sábado, julio 04, 2015

Los que no volvieron

El “Titanic” fue el más connotado naufragio, pero en ningún caso el más importante en pérdidas
humanas. 

VISIÓN DE HORROR. Un dibujo de la época registró el hundimiento del “Titanic” en el que perdieran la vida mil 513 de los dos mil 224 pasajeros. 
Las páginas de la historia de la navegación están tan teñidas de gloria como de horror. Las palabras fuego, icebergs, torpedos enemigos, explosión, tormenta, pueden cobrar en segundos un significado mortal a bordo de un barco. Centenares de veces ellas han dejado truncos los sueños de miles de emigrantes, las ansias de placer de grupos privilegiados, la audacia y el coraje de un conquistador de nuevas rutas, la huida hacia la libertad de los esclavos de un régimen. Sobre distintos escenarios cada naufragio repite idénticas escenas de pavor: despedidas, saltos mortales al océano, la bendición del capellán a bordo, el suicidio de un capitán. Pero también cada naufragio tiene su sello propio, como el sello de la muerte de cada ser humano. 
EL “TITANIC” Y EL ICEBERG DE LA MUERTE Damas elegantemente vestidas; diademas, gargantillas y anillos fulgurantes; capas de piel; caballeros con relojes de oro. La cubierta clase A del “Titanic”, el poderoso y espectacular transatlántico recién fletado por la White Star Line y que cumple su cuarta noche de navegación en un viaje inaugural, entre Inglaterra y Nueva York, parece un castillo encantado. 
CONMOCIÓN MUNDIAL. La fotografía, tomada de la primero página del diario “La Nación”, de Buenos Aires, anuncia la tragedia del vapor “Titanic”. 
Mientras los adultos charlan en cubierta, escuchando le música orquestada, los más jóvenes juegan bridge en el Café Parisién, situado bajo la cubierta B. En la cocina, los maestros ultiman detalles preparando los menús del día siguiente y en los comedores ya vacíos, los chefs comentan la exquisitez de las damas y la prepotencia de más de alguno de sus pasajeros, entre los que figuran la flor y nata de le sociedad neoyorquina y europea: los Astor, los Guggenheim, los Sleeper, industriales, banqueros, editores, nobles... A les 11.10 de la noche de ese 14 de abril de 1912, cuando muchos, especialmente los pasajeros más ancianos, se han retirado a sus camarotes, un golpe continuado y sordo estremece el barco. Alguien recordó el terremoto de San Francisco; una señora dijo sentir “como si el dedo de un gigante hubiera rozado el costado del barco”... “Fue apenas un crujido”, señaló un joven estudiante. Los pasajeros de clase B y C sintieron un desgarrón. Las impresiones fueron tantas y tan distintas como los diversos compartimientos del transatlántico, pero nadie, absolutamente nadie, sintió terror. 
—Chocamos con un iceberg —gritó alguien. La noticia se expandió de boca en boca por el barco. Algunos curiosos subieron a cubierta y un jovencito pidió alegremente a un mozo: “Whisky con hielo de iceberg, por favor...” Algunos trozos de hielo cayeron sobre el barco y los pasajeros se los tiraban unos a otros, con envidiable humor. 
A LOS BOTES. El capitán del “Titanic” fue obedecido, y los náufragos, salvados por el “Carpathia” 
Pero el humor no era compartido por el capitán ni la alta oficialidad del transatlántico. A las 12.15 de la noche, el telegrafista recibió la orden de lanzar las letras “CQD”, llamada de urgencia de aquella época, y luego agregar “MGY”, que identificaban al “Titanic”. Una y otra vez, por seis ocasiones consecutivas, el telegrafista Phillips repitió la llamada. 
El único barco que se encontraba cerca era el “California”, pero el operador estaba agotado esa noche y cerró el transmisor a las 11.30 PM. Ni timbres, ni campanas, ni sirenas. 
La misión era no asustar al pasaje y sólo tripulantes recibieron orden de recorrer el barco y pedir a los viajeros que subieran a cubierta. Las reacciones fueron disímiles; algunos se vistieron como para “un viaje al Polo”, otros salieron en camisones, cubiertos por abrigos de pieles; la Sra. Bishop abandonó 11 mil dólares en el camarote, pero más tarde mandó devolverse a su esposo y recoger su manguito; alguien se llenó los bolsillos de la chaqueta con pesados libros y un estudiante de teología se llevó sólo su Biblia. Cada clase fue fiel a su propia cubierta: la clase A se situó al centro del barco; la clase B, hacia popa; la clase C, más a pope o en punto de proa. 
EN AGUAS DE SOUTHAMPTON. La fotografía corresponde al “Titanic” y fue tomada el 10 de abril de 1912. Cuatro días más tarde, la terrible tragedia de su naufragio conmovió al mundo entero. 
División social a la hora de la muerte, musitó para sí mismo más de alguien. Entretanto, el director de le banda, Wallace Henry Startley, reunió a sus hombres y empezó a llenar el aire con música ligera. Nunca los sobrevivientes de la tragedia se pusieron de acuerdo sobre qué piezas tocó la banda de Startley. Entretanto, llegaron las primeras respuestas a les llamadas de auxilio. El vapor “Frankfort”, de le Norman German Lloyd... 
El “Virginian”, de la Allan Line. Pero las respuestas eran: “Ok... esperamos”. Cuando el telegrafista del “Carpathia”, que estaba a distancia visible del “Titanic”, volvió a su puesto, sintió ganas de charlar y preguntó al teletipista del “Titanic” si sabía algo de unos mensajes privados que iban a pesar desde Cap Race. —Vengan en seguida aquí, fue le respuesta del teletipista Phillips, y dio la ubicación del “Titanic”: 41.46 N, 50.14 W. El telegrafista del “Carpathia” vaciló un segundo: “Si, vamos rápidamente”, dijo en seguida. Entretanto, en cubierta se empezaban a bajar los primeros botes salvavidas. Mujeres y niños adelante..., los hombres, atrás. Empezaron las escenas de miedo; esposos que se despedían, mujeres histéricas, que resbalaban o se negaban a subir. Seis marineros bajan al interior del “Titanic” para abrir los portalones de las cubiertas inferiores y no regresar nunca. El matrimonio Strauss, muy anciano, decide no separarse y esperar “lo que sea” juntos. Tranquilamente, se sientan en cubierta. 
—Pónganse los salvavidas... Suban a los botes... No demoren... 
Las órdenes se suceden vertiginosamente. 
Los botes descienden al océano negro. El “Carpathia” se acerca, pero demora... El “Titanic” se empieza a sumergir... El resto son fantasmagóricas visiones de horror y muerte. Todas ellas pueden resumirse en una sola cifra: 1.513 de los 2.224 pasajeros que iban a bordo perdieron la vida. Los salvados fueron izados al “Carpathia”. 
La imaginación creó anécdotas legendarias en torno a los hechos, pero hubo detalles macabramente reales, como que un magnate subió al bote salvavidas su perro pekinés y una señora se quejaba de haber perdido su bate de encajes. Salvador Guggenheim, prominente personaje, se puso su traje de etiqueta para esperar la muerte.

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