sábado, marzo 04, 2017

El hijo del hortelano

Por José Alvarado Montes

En un abrir y cerrar los ojos se nos pasa el tiempo, se va la vida y llega la muerte, a mi entender, la vida es una cadena de olvidos, aciertos, ilusiones, proyectos, recuerdos y promesas, muchas no cumplidas y con la prisa que vivimos se nos olvida hasta que vamos a morir.
La muerte en el cristianismo hizo su aparición en el relato de la desobediencia del hombre, en el libro del Génesis en donde Dios prohibió a Adán y a Eva comer el fruto del árbol del conocimiento. Tras desobedecer, los padres de la humanidad fueron expulsados del Paraíso y condenados a padecer la muerte corporal. Tomando como partida este episodio, filósofos y teólogos cristianos dedicaron extensas obras a reflexionar sobre la muerte y el misterio de la vida después de ésta, en la búsqueda por volver a alcanzar el perdido estado de gracia. Entre los autores sobre esta materia destacan: San Cipriano de Cartago, Ambrosio de Milán, San Agustín de Hipona, concordando todos. Creo que después de la muerte le quedaba otra vida a nuestra alma y el premio o castigo correspondiente a sus obras. 
La verdadera vida está aquí en la tierra y consiste en cumplir con la misma, la que fue creada por los dioses que hay que venerarlos y alimentarlos, lo que para tal cosa, los humanos deben propiciar que la vida se tiene que combatir todo lo que atente contra ella, costumbre en la mayoría de las culturas prehispánicas aun en uso entre ellos sus difuntos son considerados deidades protectoras, los descendientes tiene una especie de miedo y reverencia y creen que si son descuidados, si no se les venera y adora, después de su muerte estos puedan causarles enfermedades e infortunios. La tumba de mayor antigüedad hasta hoy corresponde al hombre de NEANDERTHAL y a través del estudio de ésta se ha inferido que el acto de sepultar a los muertos se trata de una práctica ritual debido al acomodo de los cuerpos. En algunas tumbas se acompañaban de ofrendas florales, alimentos, armas, ropa ostentosa e incluso piedras preciosas que adornaban su morada. 
Durante el siglo XVII, ya instalado el cristianismo en América, la muerte se convirtió en un proceso estrictamente regulado por el Clero, lo que trajo un cambio profundo de las costumbres y prácticas de los indios. Se exigió enterrar los cuerpos de los difuntos en templos e Iglesias y se comenzaron a regir por un reglamento sumamente estricto. Los difuntos no podían ser enterrados en el campo, sólo a los infieles se les enterraba en lugares lejanos. En 1555 el primer Concilio Mexicano estableció que carecerían de eclesiástica sepultura aquellos que no se hubieran confesado y recibido el sacramento de La Eucaristía en el último año de su vida. En 1583 a este mandato se agregaron los excomulgados, los censurados, asesinos, suicidas, y aquellos que murieron sin haber sido bautizados, no deberían estar en público sino ocultos para que los fieles vivos no recordaran sus fechorías, por lo que sus cuerpos eran tirados en barrancas, o a campo raso. 
Para la sepultura dentro de los templos los lugares más importantes, escogidos por los ricos, eran los más cercanos a las reliquias o al altar donde se celebraban los oficios divinos. Los pobres eran sepultados en atrios o jardines de los templos o conventos, mas las frecuentes pestes que cobraban cientos de víctimas, los olores y la insalubridad generaron molestias o infecciones en los vivos. Así surgió la necesidad de crear cementerios fuera de las poblaciones. Esos fueron los primeros pasos de la higiene pública. 
Cuando era niño mis juegos infantiles los desarrollaba en el jardín del hospital, el río y las huertas, de preferencia la de Don José L. Padilla, y se unían a los juegos los hijos de la familia. Un día nuestra diversión se suspendió, pues había fallecido un niño. Con curiosidad seguí con atención todo lo que sucedía. Al cuerpecito lo tendieron en una mesa, al tiempo que recitaban en vos alta algo que no supe si era una oración, canto o alabanza, de lo que esto recuerdo:

Vamos en nombre de Dios
a vestir a este Ángel bello
de la punta de los pies
hasta el último cabello.

Ángeles y serafines
acompañen este altar,
¡ah! qué dicha de padrinos
que un Ángel van a entregar.

Recibe palma y corona
hasta de dos mil primores
Ángel que vas para el cielo,
niño cubierto de flores.

Los padrinos con las flores
con gran gusto y contento,
pues ya van a entregar
aquí el primer sacramento.

El niño fallecido era

EL HIJO DEL HORTELANO

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