martes, junio 06, 2017

En el pueblo de San José

En el pueblo de San José, vivían muchas personas, (como en todo pueblo decente debe suceder), pero
de todos los habitantes habidos o por haber en esa localidad, la que a nosotros no interesa, es la niña María, porque de ella trata este relato, y porque si no la mencionamos, se nos acaba el cuento antes de empezarlo. Pues resulta que la niña María era feliz porque tenía novio y porque esperaba que su amado, que estudiaba en la gran ciudad, viniera pronto; y esto de tener novio no era algo de lo más común, puesto que el grueso de los jóvenes varones se alejaban en la pubertad de su lugar nativo, los más, a trabajar “al otro lado”, los menos, a trabajar de taqueros en el DF o en Guadalajara y los menos menos, a estudiar en alguno de los seudo seminarios que la organización religiosa dominante tenía sembrados por todo el territorio nacional y era el único lugar a donde los jóvenes sin recursos podían acudir para continuar sus estudios después del nivel básico elemental que se podía lograr en San José; con lo que se quedaba el pueblo lleno de mujeres solitarias, con la única compañía de sus esperanzas en que el esposo regrese cuando quedó y no se encuentre a alguna “güera” distraída que le ayude a olvidar su compromiso, o el novio mantenga en su memoria la vieja sentencia que dicta la sabiduría popular: “que no te engañen las de la ciudad, por más bonitas que parezcan, puesto que cualquiera de las de acá, vale por diez de aquellas”. 
María contaba el tiempo que faltaban para el feliz regreso de su enamorado, y todos las mañanas al caminar por las solitarias madrugadas camino al molino, con su almud de nixtamal a cuestas, iba diciéndose a sí misma que en tantos días vendría su amado, y se platicaba divertida, las cosas que charlaría con él, y se imaginaba lo que comentarían mientras se tocaban las manos a las escondidillas, y se reía imaginando las travesuras que deberían de inventarse para poderse ver sin que se percataran de ello los mayores; y seguía soñando y pensando y imaginando, mientras que su corazón hacía sonar toda la orquesta sinfónica de San José, que sólo existía en su cabeza, pero que para ella, eso era un asunto de la menor importancia, porque la música la traía consigo todo el tiempo y esperaba y esperaba, viendo como se alargaban los días como si fueran de chicle, dilatando el momento del feliz encuentro… Y todo ello sucedería muy pronto. 
La niña María recibía cartas que su amado le enviaba con frecuencia. En ellas, él hacía gala del lenguaje más florido y poético que ella podría alguna vez escuchar; en la que le juraba su amor incondicional y le hablaba a su vez de lo difícil que le era esperar el tiempo que faltaba para poder verla. Sus amigas le decían: que qué suerte tenía ella de tener un novio como ese: que la amaba tanto, que le dedicaba palabras bonitas, que le escribía seguido, que le decía que siempre pensaba en ella, que ansiaba volver a verla… que contaba los minutos para el reencuentro. 
Y llegó el día del regreso tan anhelado. Todos sabían que no había hora precisa en que llegaba “la Jaula”, el viejo camión amarillo en el que viajaban todos los que entraban o salían del poblado; porque se venía dando tumbos y esquivando baches y subiendo y bajando gente en cada árbol y en cada casa que se encontraba en el camino, y por ello María volteaba ansiosa hacia la alta colina que dominaba el caserío, por donde sabía con certeza, debería de aparecer el “autobús” anhelado. Y esperaba y pensaba y volteaba y volvía a esperar y a pensar y a voltear, hasta que por fin vio a lo lejos la maravillosa silueta amarilla del viejo cajón de hojalata oxidada que tanto esperaba. Ella sabía que no podía ir a la parada del camión a encontrar a su novio, pues la rígida etiqueta social del pueblo se lo impedía. Era “incorrecto”, pues iba contra la moral y las buenas costumbres, de no sé qué conjunto de comadres solteronas y “muy correctas” que vivían sabe dios donde o eran invisibles, pero para el caso daba lo mismo: el punto es que la niña María no podía ir a la parada del camión a esperar a su novio, aunque tuviera “siglos” sin verlo y aunque se hubiera cansado de esperara y esperar y esperar, y aunque se la comieran las ansias por verlo. ¡Ni hablar! Debía ser paciente y volver a esperar, y esperar y esperar hasta que se hiciera oscuro y entonces su enamorado pudiera ir a verla a escondidas. Y María esperó y esperó y esperó hasta que fuera la hora adecuada y mientras tanto hizo sin hacer, las mil y un cosas que hacía siempre en su casa y que hoy estaban hechas desde temprano para estar lista para el feliz momento… pero algo había que hacer para hacer bolas al canijo tiempo que ¡ha como le gusta estirarse cuando no debe! 
Y sucedió, y sucedió, que se llegó la hora y el galán no aparecía, y María se asomaba a ver, sin poder ver nada, pues la mortecina luz del poste de la esquina, era más simbólica que efectiva; y se daba vueltas y se volvía a asomar para ver si ahora sí lo veía venir, pero ella seguía sin poder ver nada, porque el tipo no aparecía. Entonces empezó la hora negra de la preocupación, pues sin ninguna explicación posible, el tipejo no llegó a la cita. Y no era posible que se hubiera perdido, pues le bastaba con seguir el sonido del tambor del corazón de María, que de seguro que se escuchaba por todo el pueblo y localidades circunvecinas, para haber encontrado el rumbo, pero no; el tipo no llegó. 
María sabía que sí había arribado al pueblo, pues su amiga Jacinta así se lo había asegurado, pues lo vio bajarse de la “jaula” entre el gentío de los que llegaban y el de los que se iban y el más gentío de los que iban a recibir a los que venían y de los que iban a despedir a los que partían, y lo vio alejarse a la casa de su mamá con su escuálida maleta de estudiante en vacaciones. Pero el punto es que ahí estaba María pegada a la parte interior de la puerta, con el oído atento a todos los posibles ruidos que se pudieran interpretar como pasos de enamorado distraído que se acerca, o posibles silbidos tenues en clave, de esos que les gusta volar por entre los montes y las barrancas y salvando mil obstáculos logran ser escuchados por los enamorados en la distancia, pero que tienen la gracia de no ser oídos por los papás celosos; pues es sabido de toda sabiduría, que entre más se oponga un viejo huraño a la felicidad de los jóvenes, más se agudiza el ingenio de los enamorados para lograr su objetivo y más sordos se vuelven los necios, que le dan más valor a las arcaicas costumbres por las que en su tiempo ellos mismos batallaron, que a la magia del encuentro de dos que se aman. 
Al otro día muy temprano, María le confió su angustia a su amiga Jacinta, y ésta solícita se ofreció a investigar cuánto pudiera de tan delicada cuestión, y así averiguó y averiguó y se enteró que el muy sin vergüenza del “enamorado”, no había ido a verla, “aunque sí era su intención hacerlo”, porque se la pasó oyendo por radio un partido de las chivas, “que estuvo muy bueno por cierto”, y que para cuando el mugre partido se hubo de haber terminado, ya era muy tarde y pues ni modo de ir a esa hora, que si no, con mucho gusto hubiera ido, que al fin que ya sabía ella, que para él no había cosa más importante en el mundo que su adorada novia. 
Y así, por sécula seculorum sucedió, como acto normal de la cotidiana vida de la niña María, que ella vivía el día pensando esperanzada en que ahora sí vendría a verla su mugre novio, y el infeliz, las más de las veces, no le alcanzaba el tiempo para ir a verla, porque el día que no había un partido de futbol, se le pasaba el tiempo leyendo y para cuando se daba cuenta ya era bien tarde, que si no… o bien de camino a verla se encontraba en la calle a su amigo fulano o tal vez a sutano, a los que desde luego tenía mucho tiempo sin ver, y se habían enfrascado en una plática bien amena sobre la inmortalidad del cangrejo; total, que para no hacerte el cuento largo, el “bebé” no llegaba con la niña María y ésta todos los días, se quedaba arreglada y esperando a aquel que “la quería mucho”, pero siempre tenía cosas más importantes que atender. 
En la vida de muchas parejas, llega a suceder así: que uno de los dos es un bebé en cuerpo de adulto,

