonar los tambores para otra guerra, tal vez más terrible que las dos últimas, contra Rusia que nos ayudó a derrotar a Hitler y Mussolini. Usted está incitando a los Estados Unidos para que cuanto antes declare la Guerra a Rusia, usando los mismos métodos empleados por Hitler para lograr la solidez de sus detestables y diabólicos regímenes. 
Usted quiere que desperdiciemos nuestro dinero y que enviemos a nuestros jóvenes a una muerte horrible, que sobre los cadáveres de Hitler y de Mussolini terminemos la lucha que aquellos empezaron con ayuda suya y a quienes nosotros derrotamos. Sí, Estados Unidos de América desea la paz, pues de todas las naciones solamente nosotros quedamos con alguna prosperidad y decencia. Somos el baluarte de las libertades democráticas protestantes. Si nosotros, o la Inglaterra protestante, nos debilitásemos, vuestra cultura católica tendría una oportunidad para gobernar otra vez el mundo haciéndolo retroceder a la Edad Media. Si perdiésemos o nos debilitásemos con la guerra que usted está provocando contra Rusia, fácilmente procuraría el Vaticano una alianza con ella. Su predecesor el Papa Pío XI, declaró públicamente que él haría pacto con el Diablo mismo, si conviniese a los intereses de la Iglesia. Por lo tanto, señor Pacelli, es mi deber como Jefe de este país predominantemente protestante , rechazar sus propuestas a guisa de alianza, de pacto de paz. “Los que comen en el plato en que el diablo está comiendo deben usar una cuchara muy larga”. Continuaré mi labor para lograr y mantener la paz como buen bautista, conservando los honrados principios protestantes que hicieron poderosa nuestra nación y trabajando por ellos. 

Sinceramente suyo, 
Harry S. Truman 
Presidente de los Estados Unidos de América 

Harry Truman, ejemplo para políticos: 
Harry S. Truman fue una clase diferente como presidente. Probablemente tomó tantas o más decisiones en relación con la historia de USA como las que tomaron los 32 presidentes que le precedieron. Una medida de su grandeza puede que permanezca para siempre: se trata de lo que hizo después de dejar la Casa Blanca. La única propiedad que tenía cuando falleció era la casa en la cual vivía, que se hallaba en la localidad de Independence, Missouri. Su esposa la había heredado de sus padres y, aparte de los años que pasaron en la Casa Blanca, fue donde vivieron durante toda la vida. 
Cuando se retiró de la vida ofi cial en 1952, todos sus ingresos consistían en una pensión del Ejército de $13,507 al año. Al enterarse el Congreso de que se pagaba sus sellos de correo, le otorgó un complemento y, más tarde, una pensión retroactiva de $25,000 por año. Después de la toma de posesión del Presidente Eisenhower, Truman y su esposa regresaron a su hogar en Missouri conduciendo su propio coche... sin ninguna compañía del Servicio Secreto.
Cuando le ofrecían puestos corporativos con grandes salarios, los rechazaba diciendo: “Ustedes no me quieren a mí, lo que quieren es la fi gura del Presidente y esa no me pertenece. Le pertenece al pueblo norteamericano y no está en venta...” Aún después, cuando el 6 de Mayo de 1971 el Congreso estaba preparándose para otorgarle la Medalla de Honor en su 87 cumpleaños, rehusó aceptarla, escribiéndoles: “No considero que haya hecho nada para merecer ese reconocimiento, ya venga del Congreso o de cualquier otro sitio.” 
Como Presidente se pagó todos los gastos de viaje y la comida con su propio dinero. Este hombre singular escribió: “Mis vocaciones en la vida siempre fueron ser pianista de una casa de putas o ser político. Y para decir la verdad, no existe gran diferencia entre las dos!”. 

Fraternalmente 
C. L.A.E. Juan Manuel Becerra Casillas

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