sábado, junio 09, 2018

La amnistía, solución constitucional

La palabra que más resonó en el reciente debate presidencial fue amnistía. En un alarde de ignorancia y mala fe, el aprendiz de fascista Ricardo Anaya condenó esta figura sin el menor análisis; mientras el chacal de Nuevo León propuso una pacificación medieval basada en mutilaciones, lapidaciones y penas capitales. Por ello es indispensable precisar el concepto. La amnistía no es otra cosa que la condición para transitar de un estado de guerra a uno de paz.
Tolstoi, lejos de describir la guerra como una virtuosa experiencia donde se forja la grandeza de un país, expone la monstruosa sangría que acarrea y las indescriptibles penurias que golpean a la sociedad. La estupidez macabra de quienes desatan los cataclismos armados en nombre del patriotismo y valores marciales.
La tranquilidad pública deriva esencialmente de la cohesión social y de la búsqueda infatigable de la verdad. Este es el tema central para entender al país y resolver sus problemas. Estamos envueltos en el culto a la violencia de Estado que desató Calderón, quien debiera ser juzgado por su irresponsabilidad incendiaria. La torpe continuidad del peñismo produjo, en un periodo equivalente, tantos muertos como una revolución prolongada. Esa estrategia se impuso desde el exterior. Es resultado de las servidumbre que pactamos con la política de seguridad de Estados Unidos en el TLCAN, el ASPAN y la Iniciativa Mérida. Antes, la violencia en México se encontraba en “niveles mínimos históricos”, por lo que no había crisis de seguridad que justificara el despliegue de Fuerzas Armadas.
Es imperativo cancelar la estrategia fallida. Aplicar mecanismos de paz previstos por la ONU en casos como el nuestro. La amnistía es un paso ineludible. En su etimología griega significa “sin memoria”, esto es, la amnesia formalmente decretada sobre hechos que pudieran calificarse como heroicos o delictuosos. El olvido es distinto del perdón. Éste se expresa en el indulto (indultus) como una gracia concedida por el jefe de Estado a un condenado por la justicia. En cambio, la amnistía es una decisión legislativa que abarca a un número indeterminado de personas arrastradas a la guerra por la pobreza, la falta de oportunidades o leva forzada. También comprende al personal castrense que por órdenes superiores cometió crímenes como en Tlatlaya. Es famosa la Ley de obediencia debida y punto final promovida por Raúl Alfonsín en Argentina al finalizar la dictadura.
Es preciso juzgar con firmeza a quienes emitieron las órdenes, no a los que las ejecutaron, como explica Hannah Arendt. La amnistía ha sido clave para las transiciones democráticas. El caso español es paradigmático: omitió juzgar los crímenes del franquismo en aras de la gobernabilidad. Los procesos de pacificación en El Salvador, Honduras y Guatemala no podrían ser entendidos sin los Acuerdos de Paz de Esquipulas, igual que el Acuerdo de Paz en Colombia, contemplan la participación política plena de los rebeldes.
Benito Juárez decretó la amnistía a favor “de los enemigos de la República presos por traición, sedición y demás delitos políticos”, aunque fueron fusilados Maximiliano, Miramón y Mejía, cabezas del proyecto imperial. Madero en 1910 propuso amnistía para facilitar que el general Díaz abandonara el poder. Cárdenas promovió una ley similar para militares o civiles que hubiesen participado en rebeliones —incluyendo a los cristeros— durante el convulso período postrevolucionario. Ávila Camacho la concedió a favor de civiles y militares responsables de delitos políticos. Luis Echeverría, en 1976, la promovió para los implicados en el movimiento estudiantil de 1968 y en la Guerra Sucia.
Anteayer los partidos votaron por unanimidad una ley de amnistía para la Ciudad, aunque la abjuren en lo nacional. La amnistía es rigurosamente constitucional. La Carta de 1857 (artículo 72, fracción XXV) y la de 1917 (artículo 73, fracción XXIII) facultan al Congreso de la Unión para concederla. Tiene que hacerse de acuerdo a convenciones y tratados internacionales, respetando los derechos humanos, particularmente de las víctimas. Esta medida es complementaria de un plan focalizado en el financiamiento del crimen organizado, el combate al tráfico de armas y las políticas de prevención y salud pública; no en la criminalización de los últimos eslabones del proceso delictivo, que son también víctimas. Es la reconciliación nacional.
Comisionado para la reforma política de la Ciudad de México
En Politing se requiere que toda estrategia sea una dictadura perfecta “La dictadura es el sistema de gobierno en el que lo que no está prohibido…es obligatorio”. Jardiel Poncela
Profesor Carlos Salazar-Vargas
® Todos los derechos reservados por la Ley
www.carlosalazarvargas.com Una dictadura se caracteriza por la obligatoriedad de someterse a una voluntad o rumbo específico y donde la razón se concentra en torno de una sola dirección de alguien que manda sin ningún consentimiento de los dirigidos. Ese mismo concepto se debe aplicar en todas y cada una de las acciones de una “Estrategia Electoral” que se respete.
Y esa precisamente es la similitud entre estos dos conceptos, pues una “Estrategia Electoral” obliga a aceptar al pie de la letra sus recomendaciones, cumplir exactamente sus postulados y seguir sin chistar las indicaciones que ella ordene. Y es que todas las funciones deben enmarcarse dentro de ella, todas las decisiones de la campaña deben ceñirse a su mandato y todas las acciones deben estar alineadas con ella: la imagen que se debe proyectar, la publicidad que se debe contratar, los aspectos comunicaciones que se deben seguir, los vectores competitivos en los cuales se enfocará la competencia con los otros candidatos, los spots, comunicados de prensa, entrevistas, debates…todo debe enmarcarse -estricta y rigurosamente- dentro de lo que indica la “Estrategia electoral”.
Y esa es la singular función del “Estratega Electoral”: encontrar el camino a seguir para obtener la victoria y que todo el equipo de campaña lo siga al pie de la letra. Nada más, pero tampoco nada menos. De ahí su conocimiento, experiencia y capacidad pues como experimentado alquimista debe conjugar distintos elementos, diferentes acciones, diversas alternativas y sopesar los resultados esperados. Por eso ese mago que se llama “Estratega Electoral”, tiene la nada fácil misión de indicar el camino a seguir, la gran responsabilidad de movilizar el capital humano y los recursos (técnicos, financieros, de información) dentro de la ruta indicada y la necesaria misión no solo de formularla e implementarla sino constantemente evaluarla y -si es del caso- re-direccionarla.
Para ello debe recurrir -entre mucha otras cosas- al FODA no sólo del candidato sino de sus competidores, a los mercados objetivos para averiguar dónde están los votos necesarios para la victoria y saber dosificar la intensidad del mensaje, equilibrar la fuerza de las acciones y establecer el derrotero a seguir en el día D, todo con un singular propósito, un único fin y un sólo objetivo: lograr la victoria (pues lo cierto es que ni la medalla de plata ni la de broce es suficiente para gobernar) y debe hacerlo dentro de los lineamientos éticos y morales, lejos de la manida creencia de que todo lo legal es ético.
Por eso, el candidato no puede ser el “Estratega Electoral”, como tampoco puede ser el gerente ni el director político de su propia campaña. Así, el “Estratega Electoral” al transmitir su propuesta y hacer que sea estrictamente seguida por los diferentes grupos de la campaña, involucra mucho de “ciencia”, pero también de “arte”, pues deja su huella personal, su propio sello e impronta en toda campaña política, hasta el punto de que a la Estrategia le pasa lo que a las dictaduras y a las bicicletas: si se paran, se caen.

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