viernes, octubre 06, 2017

La máquina que leía la mente

En un lugar del mundo que no era la Mancha, pero que tampoco quiero acordarme, hubo tiempo ha, fantásticamente hablando, una máquina que podía leer la mente humana, y con ella se podía conocer los pensamientos más secretos del alma y leer ese lenguaje desconocido con que hablan los corazones y que a veces, como cuando alguien es capaz de amar de verdad, puede leer con fluidez en la mirada y en los gestos de la persona amada; pero que mientras no se da esa condición, es un lenguaje críptico para los profanos, como las rayitas sin sentido que vemos en los abecedarios de idiomas lejanos a nosotros. 

Del archivo de la máquina, - de entre su rico anecdotario-, extrajimos algunas muestras que ahora compartimos con vosotros, nuestros amables lectores, para que veais como, a consecuencia de nuestro analfabetismo emocional; a veces, queriendo componer las cosas, las descomponemos más de lo que están… y luego no entendemos qué nos ha salido mal. 

La visita de Mariquita a su hermana 

Mariquita fue a visitar a su hermana la norteña. Después de la primera noche de su estancia allá, a la mañana siguiente, la casera se despertó temprano y empezó a arreglar su casa haciendo un poco de más ruido de lo normal. Mariquita se despertó molesta pensado en lo descortés de su hermana que no tenía consideración de la visita dormida y a una hora inoportuna estaba haciendo sus quehaceres domésticos, y además, haciendo un ruido mayor de lo necesario. Por cortesía no le dijo nada, pero se guardó para sí el pensamiento de que su hermana era muy escandalosa, inoportuna, descortés con las visitas y etcétera, etcétera, etcétera… 

Pero la máquina que leía el pensamiento nos dice, que la hermana de Mariquita, como casi todas las personas de este mundo, tenía una enorme necesidad de aceptación de parte de los demás; quería ser considerada por todos como llena de virtudes, como persona más allá de lo aceptable, como deseable, como popular, como que todos le tuvieran en alto concepto; y partiendo de esto y de que en su cultura se hablaba de la enorme virtud de las mujeres laboriosas, ella quiso ponerse a arreglar la casa temprano pensando en causarle una buena impresión a la visita, y que al regresar a su pueblo ésta, se fueran diciendo de la anfitriona; que qué trabajadora era, que habiéndose acostado tarde por atender a sus huéspedes, no tenía ningún reparo en madrugar para tener la casa impecable y el desayuno preparado, para cuando todos despertaran; y hacía ruido además, porque deseaba llamar la atención y quería en su yo interior que todos dijeran: mira, yo aquí muy agustito en la cama debajo de mis cobijas y la virtuosa de mi hermana tan temprano que está trabaje y trabaje. 

Una hizo el ruido queriendo llamar la atención a su laboriosidad, esperando recibir unos elogios tan necesarios en su vida, y en la de casi todos los humanos, tan indispensable a su alma como el masaje y el descanso lo es a los músculos. La otra, con su corta vista, sólo se incomodó por que la despertaron antes de tiempo, fingió indiferencia ante el asunto por elemental cortesía y en la primera oportunidad se pintó de colores y dio por terminada la visita… y regresó a casa llevándose entre su equipaje mental el concepto de que su hermana era una inoportuna y desconsiderada con la visita, en tanto que ella había hecho un largo viaje desde el infinito y más allá, sólo pensando en visitar a su querido familiar. 

Si Mariquita hubiera tenido la máquina que leía la mente humana, sabría que en realidad su hermana, en su idioma de necesidad, le estaba diciendo que necesitaba un elogio, un pequeño reconocimiento a su vida diaria, y que lo pedía a gritos, y que lo deseaba mucho, mucho, aunque fuera uno bien pequeñito, lo suficiente para cargar su batería, y seguir bogando por esta vida matraca. Pero no, no lo supo, y por ese pequeño detalle de la incomunicación humana; la petición que una intentó transmitir a la otra con sus actitudes, sólo consiguió distanciarlas más entre sí y dejarlas a ambas con su mutua hambre de aceptación social. Aunque este alejamiento emocional de las personas, frecuentemente se disfraza y se disimula con los gestos de cortesía que la cultura nos ha enseñado a tener para con nuestros familiares cercanos; y que por lo general, nos hace suponer que las relaciones al interior de las familias están mejores de lo que en realidad son. 

Los que estaban casados 

La señora recibió a su marido en casa gritándole a voz en cuello que se regresara con sus viejas y prostitutas donde se pasaba el tiempo tan a gusto, porque esa era una casa decente y ahí vivía una familia bien hecha y de buenas costumbres; el marido sólo se le quedó viendo, se dio media vuelta y se fue a dormir a un hotel… y eso sucedió un montón de veces antes de que el matrimonio de disolviera por completo y de manera irreparable. 

Cuando platicamos con la señora tiempo después, ésta nos comentó que el matrimonio se había disuelto por la constante falta de su esposo a la consideración que debía a su esposa y a la familia; porque él frecuentemente se la pasaba en fiestas y parrandas donde siempre había mujeres de dudosa moral, lo que generaba un ambiente del que se debía sospechar todo; pero que por más que ella le dijo a su marido que se compusiera, éste no puso el empeño necesario y al contrario; a veces, apenas llegaba a la casa y cuando ella intentaba hablar, él sin decir nada, se regresaba a continua con su vida de perdición, por lo que no hubo más alternativa que disolver el matrimonio. 

