domingo, abril 12, 2015

Gerónimo Hernández, un fotográfo enigmático y tepatitlense de nacimiento

Publicado el agosto 22, 2011 por Daniel Escorza Rodríguez .- Para citar este artículo Una de las imágenes más reproducidas de la Revolución mexicana, que le ha dado la vuelta al mundo y se ha convertido en un icono —sobre todo de la participación de las mujeres en la lucha revolucionaria—, es aquella de la soldadera o “Adelita” con rostro indescifrable, asomándose en el estribo de un vagón de ferrocarril, junto con otras mujeres anónimas. 
Esta imagen se captó en la ciudad de México, en los patios de la estación Buenavista en 1912, y se convirtió en todo un hallazgo al conocerse que la placa no es de la autoría de Agustín V. Casasola; esta imagen se debe a la cámara de un fotorreportero del diario maderista Nueva Era, de nombre Gerónimo Hernández. 
Hasta hace algunos años el trabajo de este fotógrafo de prensa era prácticamente desconocido, toda vez que sus imágenes están resguardadas en el acervo Casasola y ninguna de ellas tiene el crédito respectivo. A partir de un artículo publicado en el año 2007 se comenzaron a develar algunos aspectos de este singular fotógrafo que colaboró en la Agencia Casasola entre los años de 1912 y 1913. Quizá lo más sorprendente de este trabajador de la lente es que abandonó el oficio fotográfico en este último año, y ante su familia trató de ocultar su pasado como fotógrafo. Es decir, después de los acontecimientos de la Decena Trágica, Hernández desistió de seguir tomando fotografías y ni siquiera a sus hijos les contó, ni mucho menos enseñó, los secretos de la fotografía de prensa y su paso por este oficio. Se conoce muy poco de su vida. 
Gerónimo Hernández Maldonado nació en febrero de 1882 en un rancho llamado “Ojo de Agua de los Hernández”, cerca de la Capilla de Milpillas, municipio de Tepatitlán, a su vez muy cercano al pueblo de Acatic, estado de Jalisco. Gerónimo fue el segundo hijo del matrimonio formado por Ruperto Hernández y Juana Maldonado, quienes al parecer vivían con decoro merced a una posición económica estable. Al primer hijo del matrimonio Hernández Maldonado le pusieron por nombre Elías, y desde pequeño lo enviaron a estudiar a Guadalajara, la flamante capital del estado. Sin embargo, la mala conducta del primogénito repercutió en el destino de Gerónimo —el hijo pequeño —, de tal suerte que no tuvo la misma oportunidad de estudiar y terminó cuidando borregos en el rancho paterno. Un buen día, no sabemos cuándo exactamente, entre 1894 y 1900, el adolescente Gerónimo escapó de su casa y por sus propios medios se trasladó a la ciudad de México, en donde inferimos que comenzó a aprender el oficio de fotógrafo de prensa. En la capital de la república conoció a Abraham Lupercio y a Agustín Víctor Casasola, con quienes empezó a cultivar cierta amistad y a aprender los secretos del oficio de fotorreportero. 
Una imagen de principios del siglo XX muestra a Hernández y a Lupercio en franca camaradería, junto con otros dos jóvenes de no más de veinte años de edad, que deseaban abrirse paso en el nuevo oficio reporteril. Podríamos colegir que para Gerónimo Hernández la década de 1900 a 1910 constituyó una etapa de aprendizaje sobre el manejo de la cámara, de preparación de los negativos y de la búsqueda de la imagen idónea para el periódico, ya que para el año de 1910, a los 28 años de edad, lo encontramos junto con Antonio Garduño como fotógrafo del periódico El Diario, acreditado para participar como tal en las celebraciones del Primer Centenario de la Independencia de México. Una vez concluidas las fiestas del Centenario en la ciudad de México, nuestro fotorreportero siguió muy de cerca el movimiento maderista y antirreeleccionista en la capital del país. El interinato de Gerónimo Hernández, un fotográfo enigmático y tepatitlense de nacimiento Francisco León de la Barra, producto de la renuncia de Porfirio Díaz en ese mismo año, convocó a nuevas elecciones presidenciales, dejando el camino abierto para que Francisco I. Madero ganara la presidencia de la república. Así, para octubre de 1911 Hernández ya era el fotógrafo del diario maderista Nueva Era, y en ese carácter participó en la fundación de la Sociedad de Fotógrafos de la Prensa Metropolitana. En efecto, el 26 de octubre de ese mismo año los fotógrafos de los diversos diarios y semanarios de la capital de la república se reunieron para constituir esta asociación, y más tarde visitaron al presidente interino, Francisco León de la Barra, con el propósito de presentarle sus saludos. De esta ocasión nos queda una fotografía cuyo autor desconocemos, que registra la visita de los fotógrafos de la prensa al presidente, entre ellos el propio Gerónimo, Agustín Casasola y Ezequiel Álvarez Tostado. Los fotógrafos constituidos en esta sociedad organizaron su primera exposición fotográfica, con el propósito —como ellos mismos lo manifestaban— de “allegarse recursos económicos”. Para tal objetivo los fotorreporteros presentaron algunas impresiones amplificadas en un salón de la joyería La Esmeralda, ubicada en la avenida San Francisco, en el centro de la ciudad de México. Esta exposición se inauguró el 8 de diciembre de ese mismo año, y en esa ocasión Hernández presentó una serie de cuatro imágenes, que tenían por títulos: “En la pesca”, “Tipos indígenas”, “Violinista popular”, y una “Magnífica sepia”, que contenía el registro de una muchacha cerca de un río. 
