sábado, octubre 06, 2018

El prisionero

Javier Contreras

El prisionero desde su mazmorra, veía pasar los días lentamente por una pequeña ventana que miraba a la libertad. Veía poco, pero podía ver. Veía las nubes pasar, oía el viento soplar y al arroyo correr bajo su ventana. Una rama florida, en ocasiones se asomaba tímidamente hacia la celda, como queriéndolo saludar. Un día oyó el canto de una chica que fue a recoger agua al riachuelo. Sólo oyó su voz, no la pudo ver, pero se la imaginó bella y gentil… y a partir de ahí, esa fue su razón de vivir: todos los días al despertar, se imaginaba que ese día la escucharía de nuevo, que la oiría cantar, y eso le daba gozo a su soledad. La niña unos días iba al arroyuelo y otros no, pero el prisionero estaba atento a escucharla y su corazón sonreía cuando la escuchaba, adornando la vida con su sola presencia y cuando no la escuchaba, el prisionero se ilusionaba pensando que de seguro mañana si vendría por agua. 

Así pasaban los días. Un día, el prisionero vio que con esfuerzo podría tomar una pequeña flor de la rama que se asomaba a su celda, y pensó arrojarla a donde creía que estaba la corriente de agua; y así lo hizo. Se imaginó que la chica vería su flor, la recogería y entendería que la envió alguien que pensaba en ella. Gozó suponiendo que la bella criatura se pondría feliz cada que viera la flor corriente abajo, que iría presurosa a tomarla, que la podría de adorno en su pelo y que cantaría y bailaría de gusto pensando en su “amado”: y eso lo hizo ser feliz y le dio sentido a cada día de su existencia. 

A partir de ahí, el prisionero todos los días tomaba una flor y la arrojaba hacía donde suponía que estaba el torrente y creía oír que a partir de entonces, la niña iba a recoger agua con más regularidad, y supuso que ahora ella cantaba con más alegría y que subía el tono de su voz como para darle a entender a él que había recibido su mensaje, que estaba feliz de saberse amada y que por supuesto, que le correspondía con todo su corazón. El se llenó de gozo y se le iluminaron sus días y sus noches, y su soledad se pintó de colores; por imaginarse que alguien pensaba en él, que cantaba por él y para él, que iba al agua pensando en él y que subía el tono de su canto para que él la escuchara y supiera que lo amaba. 

Todos los días, el prisionero esperaba con ansia el nuevo amanecer y desde el alba aguzaba el oído para escuchar indicios de que su quimera estuviera en los alrededores; y entonces, cuando la creía presente, enviaba su flor a la corriente de agua y soñaba que ella estaba atenta esperando ver llegar su envío. Se imaginaba que ella estuvo toda la noche esperando, como él, a que amaneciera para poder ir presurosa al río y pretextando el tener que conseguir el agua para su casa, estar cerca de su amado. Y suponía que ella, desde lejos dirigía su mirada presurosa al lugar desde donde aparecían las rosas en el arroyo, y suponía que ella suspirando de amor las recogía y las llenaba de besos que idealmente irían dirigidos a aquel que en la lejanía también suspiraba de amor por ella. Él estaba atento a cualquier indicio que le sugiriera que su amor había llegado, que juntaba su agua sin dejar de ver hacia donde él estaba y que lo hacía especialmente lenta para estar más tiempo cercana a él, y que los pajaritos cantaban especialmente para ellos, pues eran sus cómplices; y que las mariposas les intercambiaban mensajes… 

Él hubiera jurado que el universo entero se confabulaba para celebrar a los amados, y por ello empezó a notar que los pajaritos cantaban más y que sus melodías eran cada vez más bellas; creyó ver que las mariposas hacían grandes esfuerzos por asomarse a su ventana, seguramente llevándole un mensaje de su amor. Creyó ver que la luz inundaba hasta derramarse en su celda y que hasta los pequeños insectos que habían hecho de la celda su casa, eran bellos y de cromáticos colores. Y qué decir de la luna, que a partir de ahí, insistía vehementemente en meterse por la pequeña ventana, sólo para desearle buenas noches y vigilar su sueño. 

Después de esto, él creyó que la niña ya no habitaba más en el prado cercano, sino que vivía siempre en su corazón y ahí cantaba y ahí bailaba y ahí jugaba con el agua que se escurría juguetona entre sus dedos; y el prisionero ya no vivía más en su celda, sino que correteaba por el prado cercano junto a una nube de mariposas que lo seguían por todas partes, sin tener él más oficio que saltar y danzar y escoger las flores más lindas para llevárselas a su amada. La luz había llegado a su corazón… no estaría más sólo en aquella pocilga. Aquel prisionero, que bajo el peso de su inmensa soledad, hubiera agradecido hasta las lágrimas la misericordia de un sola palabra de amistad; pero que ante la ignorancia de los demás mortales que por no haber vivido el olvido y soledad, no lo podían entender y ayudar; encontró en su mente el único aliado del podía echar mano en sus momentos de angustia. Su cuerpo seguía encarcelado, pero ahora que se imaginaba amado, su espíritu volaba por los aires sin que hubiera barrotes que lo pudieran detener. 

Sólo así puede sortear alguien la soledad. Porque el grueso de los seres humanos no podemos entender el sufrimiento de otro, en tanto no hemos pasado por una situación semejante. Y como la mayoría no ha llegado a viejo, nunca podrá entender la soledad y abandono en que viven muchas personas mayores o enfermos. Decía Gabriel García Márquez que “el secreto de una buena vejez, es un pacto honrado con la soledad” Y sí, salvo que se nos ocurra morirnos jóvenes, casi todos llegaremos a viejos y entonces nos daremos cuenta de lo que significa estar arrumbados en un cuarto al fondo de la casa, con el escueto consuelo de algunos saludos de cortesía; porque cada uno de los miembros de la familia siempre tendrá cosas más importantes qué hacer, que dedicarle tiempo al “viejo”; o a la anciana madre, que se consume en su rincón, con el escuálido consuelo de las viejas oraciones que se sabe de memoria y que ya no se acuerda para qué sirve cada una de ellas. 

Los viejos sólo se dan cuenta de lo que significa la soledad, hasta que ésta se convierte en su única compañera de vida; y entonces advierten tardíamente, que ellos a su vez, en su momento, dejaron desatendidos a “sus viejos”, porque siempre tenían “muchas cosas importantes qué hacer” y no tenían tiempo que les sobrara para perderlo con la gente mayor. Es fácil aceptar a un nuevo bebé como miembro de la familia y modificar la rutina de todos para adaptarse a él; pero no es tan fácil aceptar que un viejo llegue a trastornar el ritmo de vida de una familia ya establecida: con mucha frecuencia se le verá como un mal que no se puede eludir, y salvo honrosas excepciones, se le verá como una lata que se atiende dedicándole lo estrictamente necesario. En muchos casos en que hay varios hijos, siempre es uno o dos de ellos los que le dedican atención al viejo y el resto de la familia simula que está al pendiente pero se retiran con cualquier pretexto fingiendo muchas ocupaciones… hasta que a su vez lleguen a viejos o se enfermen… y vean desfilar con desgano a los demás ante su rincón… y piensen: ¡ah! ¡Hubiera atendido a mi viejo!

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