martes, diciembre 13, 2016

Historia de la salvación

Te voy a contar sobre Ruth la moabita. Le han llamado así porque esta mujer nació en un pueblo
diferente de Israel, llamado Moab. No estaba destinada a pasar a la historia del pueblo de Dios, sino a ser una más del montón que nacen y mueren y se olvidan; como la inmensa mayoría de los seres humanos con el paso del tiempo. Pero Ruth se distinguió por ser piadosa con su suegra Noemí, y esa virtud la hizo destacar y meterse en la historia de la salvación y sobresalir lo suficiente como para ser una de las antecesoras terrenales de nuestro Señor Jesucristo. 
La cosa empezó con una gran sequía en Israel, de las muchas que acostumbran suceder con frecuencia en medio oriente, palestina y todos esos lugares. Un tiempo dejó de llover, las cosechas se perdieron y mucha gente tuvo que buscar otras tierras para poder conseguir el sustento para su vida. Una de esas personas fueron Noemí, su esposo y sus dos hijos. Emigraron desde su tierra en Belén de Judá, a otro país; esa nueva tierra era Moab. Allá encontraron trabajo y vivieron algún tiempo. Los hijos crecieron y se casaron con mujeres de ese país: una de esas dos mujeres fue Ruth. 
Con el paso de los tiempos murió el esposo de Noemí y también murieron sus hijos, con lo que la mujer quedó sola y desamparada y sólo tenía por compañeras a sus dos nueras. En aquellos tiempos se acostumbraba que una mujer no podía estar sola, sin un hombre en la casa. Por ello, Noemí creyó que lo más conveniente era regresarse a Israel y acercarse a la protección de la parte de su familia que se quedó viviendo en la ciudad de Belén, y al hacer los preparativos de su viaje, les dijo a sus nueras que se regresaran con sus papás y que volvieran a casarse y rehicieran su vida, pues ella ya estaba vieja y para ella lo mejor sería regresar a su país. (Rut 1:6-9) 
Una de las nueras aceptó regresarse con sus papás y quedarse en su país, pero la otra, o sea Ruth, no quiso dejar sola a Noemí tomando en cuenta que ya era vieja y débil, sino que insistió en acompañarla siempre y cuidarla diciendo: «No me obligues a dejarte yéndome lejos de ti, pues a donde tú vayas, iré yo; y donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, allí también quiero morir y ser enterrada yo. Que el Señor me castigue como es debido si no es la muerte la que nos separe.» (Rut 1:16- 17) con lo que iniciaron el viaje a Belén. Las dos mujeres llegaron al pueblo muy pobres y sus familiares apenas podían reconocer a Noemí, aquella que había partido hacía mucho tiempo. Cuando llegaron era el tiempo de la cosecha de la cebada. Dios les había mandado a los israelitas que cuando cosecharan, permitieran que los pobres fueran detrás de los trabajadores juntando las espigas que se les hubieran caído. Ruth pensó hacer esto para conseguir comida para las dos, y le preguntó a Noemí si podía ir a conseguir comida, y con el acuerdo de su suegra, lo hizo. 
El campo al que fue Ruth a juntar espigas de cebada, pertenecía a un pariente del ex esposo de Noemí, llamado Booz. Ruth iba detrás de los cegadores buscando alguna espiga que se les hubiera caído. Cuando llegó al campo Booz y preguntó a los trabajadores por aquella mujer, y ellos le dijeron que era la mujer de Moab que había dejado la seguridad de su familia por seguir apoyando a su anciana suegra que había quedado sola. Booz fue a saludarla y le dijo que era bienvenida a juntar espigas en su campo y le deseó que el Dios de Israel, en cuya protección estaba, le pagara con creces la buena obra que ella estaba haciendo por su suegra. A la hora de la comida, la invitó a compartir de sus alimentos. Ruth se guardó un poco de la comida para llevársela a Noemí y cuando se retiró a seguir juntando espigas; Booz les dijo en voz baja a los trabajadores, que discretamente fueran dejando de intención algunas espigas como que se les habían caído, para que Ruth pudiera juntarlas. Al terminar el día, Ruth regresó con Noemí llevando comida suficiente para varios días y la porción del alimento que le había invitado Booz y que ella guardó para compartírselo a Noemí. 
