sábado, septiembre 09, 2017

Luis Moreno Pérez

Por José Alvarado Montes

La historia registra la evolución del hombre en el universo. De entra la historia nacional, la regional y la local es esta última la que más me interesa, ya que nuestra localidad, renacida bajo la sombra de un santuario, tiene historia, mucha historia. Una historia llena de armas, de muertos, de sangre, de lágrimas y luto, de esclavitud, de poder, de ambición, de rezos, de dinero y de ingratitud, mas estoy seguro que no sé toda la historia de mi lugar de origen y que no alcanzaría toda mi vida para conocer, mucho menos para escribirla. De esta historia local sólo conozco fragmentos de libros, diversos documentos, lo que he vivido y la memoria oral de la colectividad que he escuchado con atención. 
En las décadas de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, localmente era muy frecuente oír para ofender a una persona, decirle MECO (que significaba indio chichimeco, bruto, incivilizado), porque siempre ha existido gente racista que cree ser de sangre azul, lo cual es un mito y una falsedad. 
Este lugar, como en todas partes, ya no es el mismo, todo se ha transformado, sólo quedan los recuerdos de otros tiempos. Estos cambios los sufrieron también nuestros antepasados cuando llegaron a estas tierras hombres y bestias que nunca habían visto, acompañados de aliados tan crueles como ellos. Con las armas de fuego y las espadas de acero casi los aniquilaron, ya que ellos sólo tenían armas de madera y piedra para su defensa. Los esclavizaron, robaron sus tierras, violaron a sus mujeres, sus hijos fueron asesinados, dieron el título de brujos a sus líderes, les impusieron por la fuerza una nueva religión y les hablaron del diablo. Para ellos fue el fin del mundo. 
Documentos de la época señalan que Fray Tomás de Ortiz sostuvo en presencia del emperador Carlos V que los indios de las tierras descubiertas eran siervos por naturaleza, con lo que los trataron como bestias de carga, haciéndolos trabajar bajo el látigo hasta morir de dolor o de fatiga. Fray Bartolomé de las Casas, testigo de la mortandad causada por la crueldad y ambición de los conquistadores, comenzó su defensa e inspiró a Don Vasco de Quiroga a hacer lo mismo, hasta que el Papa Paulo III declaró en una bula solemne que los indios eran seres humanos dotados de alma y razón. 
En plena época colonial nación don Miguel Hidalgo en 1753 en la Hacienda de Corralejo. Escogió la carrera eclesiástica. Alumno y director del Colegio de San Nicolás. Cura en diferentes parroquias, entre ellas la de San Felipe Torres Mochas. Su vida cotidiana no era tan diferente a la de los demás clérigos. Él fue un aficionado a toda clase de juegos de azar y como tal disipado y libre. Muy alegre en su trato con las mujeres. Le gustaba la diversión. En su casa había músicos y música, juegos y fandangos continuos, pero era reconocido como uno de los mejores teólogos de su diócesis. Hombre de grandísima literatura, gran cultura y vasto conocimiento en oficios. Quizás harto de tantos fueros y privilegios de unos cuantos comenzó en 1810 la lucha para liberar a un pueblo sometido por un rey extranjero. Su lucha, prisión y muerte y la de sus principales seguidores es muy conocida. 
Hubo otros hombres que continuaron su lucha, entre ellos, Don Pedro Moreno, casado con Doña Rita Pérez, hijos ambos de familias hacendadas, pero sensibles a los sufrimientos, miseria y esclavitud de sus semejantes. En 1814 ya tenía varios parientes y amigos interesados por los aires de independencia. Un año después en su hacienda La Sauceda armó a sus sirvientes y seguidores y se rebeló contra el gobierno virreinal dejando en libertad a su esposa de regresar a la casa de su madre o seguirlo. 
Luis, su segundo hijo, nació el 4 de enero de 1803 en la entonces villa de San Juan de los Lagos, en la casa de su abuela materna. Pasó su niñez entre San Juan, la hacienda de su padre y la de su abuelo. Fue educado con esmero. Conoció las faenas del campo y la ganadería. Montaba a caballo. Conoció el manejo de las armas de fuego, la defensa y el ataque con espada y lanzas que ejercitaba con sus compañeros y peones. Con todo conocimiento del riesgo que corría se unió a su padre en el Fuerte del Sombrero, ya que sus ansias de libertad eran una fuerza que lo impulsaba. Por tres años peleó contra los realistas. Vivió los horrores de la guerra, pero nunca se desanimó. 
El 10 de marzo de 1817 se encontraban los insurgentes en el fuerte La Mesa de los Caballos, comandado por un hermano de Don Pedro. Fueron atacados por realistas. La batalla fue muy encarnizada. La superioridad en armas y en hombres vencieron a los defensores. Los que sobrevivieron al ataque fueron pasados después a cuchillo. Los cadáveres quedaron tendidos en el campo raso. El cuerpo de Luis, quien se encontraba en esa batalla, nunca fue encontrado. 
En San Juan de los Lagos, su pueblo natal, su memoria histórica ha sido cubierta con el velo del olvido, tan propia de este lugar para con sus hijos ilustres. Su vida, ¿quién la divulga? Su muerte, ¿quién la lamenta? En su tumba, ¿quién llora? No lo olvides, su nombre, Luis Moreno Pérez.

Monumento a Luis Moreno Pérez en Lagos de Moreno

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