sábado, marzo 07, 2015

Benito Juárez

Nació el 21 de marzo de 1806, en San Pablo Guelatao, un pequeño caserío escondido en la sierra oaxaqueña de Ixtlán. Era indígena de raza pura. Pero, con su esfuerzo, llegó a recibirse de abogado y, desde sus días de estudiante, inició su carrera política que lo llevaría a ocupar elevados puestos, entre ellos; el de Diputado del Congreso de su estado y del Congreso de la Unión, Gobernador de Oaxaca, Ministro de Justicia y Presidente de la República. 
Figura central en la Reforma, encarnó además, la lucha en contra de la intervención y el imperio. Mantuvo las instituciones nacionales republicanas y simbolizó toda una etapa en que se consolido la nacionalidad y surgió el Estado moderno en México. Murió en la capital de la República, la noche del 18 de julio de 1872. 
En vida fue declarado, por la legislatura de Colombia, Benemérito de las Américas. 
Benito Juárez no fue un tribuno, sus discursos eran breves, algunos extremadamente medidos. Pero, sus frases de una concisa elocuencia quedaron para la historia, sin duda la más conocida entre ellas es aquella que hasta nuestros días continua vigente “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” 
Para comprender brevemente la importancia que para el tuvo la construcción de la República este es parte del discurso pronunciado el 15 de julio de 1867 al volver a la Ciudad de México: 
“El gobierno nacional vuelve hoy a establecer su recidencia en la Ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Llevó entonces la resolución de abandonar jámas el cumplimiento de sus deberes tanto más sagrados, cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra la inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad. Salió el gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la patria por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa santa de la independencia y de las instituciones de la República. 
Lo han alcanzado los buenos hijos de México, combatiendo solos, sin auxilio de nadie, sin recursos, sin los elementos necesarios para la guerra. Han derramado su sangre con sublime patriotismo, arrostrando todos los sacrificios, antes que consentir en la pérdida de la República y de la libertad. 
En nombre de la patria agradecida, tributo el más alto reconocimiento a los buenos mexicanos que la han defendido y a sus dignos caudillos. El triunfo de la patria, que ha sido el objeto de sus nobles aspiraciones, será siempre el mayor título de gloria y el mejor premio de sus heroicos esfuerzos. 
Lleno de confianza en ellos procuró el gobierno cumplir sus deberes, sin concebir jamás un solo pensamiento de que le fuera licito menoscabar ninguno de los derechos de la nación. Ha cumplido el gobierno el primero de sus deberes, no contrayendo ningún compromiso en el exterior ni en el interior, que pudiera perjudicar en nada la independencia y soberanía de la República, la integridad de su territorio o el respeto debido a la Constitución y a las leyes. […] 
No ha querido, ni ha debido antes el gobierno y menos debiera en la hora del triunfo completo de la República, dejarse inspirar por ningún sentimiento de pasión contra los que lo han combatido. Su deber ha sido y es, pesar las exigencias de la justicia con todas las consideraciones de la benignidad. La templanza de su conducta en todos lugares donde ha residido, han demostrado su deseo de moderar, en lo posible, el rigor de la justicia, conciliando la indulgencia con el estrecho deber de que se apliquen las leyes, en lo indispensable para afianzar la paz y el porvenir de la nación. 
Mexicanos: Encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República. 
Que el pueblo y el gobierno respeten el derecho de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. 
Confiemos en que todos los mexicanos, aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de las calamidades de la guerra, cooperemos en lo de adelante al bienestar y a la prosperidad de la nación, que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes y con la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo. 
En nuestras instituciones, el pueblo mexicano es el árbitro de su suerte. […] 
Mexicanos: Hemos alcanzado el mayor bien que podíamos desear, viendo consumada por segunda vez la independencia de nuestra patria. Cooperemos todos para poder legarla a nuestros hijos en camino de prosperidad, amando y sosteniendo siempre nuestra independencia y nuestra libertad.”


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