viernes, agosto 14, 2015

El “Jeannette”: Muerte camino al polo

El 12 de junio de 1881, en un punto desconocido, apenas superada la latitud 74°, más allá de le Tierra de Wrangel, entre los hielos pre-polares, muere, aprisionado por casquetes helados, un barco histórico. Grietas dilatadas en las salas de máquinas, los mástiles caídos por encima del puente, la chimenea hundirla. El espectáculo es dantesco. El “Jeannette”, el antiguo yate inglés que el expedicionario George Washington de Long hable rearmado y remozado para acometer un intento de llegar al Polo Norte, era destrozado por el frío abrazo de los icebergs. 
Un poco más allá, y siempre desde le superficie helada, los náufragos del “Jeannette’ bromeaban, reían y escuchaban la música que la boca de uno de su compañeros arrancaba de una armónica. La “fiesta” parecía irreal y grotesca; pero el capitán De Long, con el corazón quebrado de dolor, los comprendía. Habían vivido un año y medio... presos en el interior del barco. Salir de allí, aunque fuera forzados por tan amargas circunstancias, y encaminados, seguramente, a la muerte, era un transitorio alivio. 
En segundos, como viendo le retrospectiva de su propia vida, De Long evocó el inicio de la expedición; el apoyo financiero, dado por James Gordon Bennet, director del “New Herald”, de Nueva York, ese periodista visionario que también había enviado e Stanley a África, en busca de las huellas de Livingstone; el remo. zumiento del antiguo yate inglés “Pandora”, que rebautizaron como “Jeannette”, para el viaje; le selección de sus tripulantes, la figura de su esposa dándole un adiós; la multitud, que abarrotaba los muelles de la Bahía de San Francisco, el 8 de julio de 1879, cuando el “Jeannette” se hizo a la mar; el franqueo del estrecho de Bering; su propio y obsesivo propósito de alcanzar el Polo Norte, sueño ahora muerto, junto con su barco, y el año y medio vivido a bordo del barco, observando el universo inquietante de las auroras boreales; oraciones de Navidad y abrazos de Año Nuevo y ladura, fatigosa tarea de mantener la confianza en el espíritu de sus hombres. 
Pronto el capitán se repone. Es necesario avanzar. Tienen trineos, botes y perros. Embarcan todo en los tres botes. Navegan por un mar salpicado de pedazos de hielo. El 12 de septiembre el bote de De Long, en un hundimiento brusco del sector donde navega, se pierde del resto. Es imposible retroceder. Es necesario seguir; seguir y rezar por los otros. El 10 de julio, un hombre, con voz entrecortada, grita Tierra.Gaviotas, -pájaros bobos y hasta una mariposa confirman el anuncio. Pisan tierra firme. En el recodo de un río encuentran tres cabañas; en ellas, nada de víveres, pero sí un tablero de ajedrez. Pero la tierra no es la vida. El alimento se agota. Dos marineros, los más fuertes, deben partir en busca de auxilio. La estación rusa más próxima está a 95 millas, Casi agonizantes de hambre, caminan por milagro. Encuentran unos indígenas que no comprenden su lenguaje. De pronto, casi como un espejismo, surge la figura del mecánico jefe del “Jeannette”, que comandaba uno de los botes separados por el hielo del de De Long. Los marineros, dirigidos por Melville, intentan que los indígenas los encaminen hacia algún punto a mandar un telegrama de auxilio. 
El auxilio llega en pleno invierno y la mayor parte de los náufragos son repatriados. Sin embargo, el mecánico jefe y otros voluntarios permanecen allí, esperando organizar una expedición en busca de su comandante. Búsquedas desesperadas, retornos al punto de partida; en marzo de 1882 parten nuevamente. Descubren los restos de una gran fogata. Impulsado por un presentimiento, el mecánico jefe ordena remover la nieve. Allí, rígidos, con los rostros intactos, aún crispados, están los cadáveres de George Washington de Long y un grupo de sus tripulantes, Su diario estaba escrito hasta el 31 de octubre, En las últimas páginas, frases cortas, desesperadas, y un apunte minucioso de los hombres que iban muriendo. 
El drama estaba consumado. George Washington de Long no volvería a conjugar otro sueño expedicionario. Se hicieron otras expediciones para buscar el tercer bote, que comandaba el lugarteniente Chips. Nunca se encontraron rastros. Los hielos guardaron el misterio.

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