Cuando pudimos platicar con esposo, éste nos dijo que la mayor parte del tiempo él estaba trabajando para su familia y que cuando llegaba a la casa a descansar y a convivir con ellos; su esposa lo recibía a gritos reclamándole su constante ausencia de la casa y diciéndole que su tardanza en llegar se debía a que él andaba de parrandero. Él dice que deseaba platicar y explicarle a su esposa el motivo de su tardanza en el trabajo, pero ella no estaba para dialogar y sólo le gritaba en un volumen de voz que bien podrían estar escuchando los vecinos y que entonces, él, para no hacer el asunto más grande, se salía de la casa y se iba a dormir a un hotel. Y esto sucedió así muchas veces, hasta que el asunto reventó con la única solución que se podía esperar. 

Cuando vimos el asunto en la maquina que leía la mente, supimos que el marido tenía un trabajo en el que frecuentemente debía atender a personajes que venían de otros lados, y la atención implicaba llevarlos a comer y con frecuencia tomaban alguna copa o dos junto con los alimentos. En ocasiones la comida se hacía al salir de trabajar y esto daba a la esposa la impresión de que el tipo era muy parrandero y que en vez de irse directo a su casa después del trabajo, éste prefería irse de juerga con sus amigotes. 

La máquina tiene registrado que el marido quería y necesitaba mucho a su familia, que se preocupaba por ellos y que por eso no abandonaba el trabajo que tenía, pues de ahí salía el sustento familiar: él pensaba que se partía el alma por ellos, a veces teniendo que convivir con personas poco escrupulosas, en ocasiones tendiendo que acompañarlos con algún licor, aún sin que le apeteciera hacerlo; y cuando por fin llegaba al remanso de paz del hogar, su esposa lo recibía gritándole su indignación porque el niño se cayó de su silla y le salió sangre del raspón y ella lo necesitaba a él para sentirse apoyada y descansar, pero él no llegó en toda la tarde y ella explotó y lo recibió a gritos. 

Si el marido hubiera sabido lo que estaba registrado en la máquina, sabría que su esposa lo amaba mucho, que anhelaba verlo llegar del trabajo y sentir su compañía y apoyo. Que le preocupaban sus constantes tardanzas y en su desconocimiento de las necesidades del trabajo de su marido, se le figuraba que él se tardaba sin justificación o hasta por ser desconsiderado con su esposa. Ella se daba cuenta que con frecuencia él olía a licor y suponía que había estado en una fiesta, y concluía que por supuesto que debieron tener compañía femenina; y entonces se sentía desplazada y sumamente celosa y conforme avanzaba la tarde, las sospechas y la ira se amontonaban en su mente hasta el punto de hacer explosión y no permitirle el razonamiento… y entonces cuando él llegaba, ella ya no estaba para dialogar sino que le dirigía toda la artillería de su temor y coraje acumulados. 

Él, que llegaba de todo un día de estar atendiendo a sabe Dios cuántos tipos insolentes y anhelando descansar en la paz de la familia, se encontraba con una esposa furibunda a la que le quería explicar el motivo de su tardanza pero que no le daba chanza de hablar porque le interpelaba a gritos: “y no me interrumpas que ya me tienes hasta la madre, lárgate con tus prostitutas con las que te has pasado la tarde” y otras cosas más por el estilo, que no veía otra opción más que callarse y retirarse de la casa como única forma de parar la perorata de su mujer. 

Si el marido hubiera tenido la máquina que leía la mente, sabría que en sus voces de indignación, ella estaba clamando a gritos que se sentía insegura por sus constantes tardanzas, que temía perderlo, que lo amaba con un amor del tamaño de sus gritos, que necesitaba sentirse amada y que quería que él al llegar le dijera que no tuviera pendiente, que ella era su única razón de ser, que la amaba, que no podía tener ojos para otra, que involuntariamente la dejaba toda la tarde sola… que también la necesitaba para poder vivir… que la amaba… que la amaba… que la amaba… 

Todo se hubiera arreglado si desde la primera vez que ella explotó, él hubiera podido dejarla desahogarse y luego le hubiera dicho que ella era el sol de sus días, que la necesitaba…que ella era insustituible en su vida, que no la podría cambiar por nada, que nadie podría llenar el espacio que ella ocupaba en su corazón, que durante todo el día esperaba el feliz momento de regresar con su esposa y sus hijos… todo se hubiera arreglado en la familia si hubieran podido platicar, si hubieran podido saber lo que había en el corazón del otro… habrían luchado juntos para salir adelante … pero no, él no sabía nada de lo que tenía ella en su mente. Y acabó destruida la familia y todos sus miembros lastimados y con suficientes cicatrices en el alma, como para que cuando a su vez quieran formar familia, en la primera vez que su pareja reclame algo, se abra de nuevo la herida y empiece con dolor a sangrar. 

Hay quienes piensan que su pareja “les salió mala”. No saben que la están viendo con los ojos inundados de lágrimas del pasado, de un pasado tan lejano que ya ni lo pueden recordar… pero que a la primera oportunidad, salen las lágrimas no vertidas, el llanto silencioso que nunca fue enjugado… todos los “te quiero” que siempre quisimos oír como un trago de agua en el desierto, pero que en vano esperamos con la lengua seca; todas las palmadas que nos negó la vida… y que ahora injustamente reclamamos a nuestra pareja… y todo porque no sabemos lo que tienen en su mente; y todo porque no sabemos que vemos la vida a través de las lágrimas no solucionadas en el pasado. 

Por eso conviene que todos seamos tratados por un psicólogo; para que nos ayude a ver los episodios del pasado que nunca atendimos y que hemos olvidado y que por ello creemos que nunca existieron; pero que ahí están, agazapados, haciéndose patos, fingiendo que no existen, pero listos a saltar en la primera oportunidad; para enredarse con las nuevas situaciones y para que no entendamos cómo, a veces, se hace un problema enorme de algo que no valía la pena. 

Javier Contreras

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