y la gente se confunde y vive engañada porque le ama y siempre está pensando que aquel tuvo un comportamiento irregular, pero fue sólo por hoy, pero que para mañana se compone; no obstante, se engaña a sí mismo quien piensa de ese modo; pues el que es capaz de mentir una vez lo podrá hacer dos veces, y quien lo hace dos, lo hará infinitamente; y del mismo modo, quien a su pareja le dice que le ama, pero la pone en segundo lugar después de sus intereses personales, jamás se compondrá: siempre habrá algo más importante que su pareja. En este caso nunca podremos hablar de un comportamiento de adultos, sino del comportamiento típico de un niño con su mamá a la que sólo acude cuando tienen hambre, pero no se acuerda de ella mientras está jugando; o del comportamiento típico de una niña para con su papá, al que sólo acude mientras necesita algo, pero una vez satisfecha su necesidad, se retira a seguir jugando o a sus intereses. 

Veámonos en los zapatos de la niña María y de su voluble novio, y preguntémonos si acaso alguna vez hemos actuado como uno de ellos; porque en todos los casos en los que a alguien le toca el papel de María, y aguanta y aguanta; hay un día en que dice ¡basta!, y la presa se revienta y desborda toda la decepción acumulada; y el día que esto sucede ya no hay marcha atrás. Y cuando ella por fin se decide a mandar al cuerno a su infeliz “enamorado”, éste se deshace en llanto y anda por todas partes platicando a los amigos, que María cambió de repente, que rebién que se la llevaban, que todo marchaba viento en popa, hasta que la “mala” de María irrazonablemente decidió cambiar… sí, seguramente las malas compañías la hicieron cambiar… porque tan buena que era antes, y tan bien que nos la llevábamos… 
Javier Contreras

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