La identificación de estas imágenes se ha hecho posible gracias a una fotografía que muestra al grupo de fotorreporteros, y al fondo una parte del material que presentaron los fotógrafos de prensa de la ciudad de México. Las fotografías mostradas por Hernández no se han encontrado en el acervo Casasola. Hasta donde sabemos, esta es la primera exposición del gremio fotoperiodístico en México, y los mismos fotógrafos le añadieron a la muestra el adjetivo de “artística”, algo inusual en los fotógrafos de prensa de aquella época. Recordemos que para esos años la fotografía denominada “artística” era casi exclusiva de los fotógrafos de gabinete, quienes ya se habían hecho de un nombre; algunos de ellos ya habían participado en exposiciones universales, y la mayoría elaboraba retratos de los estratos privilegiados de la sociedad porfiriana. 
En su desarrollo como fotógrafo de prensa Hernández fue experimentando distintos procesos, utilizando una cámara Graflex con negativos de cristal o de nitrato, indistintamente. Para enero de 1912 nuestro fotoperiodista utilizó el destello de magnesio para tomar fotografías en el interior del Palacio Nacional, lo cual constituía un acto extraordinario en el medio periodístico. Al respecto, el periódico reconocía este mérito y señalaba: “El fotógrafo de Nueva Era realizó un triunfo que somos los primeros en aplaudir: tomó dos fotografías con lámpara de magnesio, las que reproducen nuestros grabados […]”, y agregaba el diario: Es la primera vez que en el Comedor del Palacio Nacional, en gran reunión diplomática, se emplea el magnesio para fotografiar. Escandón se hubiera muerto de cólera. Los adláteres palaciegos habrían pedido todo castigo para el truhán fotógrafo. Ahora se dio el permiso con naturalidad, como que se comprende que la fotografía es vehículo de cultura, auxiliar de la crónica y el mejor y más fiel testimonio de los sucesos. Ese mismo año, la Sociedad de Fotógrafos de Prensa renovó su mesa directiva en la sesión del día 24 de mayo. En esta ocasión Hernández fue nombrado prosecretario de la nueva dirigencia. Pocos días después, el 5 de junio los fotorreporteros se reunieron en el restaurante “Tarditti” para despedir a la anterior mesa directiva. 
A lo largo del año de 1912 Hernández continuó trabajando para el diario Nueva Era, mostrando tomas oportunas de la vida cotidiana de la ciudad de México. Una fotografía publicada en febrero de ese mismo año capta un imagen del visitador papal, monseñor Boggiani, cuya figura contrasta con la humildad de una indígena. La foto colocada en la primera plana del periódico incluye su firma. Con ello se pone en tela de juicio el mito de que a los fotógrafos de prensa no se les daba crédito en sus fotos publicadas en los diarios. Como se puede observar, ya para la década de 1910 no era raro que algunos fotógrafos buscaran la forma de firmar sus fotografías en los periódicos, como lo hacían el mismo Gerónimo, Agustín Casasola, Manuel Ramos y Antonio Garduño, entre otros. 
En este año Hernández desplegó todos sus recursos como fotorreportero y en algunas ocasiones logró imágenes sorprendentes, como aquella del estudiante Rafael Martínez Escobar, quien pronuncia una filípica afuera del restaurante “Gambrinus”, vociferando y gesticulando, en lo que parece un mitin callejero. La imagen, una vista en contrapicada, nos remite a la noción de instantánea del fotoperiodismo, ya que se tomó al aire libre y el sujeto no posa ante la cámara, en un ángulo que tiene resonancias visuales con el movimiento y la actividad en las calles, más propias del fotoperiodismo moderno de la década de 1930. Otra fotografía es la que tomó a Mercedes González de Madero, madre del presidente, acompañada de su hija Mercedes y de la esposa del presidente, Sara Pérez de Madero, durante su visita a una fábrica de manufactura de ropa. A diferencia de la anterior, ésta es una imagen posada, muy cuidadosamente preparada, ya que se trataba de la madre y la hermana del presidente de la república, quienes aparecen en primer plano. En un segundo plano se encuentra Sara Pérez, esposa de Francisco I. Madero. El encuadre es muy cuidadoso para captar a las dos primeras personas, quienes tienen en sus manos un ramillete de violetas, obsequio de las hijas del gerente de la negociación. En el negativo original el fotógrafo se preocupa por registrar el contexto, como son las obreras y las máquinas de coser. Sin embargo, el periódico editó la fotografía y sólo nos muestra a las señoras Madero, haciendo énfasis en la persona y no en el contexto en el que se encontraba. Al año siguiente, durante la Decena Trágica, el 9 de febrero de 1913 Hernández estuvo presente en la comitiva que acompañó al presidente Francisco I. Madero del Castillo de Chapultpec a Palacio Nacional. En esos días de violencia citadina Hernández fue uno de los tantos fotorreporteros que cubrieron los acontecimientos de la ciudad de México, donde inclusive los rebeldes antimaderistas incendiaron la sede del periódico Nueva Era. 
