sábado, julio 04, 2015

Justo Armas: “El emperador descalzo”

1ra parte

Derrotado por el ejército liberal y reinstaurado Benito Juárez ya en el Gobierno de México, la ley de la época condenaba a Maximiliano a ser ejecutado en un acto público. Sin embargo, en la investigación realizada por Rolando Ernesto Déneke se encontró con que la ejecución de Maximiliano había ocurrido en un acto privado y no hay un registro fidedigno de que en realidad ocurriera el fusilamiento que narra la historia oficial y recogen diversas ilustraciones de la época. “En ese tiempo ya existía la fotografía —reflexiona al respecto Déneke—. Se trataba de una ejecución importante, de un personaje importante, debía haber fotografía... pero me llamó mucho la atención que no hubiera ninguna”. 
El Arquitecto salvadoreño Déneke, estuvo en México realizando investigaciones con el apoyo de la Fundación María Escalón de Núñez, pero no encontró una prueba contundente de que Maximiliano hubiera sido fusilado. Más al contrario, cada descubrimiento que se sumaba a su acopio de información le hacía pensar con mayor fuerza que la ejecución del derrocado emperador fue fingida. 
Justo Armas (¿? - San Salvador, El Salvador, 1936), fue un comerciante de origen desconocido que vivió en El Salvador. Su estilo de vida refinado, junto a sus excentricidades y apostura, dieron origen a una leyenda ligada con el emperador de México Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena, archiduque de Austria. 
Abundan las extrañas irregularidades: El pelotón de fusilamiento fue mandado a traer del norte de México, de la zona fronteriza con Estados Unidos. “Eran soldados que no conocían a Maximiliano”, observa Déneke— y la ejecución se atrasó dos veces. Las potencias mundiales pidieron clemencia y tanto el escritor francés Víctor Hugo como el general italiano Giussepe Garibaldi, ambos antimonárquicos, escribieron a Juárez pidiéndole que perdonara la vida a Maximiliano. 
No hubo piedad, y después del supuesto fusilamiento, el emperador Francisco José de Austria, hermano de Maximiliano, pidió el cadáver a México. En su lugar, recibió una fotografía. Ante la insistencia austriaca, México puso como condición para devolver el cadáver, que Francisco José reconociera la soberanía mexicana. Lo hizo, pero México se limitó a mandar una segunda foto, sorprendentemente con la imagen de un cadáver distinto al de la primera. 
El cuerpo no fue entregado hasta seis meses después de la supuesta ejecución, ocurrida en junio de 1867. El cadáver que llegó en enero de 1868 a Europa no tenía, sin embargo, ningún parecido con el emperador Maximiliano. Más bien parecía el de un hombre mexicano. Consta en documentos históricos que la madre de Maximiliano, cuando vio el cadáver que llegó a Austria, exclamó: “¡Este no es mi hijo!” El cuerpo tenía la piel morena, ojos negros y nariz aguileña. Maximiliano era de piel blanca, tenía los ojos celestes y lucía una nariz recta. Austria, indignada, pidió explicaciones a México. 
La respuesta fue rocambolesca. El gobierno mexicano alegó que al fusilar a Maximiliano los ojos se le habían dañado y que, para no mandar el cadáver sin ojos, le arrancaron los suyos, y le colocaron unos negros y de vidrio, a la imagen de la Virgen Dolorosa, que todavía existe en la capital mexicana. Según documentos históricos, la madre de Maximiliano se negó a creerlo. Murió defendiendo que el cuerpo que les enviaron, y que fue depositado a los pocos meses en la Cripta Imperial de la Iglesia de los Capuchinos, en Viena, no era el de su hijo. 
Convencido de que la ejecución de Maximiliano jamás ocurrió, Déneke se pregunta el por qué, y acaba apuntando a una razón que va mucho más allá de las presiones políticas de las potencias mundiales de la época: tanto Benito Juárez como Fernando Maximiliano eran masones. La solidaridad entre hermanos masones se impuso al deber político, según la hipótesis de Déneke, basada en el conocido voto y juramento de ayuda mutua que entre sí establecen los masones en los cinco continentes. 
