domingo, mayo 11, 2014

¿Por qué debo perdonar a mi enemigo?

- ¿Por qué yo debo perdonar a mi enemigo?
- Primero que nada, dime: ¿Quién es tu enemigo? 
- Alguien que hizo algo que me molestó y me sentí lastimado por él.… (¿Cómo pudo alguien lastimarme?… ¿Acaso Dios no me cuida?) - Dios todo lo domina, por eso es el Señor del Universo; nada escapa a su control. - Pero si Dios me ama, yo esperaría que me proteja… pero si alguien me lastimó, signifi ca que Él, o no quiso protegerme (luego no me ama) o no pudo hacerlo (luego hay cosas que no puede, por lo que no sería El Señor) Nosotros somos hijos de Dios, Él es nuestro Padre, Él es un Ser perfecto. Él quiere que vayamos con Él, a compartir su vida, su Gloria y su poder; pero para ello es necesario que logremos un mínimo de perfección. Vinimos al mundo a lograrlo. La vida es una escuela donde desarrollamos las potencialidades divinas que ya tenemos, como hijos que somos de Él. Vinimos a aprender a amar, a aprender a obedecer, a aprender a confi ar en Él. Y la vida está diseñada para eso. 
Cada problema que enfrentamos en el día a día, no es producto de la casualidad, ni de que Dios se descuide, ni de que no pueda protegernos. Cada situación que enfrentamos, está diseñada específi camente para que la vivamos y la superemos nosotros, con el nivel de desarrollo espiritual que tenemos en ese momento. La resolvemos y pasamos al siguiente nivel; no la superamos y nos estancamos en ese nivel más tiempo... hasta que la dominemos. 
Así como en una escuela de nuestro tiempo, hay grados o niveles de aprendizaje y conforme avanzamos enfrentamos nuevos aprendizajes; así también, en la escuela de la vida, hay grados o niveles de espiritualidad. Cuando enfrentamos un problema, nos parece que es una situación difícil, pero cuando la superamos y avanzamos, podemos ver hacia atrás y darnos cuenta con satisfacción que ya estamos en otro nivel. 
Dios no viene en persona a darnos cada prueba, sino que se vale de las circunstancias y de las personas con las que convivimos. Pero Él no permitirá que experimentemos un problema mayor a nuestro nivel de espiritualidad: si vivimos la situación, es porque podemos resolverla. Si Él cree que necesitamos vivir una experiencia nueva, permitirá que suceda; pero si cree que no la necesitamos, nos cuidará mucho de que la lleguemos a vivir. Luego, cuando sufrimos una enfermedad o un problema, no deberíamos pensar que sucedió porque Él se descuidó o que no quiso o no pudo evitarlo; sino que la permitió porque creyó que era conveniente que la viviéramos, para que nosotros avanzáramos en nuestra madurez espiritual. 
Los problemas de la vida se pueden comparar a los problemas de matemáticas que nosotros resolvíamos cuando cursábamos la escuela; eran necesarios para que ejercitáramos los conocimientos que ya teníamos, y cada quien resolvía problemas más complicados conforme estaba en mayores niveles de estudio; y ellos nunca se debieron a que el profesor no supiera la respuesta, ni que no pudiera evitarlos, sino que era necesario que los viviéramos para nuestra propia superación. 
Odiar a un enemigo, es como odiar al personaje de un problema de matemáticas, qué sólo fue el instrumento para plantearnos una situación que deberíamos resolver. Vivir odiando o con rencor, es ¿Por qué debo perdonar a mi enemigo? tener resentimiento contra Él, que decidió que necesitábamos pasar a un nuevo nivel, y para ello nos puso un nuevo problema entre manos. Odiar es no aceptar que fue válida la razón que tuvo Dios para hacernos vivirlo. Es no aceptar su voluntad… ¡Es no aceptar su voluntad! 
La oración que nos dejó Jesús, el “Padre Nuestro”, dice entre otras cosas: “hágase tu voluntad…”, pero cuando yo odio o guardo rencor a alguien o a algo o a algún episodio de mi vida; con mis actos estoy mostrando mi molestia porque se hizo su voluntad, no la estoy aceptando… ¡no la estoy aceptando! … y me contradigo cuantas veces rezo el Padrenuestro. 
Pero hay otra razón mayor para perdonar. Cuando perdono, expreso mi confi anza en Dios. Jesús es el aval, es el fi ador. Cuando Él dice que perdones al otro, lo que te está diciendo es que el “daño que te hicieron”, Él te lo va a compensar, que Él hará justicia. Si perdonas, lo aceptas a Él como fi ador, le dices que confías en Él, que confías en que te hará justicia; si no perdonas, le estás diciendo que no confías en Él, que prefi eres seguir soñando o saboreando la idea de vengarte, desquitarte, emparejarte por ti mismo… caminar por tu cuenta.
Tú tienes razón en lo que dices, porque es cierto que un día te lastimaron. Todos tenemos recuerdos que nos duelen, cosas que sanar; y tenemos razón en desear justicia; pero el punto es: ¿aceptamos al Señor como Juez y nuestro abogado?, ¿le damos un voto de confi anza y esperamos en Él? ¿O preferimos ser los jueces nosotros y defendernos solos? 
Aquí el punto es que tienes que decidir: o caminas con Él o caminas tú solo por tu cuenta. No se vale a medias. (Recuerda que en el libro del Apocalipsis, Él dice: “a los tibios Yo los vomito”) En el momento que decides caminar con Él, pero guardas rencor, automáticamente te contradices. Es como decir: sí, pero no. O confías en Él o no confías; no se puede a medias. 
Se trata de entender que si sufriste una experiencia desagradable, no fue porque Él se haya descuidado, o porque no pudiera evitarla; sino que pensando en que mejoraras tu nivel espiritual, te encomendó una tarea a realizar, y lo hizo porque te ama; y si sintieras que la vida o alguien te debe algo, confía en que Jesús sea tu fi ador y que Él te compensará lo que hayas batallado…, y lo hará en la medida de su grandeza. 
- ¿Qué no es fácil? 
- ¡Pues claro que no es fácil!… Y menos, si quieres hacerlo contando sólo con tus fuerzas. 
- Pídele ayuda a Él… 
- Quiere ayudarte… 
- Te está esperando. 

Javier Contreras

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