Varias fotografías, muy probablemente de la autoría de Gerónimo, nos muestran los efectos de la metralla en el edificio del diario maderista. Al finalizar la Decena Trágica nuestro fotógrafo simpatizó con la causa constitucionalista, y es muy probable que se haya unido a las fuerzas de Carranza en el transcurso de ese año. No se puede saber con certeza si en ese mismo año de 1913 abandonó la fotografía, o a qué se dedicó. Uno de sus hijos ha señalado que después del incendio de las instalaciones de Nueva Era, el 18 de febrero de 1913, Gerónimo Hernández abandonó el oficio periodístico de la fotografía. “Tal vez tuvo temor. Y como andaba noviando con mi mamá, quizá ella le dijo que dejara todo eso, porque el país estaba convulsionado”. De esos años no se tiene noticia hasta 1917, cuando se traslada a la ciudad de Querétaro, donde conoció a la joven Ana María Arvizu Galeana, una muchacha de posición social desahogada. El padre de ella, al conocer que era pretendida por un hombre sin fortuna, se la llevó a vivir al pueblo de Tacuba, en el Distrito Federal. No obstante, algunos días después la joven Ana María fue a ver un desfile militar y se encontró providencialmente con Gerónimo. Para entonces el matrimonio entre ambos finalmente se concertó y se llevó a cabo ese mismo año. 
Pocos años después, quizá a partir de la década de 1920, el matrimonio Hernández Arvizu se trasladó al pueblo de San Andrés Tetepilco, en el Distrito Federal. Ahí procrearon a sus ocho hijos: Alfonso, Isabel, Carlos, Alfredo, Martha, Aurora, Beatriz y Fernando. En 1927 el ex-fotógrafo Gerónimo Hernández fungía como presidente municipal de Tacuba, y posteriormente se desempeñó como juez del registro civil de la misma municipalidad, además de que “se hizo diputado (del PNR) y miembro de la Asociación de Veteranos de la Revolución”. De esta época se conservan algunas imágenes que muestran la vida familiar en la finca de Tetepilco. No se sabe quién tomó estas fotografías, pero en ellas se aprecia a la famila de Gerónimo, a sus amigos, como Agustín Casasola, de quien se dice que una temporada estuvo viviendo con sus hijos en la finca de los Hernández. De acuerdo con testimonios de su hijo y su nieta, a partir de estos años no volvió a hablar de su etapa como fotógrafo durante los primeros años de la Revolución. 
Nunca tocó el tema. Sus negativos fueron a parar a la Agencia Casasola, y los relatos familiares coinciden en que “se los regaló a Agustín V. Casasola”. Según su hijo Federico, Gerónimo Hernández “le regaló [a Agustín Casasola] entonces unos cajones con su archivo fotográfico, que contaba con alrededor de mil 500 imágenes”. Nuestro fotógrafo murió en la ciudad de México el 2 de diciembre de 1955, a la edad de 73 años, de un mal renal o prostático. Aunque algunas imágenes de Gerónimo Hernández han sido reproducidas desde la década de 1980,apenas se les está adjudicando su autoría, ya que prácticamente la totalidad de su archivo se integró al acervo de la Agencia Casasola. Sus imágenes proceden de la línea de los fotorreporteros de principios del siglo XX, como el propio Casasola, Antonio Garduño, Ezequiel Álvarez Tostado, Abraham Lupercio, Eduardo Melhado, Manuel Ramos y Ezequiel Carrasco, entre otros. Si bien su fotografía conocida abarca un lapso breve (aproximadamente de 1910 a 1913), Hernández comenzó a desentrañar los secretos de la fotografía de prensa y se acercó con resultados llamativos a la noción de instantaneidad. Combinaba sus encuadres de tomas posadas, que recordaban las fotografías de gabinete, con otras tomas espontáneas como la del estudiante en la calle, y la de las soldaderas en el estribo del tren. Existe una fotografía de su rostro, muy joven, casi adolescente, con rasgos conmovedores, donde resalta la mirada que se extiende a lo lejos, hacia un punto remoto. No tenemos forma de comprobarlo, pero seguramente Gerónimo Hernández pasó por una vida de riesgo, de peligro y de incertidumbre, de tal manera que abandonó el oficio fotográfico cuando frisaba los treinta años de edad. Algunos de sus negativos, conservados en el Fondo Archivo Casasola de la Fototeca Nacional del inah, atestiguan la importancia de otro de los autores de principios del siglo XX que indudablemente merece explorarse.

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