Dios había dado una ley a su pueblo, (Ley del Levirato, Lev 25:25 y Deut 25:5-10) que indicaba que cuando un hombre de Israel muriera sin dejar descendencia, su pariente más cercano debía casarse con la viuda, y al primer hijo varón que tuviera ese matrimonio, le pondrían el nombre del hombre que murió y se consideraría legalmente como su hijo, de tal forma que su nombre no se perdiera de entre los hijos de Israel y sería este bebé el que se quedaría con su herencia. De acuerdo con esta ley, algunos de los parientes del esposo de Noemí, deberían de casarse con Ruth para evitar que se perdiera su nombre y para proteger a las viudas. 
Noemí dijo a su nuera: “Hija mía, yo quisiera conseguirte un lugar seguro, donde puedas ser feliz”, y como Booz era uno de los que debían rescatarlas, entonces le dio a Ruth estas instrucciones: Le dijo “Lávate, perfúmate, vístete lo mejor que puedas y vete a su era, pero no te dejes ver hasta que haya terminado de comer y beber. Fíjate bien dónde se va a acostar, y cuando ya esté durmiendo, acércate, levanta las mantas que tenga a sus pies y acuéstate allí. El te dirá entonces lo que debas hacer (Rut 3:1-4). Booz comió, bebió y se fue a dormir en un montón de paja y cuando ya estaba dormido, Ruth se acercó cautelosa, levantó la manta con que él se cobijaba y se acostó a sus pies. 
A la mitad de la noche, Booz despertó y se dio cuenta de que una mujer estaba dormida a sus pies. Le preguntó quien era, y ella se lo explico, y le dijo que lo había hecho porque a él le correspondía rescatarlas. Booz se maravilló de que siendo Ruth una mujer joven, se hubiera fijado en un hombre maduro, pudiendo haber escogido algo más acorde con su edad; le explicó que había otro pariente a quien correspondía en primer lugar el rescate, pero le aseguró que de no hacerse responsable el primer obligado, él lo haría. Siguieron durmiendo cada cual en su sitio y antes del amanecer, Booz despidió a Ruth dándole una bolsa de cebada. 
Cumpliendo con lo que había dicho, Booz se sentó junto a la puerta de la ciudad a esperar a que pasara el pariente a quien correspondía en primer lugar, rescatar Noemí y a Ruth. Cuando éste llegó, Booz, de acuerdo con las normas aplicables para el caso, llamó a diez ancianos y delante de ellos le comunicó al pariente la situación de las mujeres y le recordó que él era el primer obligado y que sólo de no aceptar él cumplir con su obligación, entonces el siguiente obligado sería Booz. El pariente dijo que no quería meterse en conflictos con su propia familia, por ayudar a Noemí y Ruth. Entonces, Booz dijo a todos los que estaban presentes: «Ustedes son testigos de que hoy día Noemí me ha vendido todo lo que pertenecía a su marido y a sus hijos, 10 y de que también he adquirido a Rut, la moabita, para conservar el apellido junto con la propiedad del difunto y para que su nombre esté siempre presente entre sus hermanos, cuando se reúnan a la entrada de la ciudad.» (Rut 4:1- 10) 
Booz se casó, pues, con Rut. Yavé permitió que quedara embarazada y que diera luego a luz un niño. Al saberlo, las mujeres felicitaban a Noemí diciéndole: «Bendito sea Yavé, que no ha permitido que un pariente cercano de un difunto faltase a su deber con éste, sin conservar su apellido en Israel. Este niño será para ti un consuelo y tu sustento en tus últimos años, pues tiene por madre a tu nuera, que te quiere y vale para ti más que siete hijos.» Noemí se llevó al niño, lo recostó en su falda y se encargó de criarlo. Las vecinas decían: «A Noemí le ha nacido un hijo.» Y lo llamaron Obed. Obed fue el padre de Jesé y éste padre de (el rey) David. (Rut 4:13-17) 
Así sucedió que, una mujer extranjera que fue compasiva con su suegra vieja y sola; por su piedad y amor filial, llegó a ser parte del pueblo de Dios; fue bisabuela del Rey David y por ello antecesora de Nuestro Señor Jesús. Ruth es una de las cuatro mujeres que se mencionan en la genealogía del Señor. (Mt 1:5) 

Javier Contreras

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