Y en esa solidaridad busca también el investigador salvadoreño las causas del posible exilio a El Salvador de Maximiliano ya en la clandestinidad; según Déneke busca ayuda del capitán General Gerardo Barrios, también masón, a quien pudo haber conocido en Europa durante las visitas realizadas por el gobernante salvadoreño a las cortes imperiales. Para estos días, sin embargo, el noble austríaco ya no era tal y, cumpliendo el juramento de completo anonimato, entró a San Salvador bajo el seudónimo de Justo Armas. 
La primera certeza de la estadía de Armas en El Salvador se sitúa en 1871, cuando participó en una donación de dinero para las fiestas patronales de San Salvador, apenas unos cuatro años después del supuesto fusilamiento del emperador Maximiliano. Durante los primeros años en este país, fue acogido por familias pudientes de la época, especialmente por el vicepresidente Gregorio Arbizú. 
Justo Armas fue apreciado por ser una persona culta, a pesar de haber llegado al país descalzo, particularidad por la que sería siempre recordado. Según se sabe, el andar de esta manera se debía –según sus palabras- para cumplir una promesa a la Virgen del Carmen por haberlo ayudado a salir de un momento de peligro de muerte. Prometió además no revelar nunca su verdadera identidad. 
A través de los años manejó un negocio de alquileres. Según Pachita Tennant Mejía de Pike, quien lo conoció cuando era todavía una niña en San Salvador, tenía además un negocio de atender fiestas o catering. La vajilla que ofrecía era de porcelana de Sévres. Las copas eran de bacaratt, las sillas eran doradas al estilo del Imperio Austro-Húngaro y se dice que era un pariente muy allegado, si no es que el hermano del Emperador Francisco José de Austria, a quien se parecía enormemente. También daba clases de social graces y de protocolo, recién llegado a San Salvador. Sus modales eran sumamente aristocráticos, lo mismo que su manera de hablar alemán, hasta el punto de que en una ocasión vino una comisión de la Casa de Austria, quienes declararon en los periódicos, que él habla de don Justo, era como hablar de alguien que pertenecía a la realeza o a la corte. 
Déneke estaba consciente de que debía hacer pruebas científicas con Armas. No sabía cómo comenzar, a quién acudir, cuánto costaría y, lo más difícil y desalentador, cómo obtener las pruebas de ADN. Los costos eran elevados, además tenía que exhumar los restos de Armas y conseguir una muestra con un pariente de la familia real de Austria para hacer la comparación. Había que esperar. Ante la imposibilidad de practicar los exámenes de ADN en esa etapa de la investigación, Déneke optó por otra de las pruebas. Seguramente los exámenes cráneo-faciales, serían menos complicados. Visitó a doña Alicia Lemus de Arbizú, la viuda de don Ricardo Arbizú Bosque para contarle sobre la investigación. Hay que recordar que la familia Arbizú Bosque fue la que estuvo más cerca de Justo Armas en sus 66 años de vida en El Salvador. 
Ella se mostró muy interesada y le prestó fotos originales para que pudiera hacer la comparación de los huesos de la cara con las fotografías de Justo Armas y del emperador Maximiliano. En el país no había quién pudiera hacerlo. La doctora Hilda Herrera le recomendó a una doctora costarricense llamada Roxana Ferlini Timms que estaba por llegar de visita a El Salvador. Los compromisos de trabajo de Déneke le impidieron enterarse de la llegada de la doctora Ferlini. Pero la llegada de un tío costarricense de su esposa lo acercaría a la doctora Ferlini, quien era sobrina de este tío de su esposa. Con él envió toda la información. La doctora vino al país a los pocos meses. Hizo la comparación sin cobrar nada. 
La prueba consistió en seccionar horizontal y verticalmente las fotografías de los rostros de Justo Armas y Maximiliano y compararlos superponiendo unos a otros. La explicación científica de este examen dice que los huesos de la cara no se modifican cuando una persona termina de crecer, lo que cambia es la piel que se dilata y el cartílago que puede seguir creciendo. La línea de los ojos y las pupilas permanecen igual, no se modifican porque están encajadas en el hueso. El resultado de la prueba llenó de mucha emoción a Déneke por la contundencia de la afirmación de la doctora Ferlini: las partes, los rasgos, encajan a la perfección. Con un 95% de certeza, podía decirse que se trata de la misma persona. Hicieron la misma prueba con imágenes de otra persona llamada Juan Salvador, pero los huesos no coincidieron. Estos detalles eran alentadores y habría que continuar con las investigaciones. La siguiente sería una prueba de escritura. 
A través de la señora Alicia Lemus de Arbizú, Déneke consiguió un cuaderno escrito de puño y letra de Justo Armas. Se lo prestó para que le sacara fotocopia y en él encontró escritos sin sentido lógico para cualquier lector, entre ellos una frase que, amarrada con otras pistas, han llevado al investigador a pensar que se trata de una revelación en clave. En la página 21 dice: “Pedro Cosme se viste de cura y se sale de la cárcel”. La sospecha del arquitecto Déneke es que si Justo Armas era Maximiliano, estaba hablando de él y revelando que salió de la cárcel mexicana disfrazado de cura. 
Sin embargo, el interés de contar con los manuscritos de Justo Armas era para hacer una prueba de grafología. Déneke consiguió la copia de una carta escrita por Maximiliano y fue donde un perito grafólogo en Florida, Estados Unidos. El especialista concluyó que en ambos casos se trataba del mismo trazo, solo que uno escrito por un hombre joven y el otro por un hombre mayor. El grafólogo se comprometía a darle una constancia sobre el resultado de este análisis si le llevaba los originales de ambos escritos. “Yo no los tenía —recuerda Déneke—, pero es algo que puede hacerse.” Un corto paso pendiente de ser recorrido. 
La prueba genética era el mayor reto. Debía exhumarse el cadáver de Justo Armas en el país y luego buscar a un pariente de la familia real de Austria, por la vía materna, para tomar una muestra y hacer la comparación. Esto suena imposible, pero Déneke tenía gestiones adelantadas. En 1997 logró los permisos para tomar la muestra de ADN de Armas. Recuerda que hubo notables personalidades como testigos y un representante de Relaciones Exteriores. Se levantó un acta como constancia de lo que se había hecho. Hizo contactos con el departamento de genética de una prestigiosa universidad de Europa y le dijeron que estaban dispuestos a hacer la prueba. Sacó los permisos y envió el material. 
Faltaba obtener una muestra de un familiar de Maximiliano de Habsburgo por la línea materna, porque el ADN, aunque es individual, es como una huella genética que se transmite de madre a hija, y así sucesivamente. Ya Déneke había visitado Austria y hablado con el archiduque Marcos de Habsburgo en 1994. Le había mostrado cómo tenía la investigación hasta entonces y logró despertarle mucho interés. Después de obtener la muestra de ADN de Armas, estableció contacto con el archiduque y este le explicó que en Austria sería un sacrilegio abrir una de las tumbas de los hermanos de Maximiliano, pues se trataba del emperador de Austria. 
De esa charla surgió la posibilidad de tomar la muestra por la vía de un familiar vivo. Luego de amplias gestiones se logró conseguir una donante de la línea materna de Maximiliano, la princesa Elizabeth de Habsburgo de Mithofer, quien vive en Salzburgo, Austria, para hacer la comparación de ADN. “Desgraciadamente las muestras de don Justo estaban contaminadas y no fue posible concluir en un resultado contundente”, comentó Déneke. Será necesario solicitar nuevamente el permiso de la familia Arbizú para tomar otra muestra de los restos. y a la vez acepta que no necesariamente la comparación de ADN podría ser una prueba irrefutable. Lo que lograría es demostrar que se trata de un familiar de la casa de Austria por la vía materna.

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